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Friday, 08 April 2011 19:11

Una reflexión teológica acerca de la infusión del alma espiritual (resumen)

El momento en que un ser humano o, en términos biológicos, un miembro de nuestra especie, comienza a ser animado por su alma espiritual, es de suma importancia conceptual y ética, pues de ello, entre otras cosas, depende el respeto y cuidado de ese nuevo ser.

El Magisterio de la Iglesia se inclina claramente por "una presencia personal desde ese primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?", afirmación que rememora la frase de Tertuliano: "Es ya un hombre aquel que lo será".

Una mirada teológica a este problema es capaz de aclararlo totalmente, al menos para quienes creemos en la Revelación de Jesucristo. Así, si leemos en San Lucas el relato de la Encarnación del Verbo de Dios (Lc 1, 26-38), siempre el momento prodigioso en que ella ocurrió, ha sido interpretado como inmediatamente posterior a la aceptación de María, al "hágase en mí según tu palabra". Es ese el momento preciso de la Encarnación, del hacerse "carne" (Jn 1,14), término que en el lenguaje bíblico es equivalente a "hombre" en su totalidad temporal y espiritual, "de modo que la frase "y el Verbo se hizo carne" es igual a "y el Verbo se hizo hombre".

Por ello, en el instante mismo de la Encarnación, ella ocurre en un "hombre" total, en un embrión humano compuesto de alma y cuerpo. No es posible concebir que el Verbo de Dios se haya "hecho célula", sin más, o una Encarnación en el embrión de un antropoide carente de alma espiritual.

Así, en la Encarnación coinciden tres hechos simultáneos y prodigiosos: la concepción virginal de Jesús, sin "conocimiento" de varón, efectuada por el poder del Altísimo que cubre a María con su sombra; la "infusión" del alma humana espiritual y la Encarnación del Verbo de Dios, de modo que nos encontramos ya desde el primer momento con un embrión humano que es, a la vez, persona Divina. Y de la misma manera que hablamos del Hombre-Dios o del Niño Dios es también válido hablar del Embrión-Dios.

Por otra parte sabemos que Jesucristo es, a la vez, verdadero Dios y verdadero hombre, dotado de todos los atributos humanos, corporales y espirituales, del modo más perfecto, libres de toda deformación debida al pecado . Esta semejanza en todo a los hombres, excepto en el pecado, implica también la normalidad de sus funciones propiamente humanas: crecimiento, nutrición, aprendizaje, pensamiento y, excepción hecha de su concepción virginal, también el comienzo de su naturaleza humana.

Y como ésta, excepción hecha del prodigio obrado por el poder del Altísimo, fue parte de esa semejanza "total" con los hombres, todo el resto del proceso, incluyendo la infusión del alma espiritual, la cual forma parte de la humanidad de Cristo, y el ulterior desarrollo del embrión, siguió los caminos humanos "normales",cabe pensar "mutatis mutandis", que, para todos los hombres el momento de la infusión del alma es también el de la concepción.

Aunque este argumento es de orden teológico y supone la fe, por lo cual sería aceptable solo para los creyentes, es en sí mismo más poderoso que cualquier otro de orden filosófico, ya que "la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural" (Sto. Tomás de Aquino, Summa Theol. 2-2, 171,5, obj.3), argumento este último de índole filosófica y racional, fácilmente aceptable para quien perciba la diferencia entre la mente de Dios y la falibilidad de la razón humana.

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