Jueves, 14 de Abril de 2011 10:53

La enseñanza de la Iglesia Católica sobre el aborto

 

Introducción

 

Muchas personas hoy en día dicen que se puede ser “buen cristiano” y al mismo tiempo justificar el aborto. Estas personas dicen que la Biblia, la cual contiene la Palabra de Dios, no condena el aborto directamente.

Otras personas, que pertenecen a la Iglesia Católica, dicen que se puede ser “buen católico” y justificar el aborto. Estas personas añaden que la Iglesia Católica no ha tenido una doctrina invariable con respecto al aborto, sino que la ha cambiado durante el transcurso de los siglos.

Hay otras personas, creyentes o no, que dicen que como la enseñanza en contra del aborto es un asunto religioso, que entonces este tema debe quedar reservado al interior de cada religión y que los que asumen esta postura no deben imponérsela al resto de la sociedad.

Ante esta situación nos proponemos aquí reiterar la verdad de Dios y de la Iglesia Católica sobre el aborto y contestar los ya mencionados argumentos.

Lo que dice la Palabra de Dios

Aunque es verdad que la Biblia no tiene un texto que condene el aborto directamente, sus enseñanzas sobre el valor infinito e intrínseco de toda vida humana, incluyendo la vida intrauterina, así como su prohibición del asesinato, son suficientes para establecer la maldad grave de todo aborto provocado.

La primera página de la Biblia nos enseña que tanto el hombre como la mujer fueron creados a imagen y semejanza de Dios,1 y utiliza tres veces la palabra “crear” para referirse a la creación del ser humano.2 Ningún otro ser de la naturaleza es objeto de esta predilección por parte de Dios, indicándonos así nuestro Señor la especial dignidad del ser humano. Por otro lado, el Salmo 8 nos dice con respecto al hombre: “Y lo has hecho poco menor que Dios, le has coronado de gloria y honor. Le diste el señorío sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto debajo de sus pies”.3

Cuando el hombre cayó en el pecado, Dios no lo abandonó a su suerte, sino que "tanto amó Dios al mundo, que le dió su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna".4 Si Dios nos ama tanto que ha enviado a su Hijo único a morir en una cruz por nosotros para darnos la vida eterna, eso quiere decir que Dios valora infinitamente al ser humano.

Ahora bien, la Biblia también nos enseña que desde el seno materno existe una persona con una dignidad intríseca e infinita. El salmista canta maravillado: “Porque tú formaste mis entrañas, tú me tejiste en el seno de mi madre. Te alabaré por el maravilloso modo en que me hiciste. "Admirables son tus obras! Del todo conoces mi alma. Mis huesos no te eran ocultos cuando fui modelado en secreto y bordado en las profundidades de la tierra”.5

Incluso, Dios tiene un plan para cada uno de nosotros ya desde el seno materno. “Ya vieron tus ojos mis obras, siendo escritas todas en tu libro. Estaban mis días determinados cuando aún no existía ninguno de ellos”.6 El Apóstol San Pablo reconoce agradecido cómo el Señor lo escogió desde el seno de su madre: “Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles”.7 San Juan Bautista saltó de alegría en el vientre de su madre Santa Isabel, ante la presencia de Jesús recién concebido en el vientre virginal de María. “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y "'de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?’” 8

Más aún, el Señor ya nos conoce desde antes de ser concebidos y tiene un plan para nosotros. El profeta Jeremías escuchó que Dios le decía: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado”.9

Por otro lado, la Biblia condena el asesinato en el quinto mandamiento de la Ley de Dios: "No matarás", especialmente el asesinato del inocente.10 La condenación, por parte de la Palabra de Dios, de la matanza de un ser humano, especialmente del ser humano inocente, se basa precisamente en que éste ha sido creado a imagen de Dios.11 Es obvio entonces que, para todos aquellos que creen que la Biblia contiene la Palabra de Dios, el aborto es un pecado grave.

Para los católicos, el Santo Padre Juan Pablo II en su encíclica Evangelium Vitae (“El Evangelio de la Vida”), resume toda la enseñanza bíblica y de la Sagrada Tradición sobre el respeto por la vida humana diciendo:”...el carácter absolutamente inviolable de la vida humana inocente es una verdad moral explícitamente enseñada en la Sagrada Escritura, mantenida constantemente en la Tradición de la Iglesia y propuesta de forma unánime por su Magisterio”.12

De manera que, si bien no hay una condenación explícita del aborto provocado en la Biblia, ésta sí enseña claramente que la vida del ser humano, sobre todo la del inocente, incluyendo al que no ha nacido todavía, posee un valor intrínseco e infinito, y condena, por lo tanto, todo ataque directo contra esa vida. El aborto provocado es la destrucción de una vida humana en el seno de su madre y, por ende, es condenada por la Palabra de Dios, sin negar, por supuesto, el perdón de Dios para con el pecador arrepentido y que recurre, en el caso de los católicos, al Sacramento de la Confesión.

La autoridad de la Iglesia Católica para enseñar en nombre de Dios

Es una verdad de fe que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Iglesia, entre otras cosas, para continuar su enseñanza sobre la verdad de Dios para nuestra vida. El Señor le dijo a Pedro:”...tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades [el Infierno] no prevalecerán contra ella”.13 Y luego, cuando estaba por subir al Cielo, les dijo a sus apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.14 De manera que Jesús continúa presente en su Iglesia enseñando a través de sus apóstoles.A través de los siglos Dios ha continuado presente en la Iglesia Católica, enseñando por medio de los sucesores de los apóstoles: el Papa y los obispos en comunión con él, o sea, el Magisterio de la Iglesia.15 Más aún, es únicamente al Magisterio a quien Nuestro Señor dió la potestad de enseñar oficialmente en su nombre la Palabra de Dios revelada. “'El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo' (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma”.16 Por lo tanto, el Magisterio de la Iglesia tiene la potestad, dada por Jescristo, de enseñar la Palabra de Dios y, en particular la verdad de Dios sobre el aborto.

La enseñanza de la Iglesia sobre el aborto a través de la historia

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral”.17

Escritos cristianos antiquísimos y muy influyentes en la Iglesia Católica desde sus comienzos, contienen la siguiente afirmación: “No matarás al embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido”.18

Durante toda su historia la Iglesia ha continuado esta enseñanza a favor de la vida y en contra del aborto, a pesar de que luego hubo ciertas teorías, basadas en datos biológicos ya obsoletos, de que Dios infundía el alma después de la concepción. A estas falsas teorías se les llamaba “animación tardía”. (La animación se refiere a la infunsión del alma en el cuerpo humano.)

Los teólogos de la “animación tardía” se basaban en una equivocada traducción griega del original hebreo del pasaje de Éxodo 21:22-23. Este pasaje contiene un precepto de la Antigua Ley de Moisés que prescribe el castigo correspondiente a la persona que cause un aborto espontáneo al golpear a una mujer embarazada. El pasaje, en el hebreo original, dice que el culpable debe pagar una multa si la mujer no muere. Pero si muere, el pasaje dice que el agresor debe pagar con su vida.19

Pero la traducción griega del siglo III A.C., llamada Septuaginta, da un significado distinto al texto al traducir la palabra “daño” como “forma”. De esta manera el pasaje da a entender el sentido erróneo de que si el golpe a la mujer embarazada provoca el parto sin estar el feto formado (o sea, sin haber recibido el alma), entonces el castigo es sólo una multa; en vez del sentido correcto de que si el golpe provoca el parto sin más daño a la mujer embarazada, entonces el castigo es sólo una multa.20

Sin embargo, a pesar de este lamentable error, “a lo largo de toda la historia, los Padres de la Iglesia, sus Pastores, sus Doctores, han enseñado la misma doctrina, sin que las diversas opiniones acerca del momento de la infusión del alma espiritual hayan suscitado duda sobre la ilegitimidad del aborto”.21 O sea, las especulaciones de ciertos teólogos sobre el momento de la infusión del alma no alteró para nada la postura moral de la Iglesia con respecto al aborto provocado, la cual lo declaró siempre un pecado grave.

La Iglesia tenía la convicción, basada en todo lo dicho anteriormente, de que la vida de una persona humana comienza desde la concepción. Hoy en día, la Iglesia señala cómo “la ciencia genética moderna aporta preciosas confirmaciones. Ella ha demostrado que desde el primer instante queda fijado el programa de lo que será este ser viviente: un hombre, un individuo, con sus notas características ya bien determinadas. Con la fecundación ha comenzado la aventura de una vida humana, cada una de cuyas grandes capacidades exige tiempo, un largo tiempo, para ponerse a punto y estar en condiciones de actuar. Lo menos que se puede decir es que la ciencia actual, en su estado más evolucionado, no da ningún apoyo sustancial a los defensores del aborto”. 22

Y por si pudiera quedar alguna duda en la mente de aquellos que todavía creen en la posibilidad de una animación tardía, la enseñanza de la Iglesia nos señala algo que toda persona honesta y con sentido común debiera reconocer como evidente: que cualquier duda debe resolverse en favor de la vida. “Ahora bien, desde el punto de vista moral, esto es cierto: aunque hubiese duda sobre la cuestión de si el fruto de la concepción es ya una persona humana, es objetivamente un pecado grave el atreverse a afrontar el riesgo de un homicidio”.23

Por estas razones la Iglesia afirma categóricamente que “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante mismo de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida”.24

Lo único que cambió durante la Edad Media, época en la cual se hicieron populares las teorías sobre la animación tardía, fue el grado de la pena eclesiástica para el aborto, pero no su gravedad moral. O sea, se creía que el aborto provocado era más grave y que merecía una pena mayor después de la animación que antes, pero en ambos casos era pecado grave. El mismo Santo Tomás, por ejemplo, el teólogo más grande e influyente de la Iglesia, quien también creía en la animación tardía, no dejó, sin embargo, de condenar todo tipo de aborto provocado como un pecado grave contra la ley natural.25

En 1869 el Papa Pío IX oficialmente retiró del Código de Derecho Canónico la distinción entre feto pre animado (antes de la animación) y feto animado (después de la animación). Desde entonces, el Código de Derecho Canónico le adjudica la misma pena de excomunión automática a quien, a pesar de conocer la enseñanza de la Iglesia y la pena correspondiente, practique o colabore en cualquier aborto provocado desde la concepción.26 “La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. 'Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae [o sea, automática]' (CIC can. 1398)”.

Esto no quiere decir que Dios no va a perdonar al pecador, si él o ella se arrepiente sinceramente y recurre al Sacramento de la Confesión, en cuyo caso no sólo recibe el abundante y generoso perdón de Dios, sino también se le retira la excomunión. La misericordia y el amor de Dios son infinitos y Él sólo está esperando que pidamos perdón para perdonarnos.

Lo que nos enseña la severidad de esta pena canónica es la gravedad del aborto. “Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad”.28 Ya el Concilio Vaticano II había afirmado que "el aborto y el infanticidio son crímenes “abominables”.29

La Iglesia nunca olvida a las otras víctimas del aborto, aunque ellas mismas hayan sido culpables de su práctica. La Iglesia les pide en nombre de Dios que se arrepienten y les ofrece el perdón, la paz y la sanación que Dios da al alma atribulada pero arrepentida. La Iglesia tiene muchos programas de ayuda para las personas que sufren del Síndrome Post Aborto. (Vida Humana Internacional tiene mucha información al respecto en: http://www.vidahumana.org/vidafam/aborto/sindrome_index.html.)

El Papa Juan Pablo II les dirige unas palabras muy consoladoras a las mujeres que han abortado, palabras que también sirven para cualquier otra persona que haya colaborado con un aborto o que de alguna manera haya estado relacionada con él:

“Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto [es decir, que el aborto es un acto grave por cuanto destruye a un ser humano no nacido]. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación [la Confesión]. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor. Ayudados por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre”.30

Algunas objeciones en contra de la enseñanza de la Iglesia Católica con respecto al aborto y sus respuestas

Lamentablemente hay personas, aún en la misma Iglesia Católica, que alegan que si uno cree en conciencia que el aborto no es un pecado en su caso particular, que entonces quedan justificadas en practicarlo y siguen siendo “buenos católicos” o “buenos cristianos”, ya que, dicen, la misma Iglesia enseña que uno debe siempre seguir su conciencia.

Es verdad que la Iglesia enseña que uno debe seguir siempre su conciencia, pero una conciencia formada por la verdad de Dios, la cual la Iglesia enseña auténticamente. Ya señalamos cómo sólo el Magisterio de la Iglesia tiene la potestad dada por Dios de enseñar en su nombre. Parte esencial de lo que significa ser católico es precisamente creer esta verdad. Por lo tanto quien no hace caso de la enseñanza del Magisterio, no le está haciendo caso a Dios. Ya Nuestro Señor le había dicho a sus apóstoles, y lo mismo vale para los sucesores de éstos, el Papa y los obispos en comunión con él: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza”.31

Distinto es el caso de la persona que sin culpa suya ignora ciertas enseñanzas de la Iglesia, como la que estamos tratando aquí, y ni siquiera se le ocurrió preguntar, en cuyo caso puede que esté exenta de culpa. Pero entonces en ese caso tenemos la grave obligación de informar correctamente a dicha persona, no de confundirla diciéndole que siga su conciencia, sin importar lo que diga la Iglesia o sin informarle sobre lo que la Iglesia enseña.

Por otro lado, la conciencia no es la fuente de la moral, es decir, de lo que está bien y de lo que está mal. Es Dios quien pone los mandamientos, no el hombre. Y así tiene que ser porque Dios es el creador del hombre y no al revés, y Dios ha puesto la ley moral en la naturaleza humana y en el corazón del hombre, de la cual la conciencia es testigo, no árbirtro32. Pretender lo contrario es una falacia que por muy difundida que esté no deja de ser absurda.

La conciencia, por tanto, debe reconocer (no determinar) esos mandamientos, ayudada por la enseñanza de la Iglesia, y adherirse a ellos, ayudada por la gracia de Dios. “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello”.33 Ahora bien, “todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla”.34

Es muy importante darse cuenta también de que la prohibición del aborto provocado o directo no tiene excepción en ningún caso, ya que se trata de un acto intrínsicamente malo. En efecto el Papa Juan Pablo II nos enseña que “ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa de un ser humano inocente 'no hay privilegios ni excepciones para nadie'”.35 Ya Pío XII había declarado en su discurso a las obstetras, el 29 de octubre de 1951: “Ningún hombre, ninguna autoridad humana, ninguna ciencia, ninguna indicación médica, eugenésica, social, económica, o moral puede exhibir u otorgar título jurídico válido para disponer directa y deliberadamente de una vida humana inocente”.36

Distinto es el caso del “aborto” indirecto, es decir, cuando el médico se encuentra ante una madre embarazada cuya vida corre peligroinminente y, no pudiendo esperar al momento en que el bebé no nacido es viable ni teniendo otra alternativa para salvar a ambos --la madre y su hijo no nacido-- no le queda más remedio que intervenir, siempre intentando salvar a ambos: madre e hijo. En caso de que el bebé no nacido fallezca, su muerte no es causada ni querida directamente ni como fin ni como medio, sino que se trata de un efecto malo no deseado y no causado directamente de una misma intervención médica. Pero esto no debe confundirse con causar la muerte de la criatura no nacida para que por ese medio se salve la madre, como ocurre con el mal llamado aborto “terapéutico”, el cual no está justificado ni moral ni médicamente37. Nunca se debe hacer un mal para lograr un bien38. El médico siempre tiene el deber de intentar todo lo posible para salvar a ambos: madre e hijo no nacido.

Sin embargo, el avance actual de la medicina ha hecho que se replanteen los casos en que se aplicaba el principio del doble efecto y del “aborto indirecto”, por ejemplo, los casos de embarazo ectópico. Debido a ese avance, hoy en día se pueden salvar a los bebés no nacidos en casos que antes no se podía o, al menos, los médicos pueden abstenerse de intervenir hasta que haya seguridad de que el bebito no nacido lamentablemente ya ha muerto, para entonces retirarlo del útero de su madre, sin peligro para ella, demostrando así un verdadero respeto por la vida.

Por supuesto, si la vida de la madre corriera un peligro inminente, los médicos tendrían que intervernir de inmediato, siempre tratando de salvar a ambor: madre e hijo, en ese caso, si el bebito no llegara a sobrevivir, estaríamos ante una situación de aborto indirecto, como ya explicamos más arriba.

Incluso, aún en lugares donde la tecnología médica no está a la par con la de los países desarrollados, el caso del embarazo con útero canceroso se logra resolver felizmente salvando a ambos: madre e hijo no nacido.

Hay otros que piensan que la postura de la Iglesia con respecto a la maldad del aborto provocado va a cambiar en el futuro. En contra de esta falsedad, además de los textos citados, el Papa Pablo VI afirmó que “esta enseñanza permanece inmutada y es inmutable”.39

Por último, todavía en el ámbito católico, hay quienes alegan que como el Papa no se ha pronunciado infaliblemente sobre el aborto, que entonces cada uno puede decidir personalmente sobre este tema según su conciencia. Pero la Iglesia nos enseña que una doctrina de fe o moral no tiene que ser declarada ex cathedra (infaliblemente), para que deba ser obedecida. “Este asentimiento religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aún cuando no hable ex cathedra”.40

La seriedad e importancia de una enseñanza de la Iglesia “se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo”.41 Ahora bien, la enseñanza de la Iglesia sobre el aborto cumple con todos estos requisitos de seriedad e importancia, pues como ya hemos visto, esta doctrina ha sido propuesta en declaraciones papales, incluyendo la reciente encíclica “El Evangelio de la Vida”; ha sido repetida durante toda la historia de la Iglesia; y ha sido solemnemente declarada.

Precisamente ofrecemos a continuación la última y más solemne declaración papal, en este caso de Juan Pablo II, que resume muy bien toda la enseñanza anterior de la Iglesia Católica contra el aborto: “Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos...declaro que el aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto conlleva la eliminación deliberada de un ser humano inocente”.42

En cuanto a aquellos que dicen que la postura en contra del aborto es un asunto religioso que debe quedar en la esfera de lo privado o dentro de la religión a la cual uno pertenece, respondemos que nada está más lejos de la verdad. Es verdad que la fe religiosa nos hace descubrir con más facilidad la verdad sobre la maldad del aborto y la dignidad de todo ser humano. Pero no es menos cierto que la razón humana y la ciencia pueden llegar, y de hecho han llegado, a la misma conclusión. Este es un punto que ya hemos explorado aquí. Un creyente puede formular sus argumentos en contra del aborto y a favor de la vida sin apelar para nada a su fe religiosa, sino a argumentos basados en la razón y en la ciencia, argumentos que todos son capaces de entender y aceptar. Después de todo, en una sociedad democrática debe existir el diálogo entre sus ciudadanos y ese diálogo bebe estar basado en un marco de referencia común a todos: la razón y la ciencia, no la arbitrariedad y el capricho de los más fuertes contra los más débiles, eso no sería democracia, sino una dictadura camuflada.

Lo que Dios nos pide que hagamos ante el aborto provocado

Lo primero que Dios nos pide es que reconozcamos la tragedia del aborto a nivel local y mundial. Sólo en Estados Unidos se llevan a cabo al año un millón y medio de abortos quirúrgicos, y en el mundo unos 50 millones, y eso sin contar los muchos millones más de abortos químicos o microabortos causados en los primeros días del embarazo por la píldora anticonceptiva, la píldora "del día siguiente", el Norplant, el dispositivo intrauterino (DIU o IUD), el inyectable Depo-Provera y otros, así como la destrucción de embriones que implica la fecundación in vitro. El aborto provocado es la destrucción de un ser humano inocente, no importa la etapa del embarazo, el motivo, la situación o el método utilizado.

Por otro lado, “el primer derecho de una persona humana es su vida. Ella tiene otros bienes y algunos de ellos son más preciosos; pero aquel es el fundamental, condición para todos los demás. Por esto debe ser protegido más que ningún otro”.43 Sin el derecho a la vida se pierden todos los demás derechos y valores. Por tanto, aún aquellos que no practican ninguna religión deben reconocer, que el aborto es la peor violación de derechos humanos contra un inocente que no puede defenderse.

Los creyentes también deben reconocer su responsabilidad política y civil y darse cuenta de que “un cristiano no puede jamás conformarse a una ley inmoral en sí misma; tal es el caso de la ley que admitiera en principio la licitud del aborto. Un cristiano no puede ni participar en una campaña de opinión en favor de semejante ley, ni darle su voto, ni colaborar en su aplicación”.44 Y si esto es así con respecto a las leyes proabortistas, más lo es con respecto a candidatos proabortistas o “prochoice” (“a favor del derecho a decidir”). Un cristiano jamás debe darles su voto.

Una vez que se pierde el respeto por la vida antes de nacer, se pierde también el respeto por la vida después de nacer. Así vemos como el aborto ha llevado a un aumento del infanticidio, de la eutanasia y a una falta de respeto por la vida humana en general.45

Ante esta tragedia del aborto Dios nos dice: “Libra al que es llevado a la muerte, al que está en peligro de muerte reténlo. Que si luego dijeres: 'No lo sabía', ¿no lo entenderá el que pesa los corazones? Bien lo sabe el que vela por tu vida y dará a cada uno según sus obras”.46

Hay que formarse bien sobre este tema. Ése es el propósito principal de este informe y de los muchos otros materiales que Vida Humana Internacional ofrece para la propia formación y la de otros. Una vez conocida la verdad, estamos obligados a difundirla. Particularmente los cristianos debemos hacer de la defensa de la vida humana una parte integral de la evangelización, que es la tarea más importante de la Iglesia.47 Con ese objetivo en mente escribió Juan Pablo II su Encíclia “El Evangelio de la Vida”, en la cual comienza diciéndonos: “El Evangelio de la Vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas”.48

Por último, las víctimas del aborto son los seres más inocentes e indefensos que existen. Ellos no tienen ni voz ni voto. Usted y yo somos su única voz y su único voto. Por eso debemos trabajar, utilizando todos los medios morales, legales y pacíficos para combatir el aborto: la educación, las leyes, la asistencia a la mujer embarazada y a la que ya ha abortado, así como la oración.49

La oración es precisamente el medio más importante para combatir el aborto. A través de ella Dios nos da la fuerza para defender la vida ante el poder de las tinieblas. “Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas”.50 Por último, Dios nos pide que oremos también y hagamos sacrificios por la conversión de aquellos que están a favor del aborto y de cualquier otro mal. “Si yo cierro el cielo y no llueve, si yo mando a la langosta devorar la tierra o envío la peste a mi pueblo, y mi pueblo, sobre el cual es invocado mi Nombre, se humilla, orando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, yo les oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra”.51

Notas:

1. Génesis 1:27.

2. Ibíd.

3. Salmo 8:6-7.

4. Juan 3:16.

5. Salmo 139:13-15.

6. Ibíd., versículo 16.

7. Gálatas 1:15-16.

El énfasis es nuestro.

8. Lucas 1:41-43.

9. Jeremías 1:5.

10. Éxodo 20:13; 23:7; Deuteronomio 5:17.

11. Génesis 9:6. El castigo al que causa la muerte de un ser humano, que menciona este texto, se refiere a la pena de muerte para los criminales, que sólo la legítima autoridad civil, y no un ciudadano cualquiera, puede llevar a cabo.

12. Juan Pablo II, Carta encíclica Evangelium Vitae, 25 de marzo de 1995, número 57.

13. Mateo 16:18.

14. Mateo 28:19-20. El énfasis es nuestro.

15. Catecismo de la Iglesia Católica, 11 de octubre de 1992, número 77.

16. Ibíd., número 85.

17. Ibíd., número 2271.

18. Didaché, 2, 2; Bernabé, esp. 19, 5; Epístola a Diogneto 5, 5; Tertuliano, apol. 9. Todos citados en el Catecismo, número 2271.

19. Donald DeMarco, In My Mother’s Womb, (Manassas, VA, EE.UU.: Trinity Communications, 1987), 10-11.

20. Ibíd., 11.

21. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración De aborto procurato, sobre el aborto procurado, 18 de noviembre de 1974, Parte II, número 7.

22-23. Ibíd., Parte III, número 13.

24. Catecismo, número 2270.

25. De aborto procurato, Parte II, número 7.

26. DeMarco, 15.

27-28. Catecismo, número 2272.

29 . Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 7 de diciembre de 1965, número 51.

30. Evangelium vitae, número 99.

31. Lucas 10:16.

32. Romanos 2:14-16.

33. Gaudium et spes, número 16. El énfasis es nuestro.

34. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 7 de diciembre de 1965, número 1.

35. Evangelium Vitae, número 57; Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993, número, 96. Énfasis en el original.

36. Citado por José María López Riocerezo, en su artículo “El Magisterio de la Iglesia ante el problema del aborto”, publicado en la revista española Ya, 27 de abril de 1982.

37. Evangelium Vitae, números 57 y 62; Pío XII, Discurso a las obstetras, 29 de octubre de 1951.

38. Romanos 3:8. Gonzalo Herranz, Informe sobre el embarazo ectópico, style='mso-spacerun:yes'>  Departamento de Humanidades Biomédicas, Universidad de Navarra, agosto de 1990.

39. Pablo VI, Discurso a los participantes al XXIII Congreso Nacional de los Juristas Católicos Italianos, 9 de diciembre de 1972; citado por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Instrucción Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, 22 de febrero de 1987, Parte I, no. 1.

40-41. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, 21 de noviembre de 1964, número 25. El énfasis es nuestro.

42. Evangelium Vitae, número 62. Énfasis en el original.

43. De aborto procurato, Parte III, número 11. El énfasis es nuestro.

44. Ibíd., Parte IV, número 22.

45. Padre Paul Marx, O.S.B., Ph.D., An Now...Euthanasia, 2a ed., (Washington, D.C.: Human Life International, 1985), 7-9.

46. Proverbios 24:11-12.

47. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, sobre la evangelización del mundo contemporáneo, 8 de diciembre de 1975, número 14.

48. Evangelium Vitae, número 1. El énfasis es nuestro.

49. Conferencia de Obispos Católicos de los EE.UU. “ A Pastoral Plan for Pro-Life Activities”, Origins. NC Documentary Service 5 (4 de diciembre de 1975): 370ss.

50. Efesios 6:12.

51. 2 Crónicas 7:13-14.

 

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