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Monday, 26 June 2017 13:41

Teología del cuerpo: Catequesis 4: Inocencia original y redención en Cristo

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(Impartida el 26 de septiembre de 1979)

 

1. Cada una de las dos situaciones que ya hemos mencionado tiene una dimensión en el interior o subjetividad de la persona humana: en su conocimiento, en su conciencia, en su opción y en su decisión. Al mismo tiempo, esa subjetividad está en relación con Dios. En Génesis capítulos 2 y 3, Yahvé es el Dios de la Alianza más antigua del Creador con su criatura, el ser humano. La prohibición divina de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal expresa y simboliza esa Alianza.

 

Ahora bien, aunque las dos situaciones se contraponen entre sí, el mandato de Cristo de traspasar la línea que divide a las dosnos permite encontrar en el ser humano una continuidad esencial y un vínculo entre las dos. Al ser humano del estado pecaminoso le llamaremos aquí el “hombre histórico” y al del estado inocente, el “hombre de la pre-historia”.

 

2. Cristo también nos enseña que es imposible conocer al hombre histórico sin referencia al hombre de la pre-historia. El estado pecaminoso del hombre histórico está en relación con el estado de inocencia, pues éste es original y fundamental, ya que el ser humano fue creado originalmente a imagen de Dios. A lo largo de toda su historia, el hombre histórico (en su alma y en su cuerpo) está arraigado y referido a su prehistoria, la cual Dios nos ha revelado. Si bien el presente estado del hombre significa una gracia perdida, también es verdad que ello significa una referencia a esa gracia.

 

3. Cuando Cristo se remite al principio, no sólo se refiere a la inocencia original perdida, sino también al misterio de laredención. De hecho, ya en Génesis 3:15, casi inmediatamente después del pecado original, Dios nos promete esa redención. Dirigiéndose a la serpiente que representa a Satanás, le dice: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu semilla (descendencia) y la semilla (descendencia) de ella; él te aplastará la cabeza y tú le herirás el talón”.

 

La interpretación (exégesis) cristiana de la Biblia, desde tiempos muy antiguos (cerca de 200 DC, con San Ireneo), ha llamado a ese pasaje el “Primer Evangelio” o “Protoevangelio”. Esa interpretación expresa la convicción de los autores del Nuevo Testamento de que ese pasaje anuncia por anticipado la victoria de Jesucristo sobre Satanás en sentido mesiánico: Jesús es el Mesías descendiente de David, en quien se cumplen a plenitud las promesas del Antiguo Testamento referentes a aquel que Dios ha ungido (= “mesías”, en hebreo; = “Cristo”, en griego). Véanse: 2 Samuel 7:12; Romanos 1:2; 2 Timoteo 2:8; Gálatas 4:4, 1 Corintios 15:25 y Apocalipsis 12:1-10.

 

De hecho, esa interpretación mesiánica de Génesis 3:15, ya existía en la tradición judía. Aproximadamente 200 años antes de Cristo, surgió una traducción del Antiguo Testamento del hebreo original al griego, para beneficiar a los judíos de la diáspora. A esa traducción se le llama la Traducción de los Setenta. También se le llama la Septuaginta o simplemente LXX. Esa traducción interpreta Génesis 3:15 en sentido mesiánico, aplicando el pronombre masculino griego autos al sustantivo griego neutro sperma (= semilla o descendencia). Es decir, la “semilla” o la “descendencia” es un varón descendiente del Rey David que aplastará la cabeza de Satanás – no sin sufrir él también los ataques del Diablo - y librará al Pueblo de Dios. La tradición judía mantiene esa interpretación.

 

[La Iglesia Católica enseña esta correcta interpretación de Génesis 3:15 en el Catecismo, nos. 410 y 411. En esos párrafos, la Iglesia también nos enseña que la mujer mencionada se refiere a María, la “nueva Eva”, así como Cristo es el “nuevo Adán”.]

De manera que si bien el hombre histórico vive bajo la influencia del pecado original, también vive en la perspectiva de la redención y, especialmente, de la redención del cuerpo. Aunque el estado de inocencia original se ha perdido irrevocablemente en este mundo, la perspectiva de la redención del cuerpo garantiza la continuidad y la unidad entre el estado actual de pecado y el estado original de inocencia. De hecho, la Alianza original del Creador se apoya en esa perspectiva de redención. Por eso, en su discusión con los fariseos, Cristo tiene el máximo derecho de referirse al principio, al estado original de inocencia y de gracia, como la norma a seguir. Él es ese Redentor prometido en Génesis 3:15.

 

4. Hay otro punto importante que tendremos que desarrollar en nuestras próximas reflexiones. Se trata de la relación entre la revelación de Dios y la experiencia del hombre histórico. Es verdad que la experiencia humana después del pecado original debe detenerse ante el umbral de la inocencia original, ya que dicha experiencia está afectada por ese pecado y por tanto es inadecuada. Pero también es verdad que, debido a la continuidad entre el estado original y el posterior, y debido a la insistencia de Cristo de retornar al principio como referente a seguir, esa experiencia histórica tiene algo de legítima e incluso es indispensable, para la correcta interpretación teológica [en relación con Dios o según la Palabra de Dios] de dicho “principio”.

 

5. Nuestros próximos análisis del Génesis a la luz de Mateo 19 y lo que acabamos de afirmar acerca de la revelación y la experiencia reflejarán lo que dice San Pablo en Romanos 8:23: “Nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, suspirando por... la redención de nuestro cuerpo”. Aquí vemos cómo el hombre histórico, debido al pecado original, experimenta todo tipo de sufrimientos y pasiones (muchas veces desordenadas). Sin embargo, al mismo tiempo, si ese hombre histórico ha sido tocado por el Espíritu, surge en él un ansia de redención, incluyendo la de su cuerpo. Si hacemos nuestra esta actitud tan elocuentemente expresada por San Pablo, podremos captar toda la luz que proviene del principio y que Dios quiere darnos en Cristo. Los próximos análisis nos ayudarán a entender cómo y por qué esa interpretación teológica del principio debe ser teología del cuerpo.

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