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Martes, 22 de Agosto de 2017 13:20

Catequesis 17: Donación mutua en la felicidad de la inocencia

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(Impartida el 6 de febrero de 1980)

 

1-2. Génesis 2:23-25 revela la experiencia beatificante del significado esponsal del cuerpo del hombre y la mujer a través de su unidad en la complementariedad (mutua “ayuda”). En la raíz de esa experiencia está la libertad del don unida a la inocencia original. Al ser la voluntad humana originalmente inocente facilita la reciprocidad del don del cuerpo como don de la persona. Podemos definir esta inocencia como inocencia de la experiencia recíproca del cuerpo. Esta inocencia interior o rectitud de intención inspiraba el intercambio del don de la persona a través de la relación recíproca del cuerpo. De esa manera realizaba el significado esponsal del cuerpo masculino y femenino.

 

3-4. Esta inocencia, expresada en el intercambio del don del cuerpo, consiste en una recíproca aceptaciónacogida del otro. Ambos se convierten en don el uno para el otro. Esa donación y aceptación mutua como don de Dios crea la comunión de las personas. Esa mutua acogida profundiza la dignidad (valor intrínseco e inconmensurable) del significado del don. Esa dignidad corresponde al hecho de que Dios ama al hombre y a la mujer por sí mismos. Por consiguiente, la inocencia del corazón y de esta experiencia de mutua auto-donación y acogida significa una participación moral (es decir, con recta intención de la voluntad) en el eterno y permanente acto de la voluntad de Dios. Dios siempre ama a las personas por sí mismas y para su propio bien, y no para fines egoístas. Es decir, Dios siempre y eternamente ama a las personas con purísima rectitud del corazón y de la voluntad. Dios quiere que el ser humano participe en esa rectitud Suya, en su propia Inocencia divina.

 

Génesis 2:23-25 también nos hace caer en la cuenta de que el intercambio mutuo tiene dos funciones: donarse al otro y acogerlo como don. Estas dos funciones se entrelazan de tal manera que el donarse se convierte en aceptar y el aceptar en donarse.

 

Lo contrario de la inocencia original, de la auto-donación y acogida del otro con recta intención y pureza de corazón, sería una privación del don del otro. Es decir, sería privarse de acoger al otro como don de Dios, como un valor en sí mismo. Sería reducir al otro a un objeto para mí. Sería una apropiación indebida, pues el otro no es un objeto sino un sujeto, unapersona.

 

Este tema de la objetivación del otro lo vamos a tratar con más profundidad más adelante. Sin embargo, desde ahora señalamos que esa extorsión del otro ser humano señala precisamente el comienzo de la vergüenza, que ocurrirá una vez que se dé el pecado original. El comienzo de la vergüenza, como veremos, atestiguará el derrumbe de la inocencia original.

 

5. Podemos deducir de Génesis 2:23-25 que la mujer, que fue dada al hombre por Dios, es acogida por él como don de Dios, como don en sí misma. Gracias a ese modo de acogida de la mujer por parte del hombre ella se descubre a sí misma en su propio donarse al hombre. Recordemos la enseñanza de GS 24 de que el ser humano se encuentra a sí mismo a través del don sincero de sí mismo al otro. Al ser aceptada como don de Dios, la mujer se siente segura en su dignidad como persona y como mujer, en toda su humanidad y en toda su femineidad. Eso la impulsa a donarse plenamente al hombre. Esa experiencia de acogida y de auto-donación hace que la mujer llegue hasta el fondo de sí misma y a la plena posesión de sí misma.

 

6. Parece que en Génesis 2:23-25 Dios ha asignado al hombre, desde  el “principio”, la función de recibir el don que es la mujer. La mujer has sido, desde el “principio”, confiada por parte de Dios al hombre. Dios ha confiado la mujer a la conciencia moral del hombre, a sus sentimientos, a su corazón. El hombre, por su parte, debe asegurar, ser el guardián y protector, de ese intercambio hombre-mujer, de esa comunión de las personas.

 

El hombre se enriquece con el don de la mujer y también se enriquece a sí mismo dándose a ella. En ello se manifiesta la esencia misma de su masculinidad, la cual, a través de su cuerpo alcanza la íntima profundidad o posesión de sí misma.

 

Podemos concluir esta reflexión diciendo que el hombre y la mujer se enriquecen mutuamente dándose y recibiéndose. Ese enriquecimiento consiste en encontrarse a sí mismos cada vez más en la profundidad de su interior. Se encuentran a sí mismos en su propia masculinidad y femineidad. Se llegan a aceptar  a sí mismos y al otro cada vez más como dones de Dios, como personas humanas y como hombre y como mujer.

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