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Miércoles, 30 de Agosto de 2017 12:31

Catequesis 19: Llamados a la santidad y a la gloria

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(Impartida el 20 de febrero de 1980)

 

1. Génesis 2:23-25 enseña que, gracias a la inocencia original, la mujer no es un objeto para el hombre ni el hombre para la mujer. Es cierto que ambos están objetivamente uno frente al otro, sus cuerpos manifiestan de manera evidente esa objetividad. Sin embargo, la no presencia de la vergüenza indica que para ambos el cuerpo del otro no es simplemente un objeto, ni mucho menos de placer egoísta. Su inocencia interior, como pureza de corazón, les hace capaces de “ver” a través del cuerpo el “yo” interior del otro, su ser persona. Ambos tenían recíproca conciencia de ser dones de Dios y del significado esponsal del cuerpo. Ese significado expresa la libertad del don, es decir, el ser libres del egoísmo para darse y recibirse mutuamente sin reducir al otro a un mero objeto de placer.

 

Gracias a la inocencia original, ese significado también manifiesta toda la riqueza interior de la persona como sujeto, no como objeto. Esa riqueza interior incluye una consciencia clara de los valores, es decir, incluye el ethos de la dinámica del don: el donarse y acogerse mutuamente como dones de Dios. Por consiguiente, podemos afirmar que la inocencia original manifiesta y determina (o hace que se constituya) el ethos perfecto del don, la consciencia plena de los valores vinculados a la dinámica del don, a la dinámica del amor conyugal.

 


Es importante comprender que el amor conyugal, como experiencia subjetiva, concuerda exactamente con el don objetivo que es cada uno de ellos, el hombre y la mujer. El amor que se tienen es evidentemente una realidad interior, subjetiva. Pero, al mismo tiempo, ese amor corresponde a una realidad objetiva: el hecho de que cada uno de ellos es un don de Dios para el otro. El amor que sienten consiste precisamente en darse y acogerse como dones de Dios, como fines en ellos mismos y no como medios o cosas que se usan egoístamente. Se da así la perfecta continuidad entre lo subjetivo y lo objetivo.

 

2. Después del pecado original, el hombre y la mujer perderán la gracia de la inocencia original. El significado esponsal del cuerpo dejará de ser una simple realidad de la revelación y de la gracia de Dios. Sin embargo, ese significado permanecerá en lo profundo del corazón humano como un eco lejano de la inocencia original. El ethos del don permanecerá en lo más hondo del interior de la persona como prenda de ese significado.

 

Desde ese momento en adelante, el hombre y la mujer tendrán que hacer un gran esfuerzo con la ayuda de Dios, para redescubrir y vivir el significado esponsal del cuerpo. A través del velo de la vergüenza, el hombre y la mujer se descubrirán a sí mismos como los guardianes del misterio de la persona humana como sujeto, no como objeto. Lucharán para defender la libertad del don de cualquier reducción a una dimensión de puro objeto.

 

3. Sin embargo, en nuestra reflexión todavía nos encontramos en la época de la inocencia original. El ser humano se encuentra en el mundo material como la expresión más elevada del don de Dios. Solo él tiene consciencia en su interior de la dimensión del don. Gracias a esa dimensión, la persona humana manifiesta al mundo su haber sido creada a imagen de Dios. Es capaz de trascender y “dominar” al mundo e, incluso, su propio cuerpo y colocarlo al servicio amoroso del espíritu. [Es un “dominio” administrativo, no despótico ni expoliador.]  El ser imagen de Dios también se refleja en la consciencia clara, gracias a la inocencia original, del significado esponsal del cuerpo.

 

4. El ser humano, como hombre y como mujer, manifiesta a través de su cuerpo el amor invisible de Dios por Su creación. En este sentido, podemos decir que el cuerpo humano es un sacramento primordial. [“Primordial” significa no solo que es primero, sino también que es fundamental y decisivo. No debemos confundirnos, no estamos diciendo que este sacramento primordial sea uno de los siete sacramentos ni el primero de ellos. Estamos diciendo que este sacramento primordial es el fundamento antropológico, la base humana, de lo que después serán los sacramentos que Cristo va a instituir. En el Catecismo, no. 1131, la Iglesia nos enseña que “los sacramentos son signos eficaces de la gracia (la vida divina), instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia para comunicarnos esa gracia”.]

 

Por lo tanto, cuando decimos que el cuerpo del hombre y la mujer, en su inocencia original, constituyen un sacramento primordial, estamos diciendo que su cuerpo fue creado por Dios para ser signo visible del misterio de la vida, la verdad y el amor invisible de Dios escondido desde la eternidad. En efecto, el cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo. Este es el fundamento de toda la teología del cuerpo, que alcanza su culminación en el Evangelio: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). En definitiva, el cuerpo de Cristo es la fuente de los sacramentos. Esto tendremos que verlo con más profundidad más adelante.

 

5. En el ser humano creado a imagen de Dios se ha revelado la sacramentalidad misma de la creación. La persona humana, mediante su cuerpo, se convierte en signo visible de la economía de la verdad y del amor de Dios. [La palabra “economía” es compuesta y viene del griego. “Eco” viene de “oikos” que significa “la casa” o “la vida doméstica”. “Nomos” significa “norma” o “administración”. Por lo tanto, aquí “economía” significa la administración de la casa de Dios, que es la creación, y especialmente el ser humano. Más concretamente, “economía de la verdad y del amor de Dios” significa la manera o el plan por medio del cual Dios  manifiesta su amor en la creación y en la historia.]

 

Al aparecer el hombre y la mujer en la escena de la creación entró con ellos la santidad en el mundo visible.  Es decir, por medio de la unidad entre el hombre y la mujer “en una sola carne” (Génesis 2:24) y gracias a su inocencia original (Génesis 2:25), Dios comunicó a toda Su creación Su amor y Su verdad invisibles. El significado esponsal del cuerpo (con su dinámica del don) es esa santidad que permite al ser humano, como hombre y mujer, expresarse profundamente con el propio cuerpo mediante el don sincero de sí mismo. El hombre y la mujer, en su inocencia original, son conscientes de que su cuerpo, por medio de la dinámica del don sincero de sí mismos, son sujetos y comunicadores de la santidad de Dios al mundo y a ellos mismos. Esto también es parte del significado del sacramento primordial.

 

6. Génesis 2:23-25 nos narra la primera fiesta de la humanidad en toda su plenitud original de expresión del significado esponsal del cuerpo. Es la primera celebración de la comunicación de Dios de Su amor y Su verdad a la creación. Es verdad que esa fiesta se tornará en tragedia a causa del pecado original (véase Génesis 3). Pero, tenemos la esperanza de que el fruto final del plan de amor y verdad de Dios no es la muerte sino la vida, no es la destrucción del cuerpo humano sino la llamada a la gloria (como dice Romanos 8:30). Esta victoria final es anticipada en el banquete y fiesta de la Eucaristía (véase Catecismo, nos. 1382 y 1402).

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