You are here:Portada Noticias|El último mensaje de un gran cardenal: “Debemos tener fe, esperanza y fortaleza”
Viernes, 29 de Septiembre de 2017 12:25

El último mensaje de un gran cardenal: “Debemos tener fe, esperanza y fortaleza”

Rate this item
(0 votes)

Padre Shenan J. Boquet
Presidente de HLI


Me entristece informar que recientemente la Iglesia Católica ha perdido a un valiente defensor de la vida y la familia: el Cardenal Carlo Caffarra.


Su Eminencia fue un exitoso teólogo moral a quien el Papa San Juan Pablo II pidió que fundara lo que llegó a llamarse Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia. El Cardenal Caffarra también fue miembro del Pontificio Consejo para la Familia y la Pontificia Academia para la Vida. Todo ello lo convirtió en un connotado defensor de la doctrina de la Iglesia sobre la vida humana y la familia.


Tuve el inmerecido privilegio de trabajar junto a Su Eminencia en varias ocasiones, y compartí con él durante el Foro sobre la Familia y la Marcha por la Vida en Roma en mayo del presente año (2017). El Cardenal apoyó fielmente ambos eventos.


Durante sus últimos meses de vida, el Cardenal Caffarra desempeñó un significativo rol como uno de los cuatro cardenales de las “dubia” (“dudas” en latín). Los cuatro prelados enviaron una carta al Papa Francisco pidiéndole que clarificara varios puntos que ellos creían no estaban claros en la exhortación apostólica Amoris laetitia.


El Cardenal Caffarra estaba muy preocupado por la confusión que él sentía plagaba a la Iglesia en relación con temas morales fundamentales. Sin embargo, nunca vaciló ni por un momento en su lealtad hacia la Iglesia y el Santo Padre. Al contrario, nos dio a todos un gran ejemplo de cómo expresar nuestras preocupaciones con un espíritu de caridad fraterna. También nos dio un gran ejemplo mostrando una gran paz y esperanza hasta el final.


El periodista italiano Antonio Socci relata una anécdota muy emotiva de un sacerdote que visitó a este buen Cardenal durante sus últimos días de vida. El sacerdote le expresó su propia tristeza ante algunos de los males que afectaban a la Iglesia. Según Socci, el Cardenal Caffarra rompió a llorar, pero luego dijo lo siguiente:




El Señor no abandonará a Su Iglesia. Hubo doce apóstoles. De manera que el Señor comenzará de nuevo con unos pocos. Recordemos al sufriente San Atanasio, quien quedó solo defendiendo la verdad por amor a Cristo, a la Iglesia y a la gente. Debemos tener fe, esperanza y fortaleza.


Sin embargo, si bien estas palabras están llenas de esperanza, también son profundamente sombrías y aún dolorosas. Revelan la convicción del Cardenal Caffarra de que, de alguna manera, en nuestra época Cristo está siendo obligado a “comenzar de nuevo” a edificar su Iglesia con la levadura de unos pocos fieles.


No podemos evitar el escuchar en estas palabras un eco de la famosa predicción del Cardenal Joseph Ratzinger – luego el Papa Benedicto XVI – en un discurso que dio en 1969. Vale la pena leer el discurso completo. Pero la parte más importante es aquella en la que profetizó acerca del futuro de la Iglesia:


De la crisis actual, surgirá la Iglesia del mañana – una Iglesia que habrá perdido mucho. Será una Iglesia pequeña y tendrá que comenzar de nuevo más o menos desde el principio. Ya no será capaz de habitar muchos de los edificios que construyó durante su época de prosperidad. A medida que el número de sus fieles disminuya, perderá muchos de sus privilegios sociales… La Iglesia será más espiritual, sin presumir en base a un mandato político, sin flirtear ni con la Izquierda ni con la Derecha. Será un camino duro para la Iglesia, porque el proceso de cristalización y clarificación le costará mucha energía valiosa. Ese proceso la hará pobre y le hará convertirse en la Iglesia de los mansos de corazón.


Se podría argumentar que en muchos aspectos esta profecía ya se está cumpliendo. Ya estamos viendo cómo el número de católicos del mundo desarrollado que va a Misa cae estrepitosamente. Muchos de los antiguos monasterios y conventos se están quedando vacíos. Los grandes edificios eclesiásticos están siendo demolidos o vendidos a instituciones seculares. Diócesis antiguas y venerables están vendiendo parroquias a causa de la falta de sacerdotes y declarándose en bancarrota luego de haber tenido que pagar miles de millones de dólares por casos de abusos sexuales.


Sin embargo, a pesar de que todo ello nos parte el corazón, hay signos de no es sino el preludio de la pasión actual de la Santa Madre Iglesia.


Es mucho lo que se ha perdido durante las últimas décadas. Pero, sin un poderoso resurgimiento de la fe, todavía quedará más por perder. Quizás lo más valioso que queda por perder es la libertad para practicar la fe de la cual los cristianos han gozado durante mucho tiempo, tanto en el interior de templos y hogares, como en la esfera pública.


Recientemente hemos sido testigos en EEUU de los preocupantes ataques contra la libertad religiosa por parte de dos senadores del Partido Demócrata: Dick Durbin y Diane Feinstein. Estos legisladores abiertamente violaron la Constitución al atacar la fe católica de una candidata al poder judicial nombrada por el Presidente Trump.


Amy Coney Barrett es una señora católica, madre de siete hijos y profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de Notre Dame. Tiene un hermoso expediente en defensa de la doctrina católica, incluyendo la que trata sobre la vida y la familia. En 2015, por ejemplo, firmó una carta de otras mujeres católicas intelectuales en la cual condenaban todas “las formas de colonización ideológica que existen para destruir la familia”.


Sin embargo, durante la audiencia judicial del Senado, Durbin y Feinstein expresaron claramente que ellos creían que la fe de Barrett era un “impedimento” para su nombramiento. Durbin le llegó a preguntar si ella se consideraba una católica fiel. Barrett le contestó que sí que ella era una fiel católica.


Por su parte, la Senadora Feinstein, que es proaborto y prohomosexual, fue aún más atrevida: “Cuando usted lee sus discursos, la conclusión que uno saca es que el dogma está muy vivo en su interior. Y ello es una preocupación cuando se trata de temas importantes a favor de los cuales mucha gente ha luchado durante años en este país”.


Podemos tener una muy buena idea de qué “temas” preocupaban a Feinstein: las leyes a favor del aborto y de las “uniones” homosexuales. Su uso de la palabra “dogma” durante su interrogatorio a Barrett ha suscitado mucha burla en las redes sociales. Pero ello ya no es materia de risa.


EEUU no es ajeno al anti-catolicismo. Como observa Robert Royal en The Catholic Thing, el historiador de Harvard Arthur M. Schlesinger una vez llamó al anti-catolicismo “el prejuicio más profundo de la historia del pueblo estadounidense”. Ese fue uno de los motivos por los cuales el Presidente Kennedy se sintió obligado a ser esquivo en cuanto a preguntas sobre su fe católica para poder ser elegido a la presidencia del país.

Si bien este nuevo anti-catolicismo se parece al antiguo, en muchos aspectos es también un nuevo monstruo. Le preocupa menos la lealtad de los católicos a la Iglesia en Roma, que su lealtad a la doctrina objetiva de la Iglesia sobre la vida y la familia. Es decir, le preocupan los valores morales que, hasta hace poco, la Iglesia tenía en común con otras confesiones cristianas y miembros de otras religiones, y de hecho con la inmensa mayoría de los estadounidenses.


Pero ello ya no es el caso. El ataque abierto de los Senadores Durbin y Feinstein contra la fe católica de Barrett es significativo porque tuvo lugar en el Congreso del país, en uno de los más altos niveles del gobierno, y fue llevado a cabo de forma tan descarada e insolente. Hay otros ataques parecidos que se están realizando todos los días a través del país. Se están perpetrando abiertamente incidentes de burla contra fieles católicos y otros cristianos. Se está intentando violar sus conciencias. Se les imponen multas u otros castigos si se niegan a cumplir con leyes inicuas que violan sus principios cristianos.


Pero no dejemos que todo esto nos haga caer en la desesperación. ¡Al contrario! Como el Cardenal Caffarra, sé más allá de toda duda de que “el Señor nunca abandonará a su Iglesia”. Y, sin embargo, Su Eminencia dijo también que “debemos tener fe, esperanza y fortaleza”.


Debemos admirar la valiente confesión de fe de la Sra. Barrett. Esta madre de siete hijos y eminente intelectual enfrentó heroicamente el prejuicio anticatólico durante su audiencia pública. Ser discípulo de Cristo exige una elección decisiva: “¿Me amas más que a éstos?”


San Pablo, apóstol y mártir, comprendió la seriedad y la exigencia de la vocación cristiana: el estar dispuesto a desapegarse de todo por amor a Cristo:


Considero que todo es una pérdida por causa del bien supremo que es conocer a Cristo Jesús mi Señor. Por su causa he aceptado la pérdida de todas las cosas y lo considero todo basura con tal de alcanzar a Cristo (Filipenses 3:8).


En efecto, ¡confesar la fe en Cristo es exigente! Debemos estar dispuestos a perder nuestra vida, porque solo el que pierda su vida por causa del Señor la encontrará de nuevo en Él. La única solución en estos tiempos difíciles es un renovado discipulado entre los seguidores de Cristo. Debemos permanecer despiertos (ser fieles) y vigilantes (ser perseverantes). Solo por medio de una fe poderosa y sin vacilaciones podremos soportar las pruebas actuales y las que vendrán, y así ayudar en la edificación del Reino de Dios.


Por favor, unan sus oraciones a las mías por el eterno descanso del alma del Cardenal Caffarra, así como por la conversión de nuestra nación y del mundo.


Portada Noticias » El último mensaje de un gran cardenal: “Debemos tener fe, esperanza y fortaleza”



Vida Humana necesita su Ayuda para continuar defendiendo la Fe, la Vida y la Familia