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Lunes, 30 de Octubre de 2017 12:41

Catequesis 38: El adulterio en el cuerpo y en el corazón

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(Impartida el 3 de septiembre de 1980)

 

1. En Mateo 5:27-28, Cristo solo menciona el Mandamiento 6 “No adulterarás” en el versículo 27. No se dedica a valorarlo, como sí lo hace en su discusión con los fariseos en Mateo 19:3-9, ya que presupone dicha valoración. Lo significativo es lo que dice en la segunda parte de su enunciado: “Pero yo os digo…” (Mateo 5:28). Esta afirmación que sigue es más que una polémica con los doctores de la Tora (la ley en los primeros cinco libros de la Biblia). También es más que una valoración del ethos (el sentido moral) del AT. Se trata de un paso hacia el nuevo ethos. En este contexto, la traducción antigua de este versículo (“ya la ha hecho adúltera en su corazón”) quizás sea mejor que la del texto actual (“ya adulteró con ella en su corazón”). La versión antigua expresa con más precisión el hecho de que se trata de un acto interior y unilateral.

Debemos analizar por qué Cristo cambia la base de este pecado del cuerpo al corazón y si todavía tiene sentido decir que el adulterio es un pecado del cuerpo, como ya hemos señalado en la catequesis anterior. Recordemos que habíamos dicho que el adulterio es la falsificación del signo conyugal, que es la unión en un solo cuerpo de los esposos. 


2. Cuando analizamos Génesis 3, concluimos que “el hombre histórico” (el ser humano después del pecado original y afectado por él) es el hombre de la concupiscencia. El corazón de ese hombre de la concupiscencia se deja llevar por la concupiscencia de su cuerpo. Es decir, su voluntad decide no oponer resistencia a los impulsos concupiscentes o desordenados de su cuerpo. Por eso es que ese hombre, cuando mira a una mujer que le atrae, la mira para desearla de manera adúltera. De ahí se sigue que esa mirada concupiscente, es decir, adúltera, constituye un adulterio del corazón, el cual guarda una estrecha relación pecaminosa con el adulterio del cuerpo. Por consiguiente, no hay contradicción alguna en afirmar que el adulterio es un pecado del cuerpo, pero que al mismo tiempo existe el adulterio del corazón. A esto último es a lo que se refiere Cristo en Mateo 5:27-28.

 

Con todo, todavía debemos indagar en qué consiste exactamente ese deseo del corazón que Cristo llama adulterio. Por lo pronto, debemos aclarar que no podemos reducir la comprensión de ese deseo adúltero a su dimensión psicológica, si bien esta dimensión es importante para el ethos que Cristo quiere proclamar. Recordemos que el ethos se refiere a la experiencia interior o subjetiva (y por tanto, psicológica) de los valores morales. Pero debemos también tener en cuenta la dimensión teológica de ese deseo malo que Cristo denuncia, es decir, la relación de ese deseo pecaminoso contra el plan de Dios para el amor conyugal. Recordemos que “teología” se refiere al estudio de Dios y también a todas las cosas en cuanto a su relación con Dios (en pro o en contra).

 

3. Las personas que escucharon el Sermón de la Montaña tenían cierta formación en el AT. Por consiguiente, el concepto del deseo adúltero del que habla Cristo se unió a los numerosos preceptos y advertencias que esas personas ya habían aprendido de los textos sagrados, sobre todo de los libros sapienciales o de sabiduría (Proverbios, Eclesiástico, Eclesiastés, Sabiduría, etc.).

 

4. La tradición sapiencial prestó mucha atención a la moral y las buenas costumbres de la sociedad israelita. Nos sorprende que sus advertencias se dirigen sobre todo a los hombres (ver Proverbios 5:3-6, 15-20; 6:24-29; 21:9, 19; 22:14; 30:20 y Eclesiástico 9:8-9; 26:9-12; 23:22-32). Esto puede significar que son especialmente necesarias para ellos. También sorprende que la mujer aparezca como ocasión de pecado y seductora, de la cual hay que precaverse. Pero también es verdad que elogian a la mujer perfecta, llena de gracia y bondad, compañera de vida de su esposo a quien sabe hacer feliz (ver Proverbios 31:10ss y Eclesiástico 26:13-18). De hecho, se nota el contraste entre la advertencia contra la mujer mala y el elogio de la esposa buena.

5. Estos libros tienen un objetivo pedagógico. Enseñan la virtud e intentan proteger el orden moral. Se refieren a la Ley de Dios y a la experiencia humana en sentido amplio. Se distinguen por su particular conocimiento del corazón humano. Desarrollan una psicología moral, pero sin caer en un psicologismo, es decir, no lo reducen todo a la psicología o a los sentimientos. Se acercan a la apelación al corazón que hace Cristo en Mateo 5:27-28, aunque no se ve en ellos una tendencia a desarrollar un ethos como el que el Señor quiere desarrollar en sus oyentes. Más bien, partiendo de la interioridad humana, enseñan la moral en el ámbito del ethos de su época.

 

6. Para la transformación total del ethos del AT en el ethos evangélico, habrá que esperar hasta el Sermón de la Montaña. Sin embargo, la contribución de los libros sapienciales sí fue útil para preparar el corazón de los oyentes de Cristo.

 

Podemos resumir nuestras reflexiones hasta este punto diciendo que los Profetas prepararon a los oyentes del Sermón de la Montaña respecto del concepto de adulterio contra el matrimonio monógamo. Mientras que los libros sapienciales los prepararon para comprender el concepto de la mirada concupiscente, es decir, el adulterio del corazón.

 

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