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Martes, 14 de Noviembre de 2017 13:52

Catequesis 43: El adulterio y la concupiscencia de la mirada Featured

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(Impartida e4l 8 de octubre de 1980)

 

1. La valoración moral de la mirada para desear, que Cristo llama adulterio cometido en el corazón en Mateo 5:28, depende de la dignidad personal del hombre y la mujer, no solamente para los que no están casados entre sí, sino también (y, claro, más todavía) para los que están unidos en matrimonio.

 

2. Tenemos que ampliar y profundizar el significado de esa mirada para desear más allá de lo que se desprende del AT. Primero que todo, es significativo que cuando Cristo dice “todo el que mira a una mujer” (Mateo 5:27), no dice “la mujer de otro”, sino simplemente “una mujer”. Esto quiere decir que el adulterio del corazón no se limita al deseo de una relación interpersonal a ser realizada con el cuerpo, sino que incluye la naturaleza misma de la concupiscencia. Es decir, el adulterio del corazón no consiste en mirar para desear de manera concupiscente a una mujer que no es la esposa, sino en mirar con ese tipo de deseo a cualquier mujer, incluyendo la propia esposa.

 

3. Esta interpretación considera todo lo que hemos dicho anteriormente acerca de la concupiscencia, especialmente la de la carne. La concupiscencia cambia la intencionalidad misma del existir de la mujer para el hombre. Es decir, reduce la riqueza de la llamada de Dios desde el principio al hombre y a la mujer a la comunión interpersonal. Esa reducción hace que la mujer sea para el hombre solamente objeto de su satisfacción sexual. Se deforma la recíproca auto-donación y acogida de los esposos como dones de Dios y se convierte en un mutuo o unilateral utilitarismo – cada uno o uno de los dos utiliza al otro como objeto de placer egoísta y no lo trata (o no lo ama) como sujeto y fin en sí mismo, como persona. El hombre que desea así a una mujer (incluyendo su propia esposa), aunque no realice el acto sexual, ya ha decidido en su interior servirse de la mujer como solamente objeto de satisfacción personal del propio instinto. Con su intencionalidad ha cambiado o trastocado el plan original de Dios a su propio “plan” concupiscente. Ha redefinido en su interior la existencia de la mujer para él (incluyendo su propia esposa). 


4. No es posible entender correctamente Mateo 5:27-28 si nos limitamos a una interpretación psicológica de la concupiscencia. Esa interpretación, aunque válida, no es base suficiente para captar toda la profundidad de la doctrina de Cristo. Hay que tener en cuenta la interpretación teológica, es decir, el hecho de que el acto interior concupiscente proviene de la concupiscencia como inclinación permanente al pecado que se deriva del pecado original, a la ruptura del plan de Dios por parte del hombre y la mujer.

 

5. La enseñanza de Cristo en Mateo 5:27-28 no sólo permanece fiel a la Ley de Dios en el AT, sino que profundiza y lleva a plenitud el sentido de esa Ley (recordemos Mateo 5:17). Nos damos cuenta de la gran necesidad que tenemos de descender a lo más profundo del corazón humano, para que ese corazón pueda convertirse en el lugar donde se cumpla a plenitud la Ley de Dios. El sentido pleno del mandamiento 6 que Cristo nos descubre es un ejemplo muy claro de esa necesidad que tenemos. Este mandamiento que se encuentra en esta severa prohibición de Jesús se cumple a cabalidad por medio de la pureza del corazón.  Jesús expresa con mucha fuerza la severidad de su enseñanza utilizando un lenguaje figurado, cuando dice “sacar el ojo” y “cortar la mano” (Mateo 5:29-30). Es decir, nos llama a evitar tajantemente y con firmeza todo aquello que nos pueda llevar al pecado. Esta disciplina de los ojos, del cuerpo y de la mente contribuye a la pureza del corazón.

 

6. El plan original de Dios para el matrimonio es que éste sea la unión indisoluble entre un hombre y una mujer. El adulterio contrasta totalmente con ese plan. Ese plan de unidad entre el hombre y la mujer en el matrimonio corresponde a la dignidad de las personas. Cristo consolida la compresión plena del plan de Dios al profundizar en el corazón humano, no solo denunciando con toda severidad el mal que es la concupiscencia, sino también el ethos o conjunto de hermosos valores que se encuentran en dicha profundidad. La vivencia de ese ethos, a través de la pureza del corazón, es lo que hace que resplandezca la dignidad del hombre y la mujer.

 

7. La llamada exigente de Cristo en su Sermón de la Montaña debe hacernos redescubrir y recuperar la plenitud que perdimos por causa del pecado. Se trata de la plenitud de valores en la relación recíproca entre el hombre y la mujer en el matrimonio, y también en toda otra forma de convivencia entre hombres y mujeres. Esa convivencia debe caracterizarse por la sencillez, la pureza y la honestidad.

 

Cristo es el único, por ser Dios, que conoce a profundidad el corazón humano (Juan 2:25). Por consiguiente, sólo Él tiene la clave para nuestra propia auto-comprensión. Debemos, pues, continuar nuestras reflexiones para darnos cuenta de que no debemos temer la severidad de sus palabras, sino tener confianza plena en la salvación que ellas nos confieren, no sólo por la sabiduría que transmiten sino también por la potencia que contienen. “No me avergüenzo del mensaje del evangelio, porque es poder de Dios para que todos los que creen alcancen la salvación” (Romanos 1:16).

 

El análisis realizado nos abre la puerta a más reflexiones que son indispensables para tener plena conciencia de quién es la persona humana, tanto en su dimensión de haber sido afectada por el pecado como en su dimensión de haber sido llamada por Cristo a caminar con Él hacia la plena realización en la salvación. Esa persona somos cada uno de nosotros.

 

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