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Jueves, 30 de Noviembre de 2017 11:48

Catequesis 46: La fuerza de la creación se hace para el hombre fuerza de redención Featured

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1. Mateo 5:27-28 contiene una llamada a vencer la triple concupiscencia (ver 1 Juan 2:16-17). Esta llamada brota de la afirmación de la dignidad personal del cuerpo y de la sexualidad. Es importante precisar esta formulación que acabamos de hacer. Ello es necesario, no sólo a causa del maniqueísmo, sino también a causa de una parte del pensamiento moderno, sobre todo el de Marx, Nietzsche y Freud (siglos XIX y XX). A estos intelectuales el pensador Paul Ricoeur (siglo XX) ha llamado “maestros de la sospecha”. Los ha llamado así, porque los tres fueron más allá de la duda metódica, como había planteado Descartes en el siglo XVII. Para Marx, Nietzche y Freud no se trataba simplemente de que la consciencia o el intelecto dudasen de todo, para entonces intentar demostrar la verdad de todo lo que se conoce, sino de sospechar de la consciencia misma. Es evidente que estos tres pensadores han ejercido una influencia muy fuerte (y negativa en su mayor parte) en el mundo actual.

 

Es por tanto necesario precisar lo que dice Mateo 5:27-28. Es necesario mostrar la convergencia y la divergencia que este pensamiento de la sospecha tiene en relación con la manera de interpretar la realidad, especialmente del ser humano, que surge de la Biblia. La convergencia radica en que estos tres pensadores y la Biblia (sobre todo Mateo 5:27-28), parecen juzgar y acusar al corazón a causa de lo que 1 Juan 2:15-16 llama “la triple concupiscencia”: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida.

 

2. Se podría equiparar la sospecha de Freud con la concupiscencia de la carne, la de Marx con la de los ojos y la de Nietzsche con la “soberbia de la vida”. Tal parece que estas tres sospechas convergen en la concepción bíblica del ser humano en términos de la triple concupiscencia. Si ello fuese plenamente cierto, entonces nosotros, que creemos en la Biblia, también sospecharíamos continuamente del corazón humano. Pero la triple concupiscencia, aunque es un factor importante en la Biblia para entender al ser humano, no es su criterio fundamental. La Biblia no se detiene ahí. 


3. Para entender plenamente lo que dice Cristo en Mateo 5:27-28 acerca de la concupiscencia, no podemos limitarnos a una interpretación psicológica (una interpretación en términos de las emociones y de sus causas). Tenemos que obtenerla de la teología de la concupiscencia que se encuentra en 1 Juan 2:16, es decir de una interpretación correcta de lo que Dios nos dice acerca de la concupiscencia en este pasaje bíblico. El hombre que “mira para desear” es el hombre de la concupiscencia de la carne. Es el hombre que ha abandonado su deseo sexual a su naturaleza afectada por el pecado original. En Mateo 5:27-28, Cristo también trata y llama la atención sobre ello. Pero sus palabras se refieren no sólo a un acto concupiscente, sino también al hombre de la concupiscencia.

 

4. Mateo 5, 27-28 (y también los versículos 19 y 20) no permiten detenernos en la acusación al corazón humano y ponerlo en estado de continua sospecha, como sucede con Freud y el maniqueísmo. Si Freud tuviese razón, entonces ese “núcleo” o “corazón” del hombre estaría dominado por el instinto erótico separado del valor supremo del amor, y la existencia humana consistiría en satisfacerlo. Y si el maniqueísmo tuviese razón, al hombre no le quedaría otra alternativa que condenar el cuerpo y la sexualidad y huir de ellos.

 

Pero no es así. Mateo 5:27-28 debe ser entendido en el contexto más amplio de la llamada que Cristo dirige al corazón del hombre, no simplemente para acusarlo, sino mucho más aún, para llamarlo a que descubra el ethos (conjunto de valores en el interior de la persona) de “la redención del cuerpo”, que San Pablo define en Romanos 8:23. La redención del cuerpo es una verdad, una realidad que Cristo ha ganado para nosotros y que por medio de la cual el hombre debe sentirse llamado con eficacia a vivir el significado esponsal del cuerpo y a expresar así la libertad interior del don (= el amor), es decir, de ese estado y de esas fuerza espirituales, que se derivan del dominio de la concupiscencia de la carne.

 

5. Cristo, en Mateo 5:27-28, al dirigirse al corazón, induce al hombre a permitir que sus palabras actúen en él. Si el hombre lo hace, podrá oír en su interior algo así como el eco de ese “principio” al que Cristo se refirió para recordarnos quién es el hombre, quién es la mujer, y quiénes son recíprocamente el uno para el otro en la obra de creación. Estas palabras de Cristo no son una llamada lanzada al vacío ni a un hombre totalmente abandonado a la concupiscencia de la carne, incapaz de buscar otra forma de relacionarse recíprocamente con la mujer en el contexto de esa atracción mutua que existe desde el “principio”. Las palabras de Cristo dan testimonio de que la fuerza o gracia originaria del misterio de la creación se convierte para cada uno de ellos en fuerza o gracia del misterio de la redención. Esto se refiere a la misma naturaleza, a los impulsos más profundos del corazón, incluso más profundos que la misma concupiscencia. El ser humano siente, juntamente con la concupiscencia, una necesidad profunda de conservar la dignidad de las relaciones recíprocas que se expresan en el cuerpo, gracias a su masculinidad y feminidad. Siente la necesidad de impregnarlas de todo lo que es noble y bello, de conferirles el valor supremo, que es el amor.

 

6. Esta llamada de Cristo no puede ser considerada un acto separado del contexto de la existencia concreta. Es siempre una llamada a descubrir el sentido de toda la vida, en el cual está incluido el significado esponsal del cuerpo. Este significado es la antítesis de la libido freudiana y de la interpretación del significado de la existencia humana en términos de la sospecha. La interpretación de la vida humana que nos da Cristo es radicalmente diferente. Cristo nos revela no sólo otro ethos, sino también otra visión de las posibilidades del hombre. Es importante que el hombre, en su corazón, no se sienta solo e irrevocablemente acusado y abandonado a la concupiscencia de la carne, sino que se sienta llamado con energía a ese valor supremo, que es el amor – llamado como persona en la verdad de su humanidad, en la verdad de su masculinidad y femineidad, en la verdad de su cuerpo. Llamado en esa verdad, que es patrimonio “del principio”, patrimonio de su corazón, más profundo que el estado pecaminoso heredado, más profundo que la triple concupiscencia. Las palabras de Cristo, referidas a toda la creación y a la redención, actualizan de nuevo esa herencia más profunda, que es el significado esponsal del cuerpo, y le dan una fuerza real a la vida del hombre.

 

[Resumiendo, hay una diferencia radical entre la interpretación de Freud de la sexualidad humana y la de Cristo. Para Freud, la fuerza de la libido es la realidad del ser humano, de la cual no puede escapar. Lo más que puede hacer la persona es sublimar esa fuerza y canalizarla hacia cosas positivas, como el desarrollo de la cultura y la civilización. Pero la libido siempre estará ahí y aún los actos más sublimes de amor no serían otra cosa que un enmascarar, aunque de forma positiva, ese dinamismo.

 

[Sin embargo, para Cristo no es así. Si bien la libido existe, nadie puede negar la fuerza de la concupiscencia de la carne, dicha fuerza no es lo que define a la persona humana como ésta debe ser. No debemos confundir lo que existe, con lo que debe ser, sobre todo cuanto este debe-ser corresponde a la verdadera identidad de la persona humana. La visión de Cristo es que el egoísmo sexual (que es parte de la concupiscencia de la carne) es producto del pecado y, por tanto, no tiene por qué ser la identidad verdadera del ser humano ni dominar su vida. No tenemos por qué estar sospechando constantemente de la sinceridad de nuestro amor, especialmente en el ámbito conyugal. Es cierto que este egoísmo existe, nadie lo puede negar, no tiene por qué tener la última palabra en nuestras vidas. Poco a poco con la fuerza y el amor de Cristo lo debemos y lo podemos vencer (no simplemente sublimar ni esconder). La gracia de Cristo es invencible y con ella podemos derrotar la concupiscencia de la carne y hacer que el amor verdadero que está como sepultado debajo de ella, surja hasta la superficie y abunde en nuestro corazón.

 

[Esto último es lo que significa que la fuerza de la creación se convierta en fuerza de redención. Recordemos que en la creación original, el hombre y la mujer vivían en la inocencia original. No existía el egoísmo sexual, sino el amor sincero como don mutuo de ambos. Gracias a la redención que Cristo nos ganó en la Cruz, podemos tener acceso a su gracia por medio de la fe. Podemos cooperar con esa gracia, para que la creación original y su inocencia original resurjan y empapen nuestro corazón del amor verdadero.

 

[Cierto, no podemos volver atrás al estado de inocencia original. Pero sí podemos y debemos, con mucho esfuerzo, pero llenos de fe y optimismo, apropiarnos de la gracia de Cristo e ir venciendo poco a poco el egoísmo para vivir en el amor verdadero.]

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