Saturday, 09 April 2011 13:06

Carta a aquellos hermanos/as nuestros/as que tienen inclinaciones homosexuales

Hemos recibidos varias cartas de personas con inclinaciones homosexuales en las cuales expresan su contrariedad por la información que hemos publicado en nuestro sitio web acerca de la homosexualidad. En esta carta vamos a proceder a responder los puntos expresados en las mismas. Como las personas a quienes respondemos ya han leído nuestra información, todo lo que aquí vamos a decir utiliza como fuente dicha información.


 

1. Que nosotros fomentamos el odio contra las personas con inclinaciones homosexuales y la homofobia.

Nosotros en ningún momento hemos dejado de expresar que las personas con inclinaciones homosexuales tienen la misma dignidad que las demás. Incluso, hemos reiterado la doctrina católica de que cualquier burla o agresión física o verbal contra estas personas constituye un hecho reprobable, un pecado contra la caridad. Lamentamos sinceramente y condenamos con toda firmeza los abusos, de cualquier tipo, cometidos contra las personas con inclinaciones homosexuales.

La homofobia, por definición etimológica, significa el miedo irracional a las personas con inclinaciones homosexuales. Nosotros no les tenemos ningún miedo irracional a estas personas ni tampoco queremos fomentarlo entre los demás. Una cosa es la homofobia y otra cosa es oponerse a la actividad homosexual y al fomento de dicha actividad por razones de índole ética, religiosa y científica. El confundir las dos, si se hace a propósito, constituye una falta de sinceridad en el diálogo público y al mismo tiempo una manipulación del discurso para prejuiciar a otras personas contra los que nos oponemos a la actividad homosexual.

En realidad, la confusión, deliberada o no deliberada, entre fomentar la homofobia e informar con razones morales, religiosas y científicas, acerca del daño que la actividad homosexual causa, se funda en otra confusión que también se encuentra muy difundida. Esta otra confusión, difundida con deliberación o sin ella, consiste en mezclar, sin esfuerzo alguno de distinción, la inclinación homosexual y la actividad homosexual. Nosotros siempre nos hemos esforzado por aclarar que la primera no es pecado, aunque sí inclina a él; la segunda sí es pecado, si se comete con conocimiento y deliberación, porque va en contra de los dos valores inherentes a la sexualidad humana: el amor conyugal y la transmisión de la vida.

Todas las personas tenemos inclinaciones hacia el bien e inclinaciones hacia el mal. Si no consentimos en nuestro interior ni ponemos en práctica las inclinaciones al mal, no hemos cometido ningún pecado y no hay por qué sentirse mal para nada, aunque sean inclinaciones homosexuales, heterosexuales o las que sean.

Nosotros aceptamos y amamos a las personas que tienen inclinaciones homosexuales, incluso aunque pongan en práctica dichas inclinaciones. Pero en ese último caso, sentimos el deber, impulsados por el amor auténtico, de decir la verdad acerca del plan de Dios para la sexualidad humana, que es un plan de sabiduría y amor.

2. Que nuestra información, al fomentar la homofobia, viola la ley de algunos países y por tanto tiene la posibilidad de ser punible.

En primer lugar, como ya hemos señalado, nuestra información no fomenta la homofobia ni el maltrato a las personas con inclinaciones homosexuales.

En segundo lugar, nuestra información se enmarca dentro del contexto de la libre expresión. Este es un derecho humano, que se supone es reconocido en todas las sociedades democráticas. Así como las personas con inclinaciones homosexuales tienen la libertad de expresar sus opiniones sobre la homosexualidad o sobre cualquier otro tema, nosotros también tenemos la misma libertad para expresar la verdad sobre el maravilloso don de la vida, de la sexualidad humana, del matrimonio y de la familia.

En realidad, aunque nos duela, tenemos que decir que en estas advertencias que hemos recibido de algunas personas con inclinaciones homosexuales de que han puesto en conocimiento a las autoridades de su país acerca de la posibilidad de que nuestra información sea contraria a la ley, detectamos una cierta intimidación o deseo de acallar nuestra voz por la fuerza de la ley. Ello francamente va más en la línea del totalitarismo que en la de una sociedad democrática.

En tercer lugar, nosotros no imponemos nuestras convicciones por la fuerza, sino que las proponemos, confiados en la belleza y el amor de la verdad acerca de la dignidad de la persona humana. En ningún momento hemos recurrido al insulto o a la vejación. En realidad, hemos sido nosotros los insultados por algunas personas que se consideran activistas homosexuales.

3. Que nosotros consideramos a las personas con inclinaciones homosexuales culpables por la propagación del SIDA.

Aquí se impone otra aclaración. Una cosa es decir que la transmisión del VIH se facilita más en las relaciones homosexuales que en las heterosexuales y otra cosa es decir que las personas con inclinaciones homosexuales son culpables de dicha transmisión. El que la transmisión del VIH se facilite más en las relaciones homosexuales es un hecho fisiológico, pero que de por sí no implica necesariamente una adjudicación de mayor culpabilidad a ese sector de la población.

Al principio, como es sabido, el SIDA se manifestó más en las personas con inclinaciones homosexuales y luego pasó al resto de la población. Nosotros no estamos aquí para juzgar a la gente. Eso es algo que sólo Dios puede hacer. Sin embargo, por el bien de las personas, tenemos que decir la verdad, tal y como ésta es descubierta por la ciencia y por la fe, entre las cuales no hay contradicción, ya que ambas tienen su origen último en Dios.

En cuanto al preservativo, los estudios científicos han demostrado claramente que éste no es seguro para proteger del SIDA, tanto para las personas con inclinaciones homosexuales como para los demás. Al respecto tenemos mucha información (véanse nuestra secciones sobre el SIDA y la Anticoncepción, respectivamente, en nuestra página web www.vidahumana.org, en el botón de "Lista de temas"). Que los medios de comunicación en general pasen por alto esta verdad obedece a motivos ideológicos, no científicos. Es lamentable, pero hoy en día existe una especie de falta de honestidad intelectual ante la verdad, debido a un compromiso con lo que es "políticamente correcto".

4. Que nosotros consideramos la homosexualidad una enfermedad.

Aquí es necesaria otra aclaración. La homosexualidad no es una enfermedad, pero sí es un desorden emocional. En 1973, la Asociación de Psiquiatría de Estados Unidos retiró la homosexualidad de la lista de desórdenes emocionales, debido a la presión de activistas con inclinaciones homosexuales y no por convicción científica.

El que la homosexualidad sea una inclinación emocional desordenada no debe denigrar a nadie. Reiteramos, todos tenemos inclinaciones desordenadas más o menos fuertes. Incluso, algunas de ellas peores que la homosexualidad, por ejemplo, la inclinación a la violencia. Muchas personas tienen inclinaciones heterosexuales desordenadas, otras al consumismo, otras a la comida, etc.

La cuestión está en controlar esas inclinaciones y en eso todos tenemos que trabajar y todos necesitamos ayuda, algunos quizás más que otros, pero todos la necesitamos. Y no por ello somos menos ni tampoco vamos a dejar de contribuir a la sociedad y a la Iglesia. Lo único que Dios nos pide es que seamos fieles a Su enseñanza.

Cuando la persona controla sus malas inclinaciones, esa persona es libre. Por consiguiente, no es verdad que nuestra enseñanza de que la homosexualidad es un desorden emocional coarta la libertad de las personas, al contrario, fomenta la verdadera libertad, que es vivir en la verdad, siendo libres del mal para hacer el bien.

El desorden emocional de la homosexualidad se puede curar. Toda persona homosexual que desee recibir tratamiento para ello y todo profesional capacitado que desee ofrecer sus servicios en este sentido tienen el derecho de ser libres de toda intimidación o manipulación. Es lamentable que ciertos círculos de psicología y psiquiatría, al menos en Estados Unidos, se hayan manifestado en contra de esta ayuda hasta el punto de acusar a quienes la ofrecen de "hacer daño" a las personas con inclinaciones homosexuales que la buscan.

Por otro lado, ni la Iglesia ni nosotros le exigimos a nadie que tiene que cambiar su inclinación homosexual para ser aceptado por Dios o por nosotros. Tanto Dios como nosotros aceptamos y respetamos a esas personas, si bien, reiteramos, nos sentimos en el deber, movidos por el amor sincero, a decir la verdad sobre este asunto. Pero lo que Dios pide de una persona homosexual es que viva una vida casta. Una persona con inclinaciones homosexuales puede y debe vivir una vida casta y dar mucho fruto en la sociedad y en la Iglesia. De hecho, tenemos amistades con inclinaciones homosexuales que están viviendo una vida recta y que merecen toda nuestra admiración y respeto.

5. Que la enseñanza de la Biblia no tolera la homosexualidad y que dicha enseñanza pertenece a otro contexto social y cultural.

En primer lugar, volvemos a aclarar que ni la Biblia, ni la Iglesia, ni nosotros hemos condenado nunca las inclinacioines homosexuales como pecado, sino la realización de los actos homosexuales. Son estos últimos los que la Biblia condena como pecado en el libro del Levítico, en Romanos (capítulo 1) y en otros pasajes.

Esta enseñanza es eterna y no cambiante, no importa el contexto histórico, cultural o social, porque es intrínseca a la persona humana como tal. Hay otras enseñanzas o reglas en la Biblia que sí son relativas, como la prohibición de ciertas comidas, el uso del velo para la mujer, etc.

¿Cómo se sabe esta diferencia? La misma Biblia y la enseñanza de la Iglesia lo aclaran. En Marcos 7, por ejemplo, Jesucristo, declara limpios todos los alimentos. En otros casos el sentido común nos lleva a la respuesta. Por ejemplo, el portar vestidos con más de una fibra es algo externo y propio de una época, mientras que los valores inherentes a la sexualidad humana son valores que por sí mismos trascienden todas las épocas. Son valores intrínsecamente antropológicos, pertenecientes a la esencia de lo que es ser persona. Además, los valores de la sexualidad humana (la unión conyugal y la transmisión de la vida) se manifiestan claramente desde las primeras páginas de la Biblia, desde la misma creación (cf Génesis 1:27-28 y 2:24). Esta visión de la unión hombre-mujer es reiterada por Jesucristo y por San Pablo, a quien el mismo Señor Resucitado se le apareció en el camino a Damasco (cf Hechos 9 y Efesios 5:25ss).

Este tema es bien profundo y amerita una tratado más largo de lo que este contexto nos permite. Pero una cosa está clara, la enseñanza de la Biblia sobre los valores de la sexualidad y del matrimonio y el rechazo de la actividad homosexual (nunca de la persona que tiene inclinaciones homosexuales) es una verdad que atraviesa toda la Escritura y que es reafirmada por Jesucristo y por las cartas de los Apóstoles, quienes hablan en nombre de él y explican ulteriores implicaciones de su doctrina. Lo mismo ha continuado haciendo su Iglesia, por mandato del mismo Cristo.

No podemos caer en una interpretación superficial de la Biblia que confunde, no sólo sus diferentes géneros literarios, sino que además coloca injustificadamente sus distintas enseñanzas en un mismo nivel axiológico.

6. Que nosotros decimos que las personas con inclinaciones homosexuales son menos capacitadas para ciertos trabajos.

Ni la Iglesia ni nosotros hemos dicho que las personas con inclinaciones homosexuales son menos capacitadas para ciertos trabajos. Lo que sí hemos dicho es que aunque la persona homosexual tiene, al igual que las demás personas, el derecho al trabajo, ese derecho puede y debe ser limitado legítimamente por desórdenes externos de conducta. Ciertas labores o actividades, como el ser entrenador de deportes o el pertenecer a las fuerzas armadas se pueden prestar (y de hecho, se han prestado) para desórdenes de conducta homosexual, ya que el contexto de cercanía física con personas del mismo sexo puede constituir una gran tentación para estas personas. Por supuesto, en estos y otros empleos también han ocurrido desórdenes de conducta heterosexual, que también deben ser castigados con el despido y otras acciones, por ejemplo, el acoso sexual contra la mujer.

También existe el derecho de los padres de familia a que sus hijos no sean educados en un estilo de vida contrario a los valores morales, consista este estilo de vida en la actividad homosexual o en cualquier otra práctica contraria a dichos valores. Recordemos que los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos y que la escuela debe desempeñar un papel subsidiario.

7. Que nosotros falseamos los datos, al decir que aproximadamente sólo del 2 al 3% de la población tiene inclinaciones homosexuales.

No, no somos nosotros los que falseamos los datos, son otros los que los falsean. En nuestra información explicamos cómo la falsa cifra de que el 10% de la población son personas que practican la homosexualidad surgió de los "estudios" fraudulentos e inmorales del Dr. Alfred C. Kinsey. En verdad, ni siquiera Kinsey hizo esa afirmación, sino que otros la derivaron de sus falsas conclusiones.

Incluso, ciertas personas que se consideran a sí mismas activistas homosexuales han reconocido que la tal cifra no es verdadera, sin embargo, la repiten o dejan que otros la repitan para favorecer su propaganda.

Nosotros tenemos en nuestra oficina ejemplares de los libros de Kinsey. Estamos seguros de que en sus países deben tener al menos la traducción al español de los mismos, para que comprueben como Kinsey y sus colegas llegaron a cometer la aberración de manipular sexualmente a centenares de niños desde dos meses hasta 15 años de edad para llegar a gran parte de sus falsas conclusiones.

Kinsey y sus colegas también entrevistaron a un número desproporcionado de personas que practicaban la homosexualidad, otros que practicaban la violación y otros actos sexuales fuera de lo normal y estrapoló fraudulentamente sus datos al resto de la población estadounidense.

No le llamemos ciencia a lo que no lo es, por más que la prensa lo haya repetido como papagayo para que la gente se lo crea.

8. Que nuestra información se presta para colocar en un mismo plano las relaciones homosexuales y las relaciones conyugales estériles.

Ello es falso y una manera muy superficial de entender nuestra información. El matrimonio entre un hombre y una mujer en el que uno de los dos es estéril conserva toda su validez. (En el caso de que la esterilidad se sepa antes del matrimonio, la persona estéril debe poner en conocimiento de ello a su prometido/a, para que el consentimiento matrimonial sea informado.)

La razón de ello es que la unión matrimonial entre un hombre y una mujer, aunque por naturaleza está ordenada a la transmisión de la vida, también está ordenada a expresar el amor entre Cristo y su Iglesia, entre Dios y la humanidad, como expresa San Pablo en Efesios 5. Existe un hermoso paralelismo entre la unión Cristo-Iglesia y esposo-esposa, el esposo representa a Cristo y la esposa a la Iglesia. Es por ello que Cristo elevó el matrimonio, creado por Dios, a la categoría de sacramento, es decir, de signo eficaz (= que realiza lo que significa) de la unión entre Cristo y su esposa que es la Iglesia. El matrimonio es una institución natural que desde su origen está intrínsecamente ordenada a ser elevada a sacramento, a la significación eficaz de la unión Cristo-Iglesia. Los esposos realmente hacen presente esa unión, si son fieles al amor que Dios ha depositado en sus corazones.

En el fondo, el rechazo a la enseñanza de la fe y de la recta razón sobre la sexualidad humana contiene una falla antropológica. Dicho rechazo, consciente o inconscientemente, niega la profunda unidad de la persona humana. La persona es una unidad sustancial, no accidental, de cuerpo y alma. El cuerpo no es simplemente un traje que me quito y que me pongo, es una dimensión intrínseca de mi persona. Yo no tengo un cuerpo, yo soy mi cuerpo. Mi corporeidad expresa mi persona, es la actualización de mi espíritu (alma), que se expresa en y a través de él.

En la naturaleza humana encontramos dos modos en que se manifiesta la corporeidad: una femenina y la otra masculina. Siendo ello así, se sigue que la persona es o persona femenina o persona masculina, ya que, reiteramos, la corporeidad humana expresa, a nivel físico, lo que la persona es.

Una cosa es sentirse homosexual, pero otra cosa es lo que se es. No podemos confundir el sentimiento con el ser.

Si el cuerpo es verdaderamente una dimensión intrínseca de la persona (sin él no existe la persona humana), entonces se sigue que el cuerpo tiene una relevancia moral. Es decir, importa, y mucho, lo que yo haga con mi cuerpo. No puedo utilizar mi cuerpo como un simple instrumento del yo para realizar cualquier cosa con él. Lo que yo haga con mi cuerpo, para bien o para mal, repercute en mi persona. Es por ello que la fornicación, el adulterio, la anticoncepción, y otros males, dañan a la persona como persona, es decir, en su dignidad.

Tampoco puedo utilizar el cuerpo de otros para lo que me venga en gana, tengo que respetarlo. Por ello, el aborto, la manipulación de embriones, la tortura, etc., son males gravísimos.

Nada de esto es biologismo, que es la falsa doctrina, por muy tradicional que haya sido, que consiste en reducir la ley moral natural a las meras funciones biológicas. Nuestra postura toma en serio la corporeidad, precisamente porque es la expresión material de la persona y una dimensión intrínseca de ella. Pero tampoco reducimos a la persona a su corporeidad, sino que la vemos en su contexto personal, de relación consigo misma, con los demás, con Dios y con su la naturaleza y su entorno.

Si uno observa detenida y atentamente la corporeidad humana, tal y como ésta se nos manifiesta, se da cuenta de que entre el hombre y la mujer se da una complementariedad que, aunque la trasciende, comienza en ella. Esa complementariedad también se da a nivel psicológico y espiritual. Esa complementariedad implica igualdad en la diversidad: igualdad de dignidad, diversidad de modalidad humana, con toda la riqueza y la belleza que ello implica.

He ahí la base, el sustrato natural, que el Creador ha diseñado para que se lleve en plenitud de unión en el amor del matrimonio, amor, que en su propia naturaleza, está abierto a la posibilidad de ir más allá de sí mismo y de dar fruto en nuevas vidas humanas.

La procreación no es simplemente una fábrica de bebés, como algunos irrespetuosamente la consideran, sino la sublime tarea de cooperar con Dios para traer al mundo nada más y nada menos que una persona humana, irrepetible con su propia dignidad personal, objeto del amor infinito de Dios, creada a Su imagen y semejanza, es decir, capaz de conocer y amar. La procreación no se limita a traer hijos al mundo. Precisamente por ser personas, los hijos necesitan ser amados, educados, socializados... La procreación incluye en sí misma la educación y la formación en la gran tarea de ser persona. Por ello, la Iglesia enseña la procreación responsable.

Conclusión

He aquí, pues, nuestra visión sobre estos temas. Esperamos que nuestros lectores le den una lectura reflexiva y objetiva, exenta de actitudes preconcebidas o politizadas, por más populares que éstas sean. Sólo la aceptación serena de la verdad conduce a la verdadera felicidad.

Hemos escrito esta carta motivados por el amor y el respeto. Esperamos que cualquier diálogo que este escrito fomente entre nuestros lectores y nosotros tenga también estas características. Sólo así se podrá llegar a esclarecer lo que todavía no esté claro y juntos llegar a apreciar la verdad sobre la dignidad de la persona humana.

 

Respetuosamente,
El Equipo de Vida Humana Internacional

 

Last modified on Monday, 25 June 2012 11:11
Artículos y Documentos por Temas  » Homosexualidad » Visión general » Carta a aquellos hermanos/as nuestros/as que tienen inclinaciones homosexuales



Vida Humana necesita su Ayuda para continuar defendiendo la Fe, la Vida y la Familia