Lunes, 13 de Febrero de 2017 13:47

Es hora de hablar claro

Padre Shenan J. Boquet
Presidente
Human Life Internationa
l

Todos debemos profundizar, con la gracia de Dios y sin demora, nuestra vida espiritual. Vivimos en tiempos difíciles. Es hora de decir la verdad con amor y claridad acerca de la confusión que está afectando a los fieles en relación con la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, la familia y la Eucaristía. Debido a mis viajes, me encuentro con muchos sacerdotes de todo el mundo. No me creerían si les digo lo preocupados que se sienten acerca de lo que escuchan de Roma y cómo muchos obispos están interpretando la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Amoris laetitia

Si usted ha estado leyendo las publicaciones de Human Life International sobre este tema, sabrá que hemos sido muy respetuosos al afirmar la belleza de la doctrina tradicional de la Iglesia y, al mismo tiempo, insistir en que la práctica no debe contradecir dicha doctrina. Donde exista esa contradicción, la integridad ha fracasado. No se puede echar a un lado la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio como si fuese una pieza arqueológica antigua y llena de polvo. No podemos proceder con “compasión” como si esa doctrina no existiese.

Hemos agradecido su fidelidad a los obispos que, al ver la confusión reinante, han reconocido su responsabilidad pastoral hacia sus sacerdotes y catequistas, han afirmado los elementos positivos de Amoris laetitia, y, al mismo tiempo, han enseñado que este documento no ha cambiado en nada la doctrina tradicional sobre la indisolubilidad del matrimonio y la recepción de la Eucaristía.

Tristemente, los colaboradores más cercanos del Santo Padre no apoyan esta interpretación. Uno de los obispos que sostiene la continuidad de la doctrina y la práctica acerca del matrimonio y la Eucaristía fue duramente criticado públicamente por uno de los cardenales nombrados recientemente por el Papa Francisco. La crítica carecía de sustancia alguna. Los valientes cardenales que presentaron en privado al Papa sus dudas (dubia, en latín) fueron pasados por alto, a pesar de que su presentación se caracterizó por la caridad y la precisión en las cuestiones doctrinales en torno al texto de Amoris laetitia. Debido al silencio del Papa, estos cardenales hicieron públicas sus dudas, para responder a la confusión de muchos fieles que previamente les habían consultado y con la esperanza de suscitar un diálogo sobre estas cuestiones. También ellos fueron duramente criticados en público por parte de muchos miembros de la Curia. La crítica fue expresada, no en términos teológicos, sino por medio de cuestionamientos de los presuntos motivos. En tiempos de mayor sensatez estos injustos ataques personales hubieran sido desestimados por parte de personas pensantes, quienes los hubieran considerado una confesión de la vacuidad de los argumentos de los críticos.

Recientemente los obispos de Malta han publicado unas directrices, para que aquellos de sus fieles que se han divorciado y vuelto a casar civilmente sin anular su primer matrimonio puedan comulgar luego de algún tipo de discernimiento, si se “sienten en paz con Dios”. Hasta la fecha no ha habido clarificación por parte de la Santa Sede, a pesar de que los obispos malteses han reafirmado que su postura es acorde con Amoris laetitia. Esta triste situación sigue a los informes que nos han llegado de que un obispo austriaco de hecho apoya en Amoris laetitia su previa y peligrosa práctica de dar la Comunión a católicos de su diócesis que viven en relaciones adúlteras.


Así es como se está llevando a cabo este escandaloso disenso respecto de la Santísima Eucaristía y se están desestimando las duras amonestaciones bíblicas y doctrinales contra la indigna recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así ocurre cuando la conciencia no se forma según la verdad de la doctrina católica, sino que soberbiamente se eleva como si fuese suprema y tiene la insolencia de oponerse a la clara enseñanza de Nuestro Señor sobre el matrimonio. Y si un fiel sacerdote, obispo o cardenal se siente movido por su propia conciencia a preguntar y a adherirse a la doctrina y la práctica de siempre, su integridad y sus motivos son atacados aún por parte de las esferas más altas de la Iglesia.

Mientras todo esto ocurre, hemos contemplando durante tres años el triste espectáculo de cómo el Vaticano ha estado invitando a dar conferencias a varios promotores de los abortos y las esterilizaciones forzosas. Los proponentes del control demográfico han desfilado por la Pontificia Academia para las Ciencias sin oposición alguna, no solamente para hablar sino también para co-firmar declaraciones junto a funcionarios de la Santa Sede. Y para colmo de males, Paul Ehrlich, el principal “profeta” del anti-Evangelio que proclama que “el problema son la gente”, será honrado como conferenciante en un congreso que ha sido organizado a la carta para sus desacreditadas teorías acerca de una presunta e inminente catástrofe ecológica. Y como si esto fuera poco, el Vaticano también ha invitado a hablar a líderes del Population Council, una de las agencias más agresivas del mundo en cuanto a la promoción del control demográfico.

Siento un gran amor por la Iglesia y el Santo Padre, así como una profunda disposición a defenderlos de injustos ataques. Esta situación ha hecho que muchos de nosotros hayan presentado legítimas preguntas acerca de lo que está pasando. No lo hemos hecho para ser populares en los cocteles o para hacer las paces con la cultura actual. Sino porque creemos que nuestras sociedades están enfermas, que el pecado se difunde de manera rampante, y que la única respuesta la tiene Nuestro Señor y el valiente testimonio de la Iglesia que Él ha establecido sobre la Roca de Pedro.

A pesar de defender la doctrina de la Iglesia, hemos sido tildados de “disidentes” – algo verdaderamente insólito, habida cuenta de la confusión que se ha difundido por todas partes. Usualmente, esas acusaciones surgen súbitamente y sin fundamento alguno. Pero este tipo de tonterías se ha hecho frecuente en estos tiempos.

Simple y sencillamente ya no puedo mirar a los ojos de mis hermanos sacerdotes y decirles que tengo una interpretación del estado actual de las cosas que es coherente con la antigua doctrina y práctica católicas. He leído algunos intentos al respecto, pero la mayoría consiste en colocar etiquetas peyorativas a los que creen que las palabras de Cristo sobre el matrimonio son definitivas, que la doctrina de la Iglesia no puede cambiar súbitamente y que la práctica no puede contradecir la doctrina. Hermanos míos, no nos pueden obligar a extraviar a los que se encuentran bajo nuestro solicitud pastoral ni a decir lo que no es verdad.

A los que están confundidos: nuestra labor en esta situación es orar. Orar y ofrecer nuestros sufrimientos por el Santo Padre, los cardenales y los obispos, los sacerdotes, los catequistas y los laicos que están confundidos. Encuentren consuelo en el ejemplo de los santos, quienes se mantuvieron firmes en Cristo y dijeron la verdad con amor, a pesar de que muchos a su alrededor cayeron en el error. Este año es el centenario de la aparición de la Virgen Santísima en Fátima y en Ella sus fieles devotos encuentran mucho apoyo y consuelo.

Nuestros obispos que son fieles han sido colocados en una situación muy difícil con esta confusión. Debemos orar por ellos constantemente. Ellos no pueden poner fin a la confusión que se encuentra encima de su autoridad. Pero sí pueden mitigar la confusión que se está difundiendo entre los que están bajo su responsabilidad espiritual. También pueden apoyar a sus hermanos que están siendo atacados por enseñar la verdad. Pueden decir a sus sacerdotes que no les van a pedir que violen su propia conciencia ni extravíen más aún a aquellos de sus fieles que carecen de una formación adecuada. Pueden decir a los fieles en las bancas de la iglesia que Dios les ama, que Su divina misericordia está siempre disponible para cualquiera que se arrepienta sinceramente, confiese su pecado, pida perdón y resuelva firmemente enmendar su vida. Los católicos que pasen por este proceso pueden recibir la Sagrada Comunión. Si no están listos para ello, entonces no deben recibir la Eucaristía, aunque sí deben ser bienvenidos a la comunidad parroquial, la cual debe orar por ellos y discernir bajo la dirección del sacerdote, quien les enseñará la verdad con amor y los acompañará con solicitud pastoral, pero sin afirmar lo que pueden constituir actos mortalmente pecaminosos.

No tengamos miedo a decir la verdad, pero hagámoslo con solicitud y amor, siempre comenzando con la oración y con actos de reparación. No necesitamos más peleas, sino más claridad, más verdad con amor. Necesitamos más santos.

Noticias » Spirit & Life - Columna Semanal de HLI » Es hora de hablar claro
back to top