Viernes, 24 de Febrero de 2017 16:23

Cuando la Iglesia pasa por alto el disenso

Padre Shenan Boquet
Presidente
Human Life International
 

Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que suscitan divisiones y escándalos contra la doctrina que habéis aprendido; apartaos de ellos, pues esos tales no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y, por medio de suaves palabras y lisonjas, seducen los corazones de los sencillos. (Romanos 16:17-18).
 

El meollo de la “cultura” de la muerte es el rechazo de Dios y de Su plan para la salvación y el florecimiento de los que lo aman. Aunque este rechazo asume diferentes formas, hay una que nos preocupa de manera particular: el disenso de Sus enseñanzas acerca de la dignidad y el carácter sagrado de la vida humana.
 

Hace poco, Melinda Gates, que públicamente disiente de la doctrina católica que rechaza la anticoncepción pero que es considerada una “católica ferviente”, atribuyó su “éxito” en la vida a la anticoncepción:



“No es casualidad que mis tres hijos nacieron con tres años de diferencia, ni que tuve a mi primer hijo cuando terminé la escuela de graduados y dediqué una década de mi carrera a Microsoft. Mi familia, mi carrera, mi vida, como yo la conozco, es el resultado directo del uso de anticonceptivos.”
 

Esto viene a colación de las críticas que su esposo, Bill Gates, con quien dirige la Fundación Bill y Melinda Gates, ha lanzado contra la restitución que el Presidente Trump ha hecho de la Política de Ciudad México.
 

Esta política prohíbe a las agencias que reciben subsidios de EEUU para la ayuda exterior la promoción y la comisión de abortos. Si bien es cierto que la Fundación Gates realiza algunas obras encomiables y aparentemente no financia el aborto directamente, sí está claro que otorga financiamiento a las más grandes organizaciones internacionales que promueven y cometen abortos, diciendo que dicho financiamiento es para otros “servicios” de “planificación familiar”.
 

Y ahora la Fundación Gates está defendiendo públicamente a esas organizaciones internacionales, que no van a dejar de promover y cometer abortos, a que sigan recibiendo financiamiento del gobierno de EEUU. Esta postura de la Fundación Gates es, al mismo tiempo, una confesión de que gran parte de la “comunidad internacional para la salud” está podrida al considerar que el aborto es una legítima preocupación de “salud”, y el fin de la aseveración de los Gates de que ellos no apoyan el aborto y sus promotores.
 

Seamos claros, no tengo la intención de presentar a la Sra. Gates como la “enemiga” ni de juzgar su alma. Según las informaciones dadas a conocer, sus intenciones son sinceras en cuanto a ayudar a los pobres y a las mujeres en situaciones de indefensión socio-económica en el mundo en desarrollo. Mi crítica va dirigida a cómo esas “intenciones” se forman en católicos que disienten de la doctrina de la Iglesia que condena la anticoncepción como un acto intrínseca y gravemente malo.
 

Los disidentes creen apasionadamente que el árbitro final de cualquier decisión es la propia conciencia, independientemente de si dicha conciencia está bien formada o no. Es triste y escandaloso que algunos obispos hayan afirmado este mismo error, como si la formación de la conciencia fuese irrelevante. Desde luego, si la Iglesia aceptase esa definición de la conciencia, caería en el relativismo. Desde esa perspectiva, ¿cómo se podrían refutar, por ejemplo, las decisiones que ha tomado el Presidente de EEUU respecto de la inmigración si está actuando según su conciencia y sus intenciones son buenas?

La Iglesia Católica enseña que ciertos actos son intrínsecamente malos. Ello significa que ninguna ley humana u obispo católico puede hacer que esos actos se conviertan en buenos. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium 12, la doctrina católica en relación con la fe y la moral, “no son meras palabras humanas, sino verdaderamente la palabra de Dios”. Los que dicen que el seguir su conciencia les permite elegir el mal para lograr algún bien están profundamente equivocados.
 

La correcta comprensión de la relación entre la libertad y la verdad respecto de los actos humanos fue presentada por el Santo Papa Juan Pablo II en su Encíclica Veritaris splendor. Como se trata de una enseñanza muy importante, voy a dar la cita completa:
 

“Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la obligación de realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad. Precisamente por esto la conciencia se expresa con actos de juicio, que reflejan la verdad sobre el bien, y no como decisiones arbitrarias. La madurez y responsabilidad de estos juicios —y, en definitiva, del hombre, que es su sujeto— se demuestran no con la liberación de la conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta autonomía de las propias decisiones, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la verdad y con dejarse guiar por ella en el obrar. Los cristianos tienen —como afirma el Concilio— en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia: «Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana» 111. Por tanto, la autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad con respecto a la verdad, sino siempre y sólo en la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella.” [61 y 64].

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