El transhumanismo: ¿Se convertirán las máquinas en “dioses”?

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente

Human Life International

 

28 de mayo de 2024

 

Noland Arbaugh quedó paralizado del cuello para abajo al comienzo de sus años veinte luego de un accidente de clavado. Hoy en día tiene 29 años y es cuadripléjico. Recientemente, sin embargo, varios videos que lo muestran jugando videojuegos se hicieron virales.

 

La razón de este interés a gran escala en los videojuegos de Arbaugh no es su proeza con estos juegos. Lo inaudito de estos videos es que Arbaugh no controla los juegos con sus manos o pies. Ni siquiera usa el extremadamente lento y laborioso aparato que usaba antes para tener control de su computadora. En vez de ello, Arbaugh controla los videojuegos completamente con sus pensamientos.

 

Resulta que Arbaugh es el primer ser humano a quien se le ha insertado un dispositivo de Neuralink. Se trata de un dispositivo que ha sido colocado en un pequeño agujero que le han abierto en el cráneo. Este dispositivo recibe y convierte los signos cerebrales a través de diminutas fibras que ha sido insertadas directamente en el cerebro. Pensando simplemente en lo que desea hacer, Arbaugh puede ejercer control sobre su computadora en tiempo real con tal facilidad que hasta puede jugar juegos de gran complejidad mientras conversa con otras personas.

 

La Compañía Neuralink fue fundada y es propiedad del multimillonario Elon Musk. Según la declaración de la misión de esta empresa, su objetivo es “crear un cerebro con un interfaz generalizado para restaurar la autonomía de aquellas personas que tienen necesidades médicas que hasta el día de hoy no han podido ser atendidas y [de esa manera] desencadenar su potencial humano en el futuro”.

 

El caso de Arbaugh ha sido un éxito impresionante en cuanto a la primera parte de esta declaración de la misión de Neuralink. Su vida sufrió un cambio total después de su accidente, el cual le arrebató su movilidad. Neuralink le ha proporcionado un nuevo comienzo a su vida. Lo ha hecho capaz de hacer cosas como jugar juegos computarizados, escribir correos electrónicos y potencialmente ganarse el sustento.

 

Este caso es un ejemplo maravilloso de las tecnologías de vanguardia que llenan legítimas necesidades de salud, respetan la dignidad humana y la ética al restaurar funciones que se habían perdido. Se trata de un excelente desarrollo tecnológico que la Iglesia Católica apoya con entusiasmo. Musk y sus colegas en Neuralink tienen la esperanza de que, a través de sus implantes cerebrales, puedan ser capaces de curar completamente la parálisis de algunos pacientes. Si logran esta meta, sería uno de los avances médicos más grandes de la historia.

 

 

El deseo transhumanista de ser “como dios

 

Sin embargo, hay una parte de la declaración de la misión de Neuralink que debería provocarnos hacer una pausa. Como declara la compañía, una de sus metas es ‘desencadenar’ el potencial humano en el futuro”. Uno se pregunta: ¿precisamente qué potencial humano va a desencadenar un chip que se implante en el cerebro?

 

Otras declaraciones de Elon Musk nos dan ciertas pistas. El magnate de la tecnología ha indicado en repetidas ocasiones que tiene la convicción de que los seres humanos y las computadoras eventualmente se fusionarán hasta el punto de que lograrán una “simbiosis con la inteligencia artificial”. El propósito de lograr esta simbiosis, según Musk, sería realzar las capacidades humanas de manera tal que los seres humanos puedan ir al mismo paso que los rápidos avances de las máquinas.

 

Musk argumenta que si los seres humanos no aumentan sus potencias por medio de una fusión con las máquinas, existe el riesgo de que las máquinas se les adelanten y eventualmente reemplacen a los seres humanos. Por lo tanto, concluye él, “para evitar convertirnos en monos, los seres humanos deben fusionarse con las máquinas”.

 

La visión de Musk en este sentido es claramente distópica. Ha sugerido que en algún momento en el futuro, va a ser posible para los seres humanos “subir” su propia consciencia a una computadora o aún a otro cuerpo humano y así vivir para siempre. Musk ha manifestado que ello es muy deseable.

 

Pero Musk, a pesar de ser el más prominente promotor de estas ideas, está lejos de ser el único.

 

Estas ideas se pueden ubicar bajo el título de “transhumanismo”. Como sugiere este término, los transhumanistas promueven la idea de que los seres humanos pueden ser agentes de su propia autotrascendencia. Al usar y aún fusionarse con la tecnología, los seres humanos se convertirán en algo más que seres humanos. Los híbridos seres humanos-máquinas en superhumanos, dotados de una inteligencia, una memoria y una fuerza física super-humanas y, potencialmente, alcanzar aún la vida eterna.

 

Este último sueño es el objeto de búsqueda de otro prominente transhumanista: Bryan Johnson. Johnson ha dedicado su vida a buscar maneras de extender su vida y, si es posible, indefinidamente. Gasta millones de dólares al año en la búsqueda de esta meta. Emplea estrategias tan perturbadoras como infundirse a sí mismo con el plasma de su hijo adolescente.

 

Un reciente artículo del The New Atlantis resume el tema de la siguiente manera: Una nueva era comenzará en la cual los seres humanos se fusionarán cada vez más con la inteligencia artificial, preparando así el camino para lograr la visión definitiva del transhumanismo de ‘subir’ la mente humana a las computadoras: copiar todos los datos del cerebro en las computadoras, descartando el cuerpo humano de carne y hueso y, finalmente, lograr la inmortalidad – la versión materialista de que lo de otra manera solo Dios podía prometer”.

 

El deprimente narcisismo le da forma al transhumanismo

 

Thomas Fuchs, el autor del artículo apenas citado, ofrece una sugerencia que nos hace pensar de que el transhumanismo es esencialmente una manifestación de una peculiar forma moderna de narcisismo.

 

El autor observa que los narcisistas tienden a vacilar entre estados autodestructivos de odio hacia sí mismos y estados de engrandecimiento fantasioso. En última instancia, los estados de auto engrandecimiento es la manera en que el narcisista busca escapar de su autoodio. En otras palabras, mientras los narcisistas a menudo parecen tener un concepto exagerado de su propia importancia, esto ocurre solamente porque en lo más íntimo de su interior, sufren de un profundo sentido de ser inadecuados.

 

Fuchs también argumenta que, por lo menos en el Occidente cristiano, los seres humanos en general tenían un sentido mesurado de su propia importancia debido a su convicción de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo de estar convencidos de no ser dioses, tenían la convicción de poseer un valor intrínseco e inalienable que no dependía de su inteligencia, fuerza física o logros obtenidos.

 

Sin embargo, una vez que la raza humana comenzó a abandonar a Dios a gran escala, los seres humanos enfrentaron un sentido fundamental de soledad y de falta de significado, y de que la vida humana es absurda. Los transhumanistas, según Fuchs, son esencialmente narcisistas. Consumidos por un sentido de soledad en un vasto e impersonal universo, así como por una falta total del propio valor como personas, los transhumanistas han reaccionado buscando un status de endiosamiento.

 

El autor añade:

 

“El hombre occidental ha perdido su hogar en el centro del mundo. Poco a poco, el Dios Padre protector ha ido desapareciendo de la escena. De esa manera, el hombre se ha convertido en un ser metafísicamente abandonado. ‘El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra’, escribió Pascal no mucho después de que Copérnico y Galileo inauguraran su nueva cosmología. Debido a este sentimiento de soledad, de vacío y abandono ahora los hombres tratan de sobre compensarse narcisísticamente. Y lo intentan por medio de la obtención del control, del conocimiento, del progreso y del poder, como lo prometen las ciencias modernas. Para “convertirnos en los maestros y dueños de la naturaleza” – ello es lo que Descartes orgullosamente proclamó como la meta del progreso tecnológico y científico, el cual ha venido a ocupar el lugar de la historia de la salvación divina”.

 

 

La crítica del Cardenal Robert Sarah

 

Interesantemente, este es precisamente el mismo argumento del Cardenal Robert Sarah en un fascinante pasaje de su libro Es tarde y anochece. En el transhumanismo, declara el purpurado: “Estamos llegando al final de un proceso de auto rechazo y de odio a la naturaleza humana que caracteriza al hombre moderno. El hombre se odia a sí mismo hasta el punto de que quiere reinventarse a sí mismo.

 

Fuchs y el Cardenal Sarah señalan la paradoja fundamental de este esfuerzo por adquirir un status de dios. La paradoja consiste en que al intentarlo, los seres humanos se reducen a sí mismos de personas con un valor intrínseco y absoluto a productos cuyo valor depende completamente de sus capacidades, como la inteligencia, la fuerza física y la longevidad.

 

Como observa el Cardenal Sarah, los transhumanistas hablan de un programa de “mejorar” la población por medio del aumento del coeficiente intelectual o de la memoria al fusionarse con las computadoras. Esto es, desde luego, simplemente una manifestación del antiguo sueño eugenésico. Ello incluye la práctica a gran escala del aborto de los bebés no nacidos que son considerados “incapacitados” o de la selección de embriones procreados por medio de la FIV en base a ciertas características consideradas “superiores”.

 

“¿Quién establecerá la norma mañana?” Se pregunta el Cardenal Sarah. “¿Quién dirá si esta persona o aquella posee una funcionalidad lo suficientemente elevada o una que puede ser aumentada? ¿Busca el transhumanismo crear una raza dominante? Estas preguntas son aterradoras e hielan la sangre”.

 

El Cardenal Sarah argumenta que, al abolir cualquier sentido de un valor intrínseco de la persona humana y al intentar realizar tales fantasías de pesadilla sin un sentido de límites éticos, los seres humanos no corren el riesgo de lograr el status de dioses. En vez de ello, corren el riesgo de abolir la humanidad misma.

 

Fuchs se refiere al mismo punto cuando cita al historiador transhumanista Yuval Noah Harari, quien en su libro Homo Deus, argumenta que los seres humanos inevitablemente se fusionarán con las máquinas. Sin embargo, en el proceso, se darán cuenta de que conceptos como la voluntad libre eran una ilusión. Harari escribe:

 

“La gente ya no se verá a sí misma como seres autónomos que dirigen sus vidas según sus deseos, sino que en vez de ello, se acostumbrarán a verse a sí mismos como una colección de mecanismos bioquímicos que son constantemente supervisados y guiados por una red de algoritmos electrónicos”.

 

En otras palabras, los seres humanos lograrán endiosarse en el sentido de que tendrán un poder inmenso y, sin embargo, al mismo tiempo se reducirán a sí mismos a nada más que una serie de procesos bioquímicos y tecnológicos sobre los cuales no tendrán en realidad verdadero poder o autonomía.

 

“Más allá del límite, no hay nada sino la infinitud del vacío”, pone sobre aviso el Cardenal Sarah. “El movimiento mismo es lo que nos está arrastrando hacia la nada. Hablamos de una época ‘post-humana’’, pero después del ser humano no hay nada!”

 

 

Somos creaturas, no “dioses

 

Como Fuchs, el Cardenal Sarah sugiere que el remedio a las fantasías ilusorias de los transhumanistas es un renovado esfuerzo por recuperar una apreciación y una aceptación reconfortante de nuestras limitaciones intrínsecas. Para el Cardenal Sarah, la limitación fundamental con la cual debemos aprender a sentirnos confortables es nuestro status de creaturas:

 

“El tema del transhumanismo nos enfrenta con una decisión acerca de la civilización. Podemos continuar en la misma dirección. Pero en ese caso, arriesgamos textualmente renunciar a nuestra humanidad. Si queremos permanecer siendo seres humanos, debemos aceptar nuestra naturaleza de criatura y, una vez más, volvernos hacia nuestro Creador. El mundo ha elegido organizarse sin Dios, vivir sin Dios, pensar en sí mismo sin Dios. Está en proceso de realizar un terrible experimento: donde Dios no está, ahí está el infierno. ¿Qué es el infierno sino la ausencia de Dios? La ideología transhumanista ilustra este estado de cosas perfectamente. Sin Dios, nada permanece sino aquello que no es humano, lo post-humano. Más que nunca la alternativa es simple: ¡Dios o nada!”

 

Como diagnostica Fuchs correctamente, la gigantesca ignorancia de los tecnólogos es, en última instancia, superficial. Si raspamos la superficie de esta inflada super importancia de uno mismo, lo que vamos a encontrar es el miedo y la vulnerabilidad de un niño que se ha perdido. El hombre moderno ha perdido el sentido de su lugar en la jerarquía del ser. Una vez que el hombre moderno ha matado a Dios, ha llegado a pensar que es la cosa que más se parece a “dios” en la existencia y ha intentado alzarse al nivel del desafío que él mismo se ha impuesto.

 

Sin embargo, todo esto se trata de un esfuerzo desesperado y condenado al propio fracaso. Los seres humanos son intrínsecamente limitados y sus esfuerzos por adquirir un status de “dios” solamente producirá una creciente desesperación e ira frustrante. Ninguna cantidad de realce tecnológico puede darnos un solo momento de felicidad auténtica – el tipo de felicidad que surge de la aceptación en paz de la verdad de nuestro status de creaturas limitadas, cuya suma plenitud no se encuentra en un aumento de poder, sino en una relación correcta con nuestro Creador.

 

Irónicamente, el logro de un poder más grande y de una mayor longevidad es más probable que exacerbe un sentido de falta de valor, soledad e impotencia. Cada ganancia en términos de poder y longevidad solo logrará exacerbar más aún cuán desvalidos y limitados somos, y cuánta necesidad tenemos de nuestro Creador.

 

El buen Cardenal concluye sus reflexiones con este impresionante resumen de los problemas del transhumanismo:

 

“El sueño prometeico de una vida sin límites, de un poder infinito, es pura ilusión, una tentación diabólica. El transhumanismo promete que nos convertiremos en dioses. Esta utopía es una de las más peligrosas de toda la historia humana: la creatura nunca antes había intentado distanciarse del Padre de manera tan extensa y definitiva”.

 

 

La Cruz es la respuesta

 

Como observa el Cardenal Sarah, la respuesta a la ideología del transhumanismo se en encuentra en abrazar la Cruz. Hablando directamente a los enfermos y a los que sufren, el Cardenal Sarah proclama que estas personas tienen “una dignidad especial” porque tienen “una singular semblanza con Cristo crucificado”.

 

De hecho, hay una peligrosa paradoja en el transhumanismo de Elon Musk y en el éxito de su Neuralink. En su intento por “desencadenar el potencial humano” por medio de normalizar el aumento tecnológico de seres humanos saludables, puede que él mismo esté socavando su propio sueño de usar la tecnología para curar a los enfermos.

 

El ofrecer una nueva esperanza y salud a los cuadripléjicos es un maravilloso logro de la humanidad. Pero el cuadripléjico no adquiere de pronto más valor como persona debido a sus renovadas capacidades. El movimiento transhumanista, sin embargo, sugiere que el valor de los seres humanos de hecho será medido tanto en cuanto posean poder – un poder que ni siquiera es suyo, sino que les ha sido otorgado por medio de prótesis tecnológicas.

 

El gozo de Arbaugh ante sus nuevas capacidades es contagioso. Esta es la manera en que la tecnología debe ser usada: no para convertir a los hombres en “dioses, sino en servir a las personas proveyéndolas de salud y aliviando sus sufrimientos. Pido a Dios que los avances tecnológicos de la raza humana sean acompañados de un aumento de sabiduría. Si ello no ocurre, las alertas del Cardenal Sarah acerca de una distopia de hace que la “sangre se ponga fría” pueden lamentablemente convertirse en realidad.

 

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