La mentalidad del preservativo

El preservativo es considerado por algunos como el único medio para evitar el contagio del SIDA por vía genital. Para estas personas su uso equivale a “sexo seguro” o “sin riesgos”, por supuesto, del riesgo de contraer Sida. Los que difunden su uso dan una falsa sensación de seguridad, pues como la eficacia de los condones es relativa, nunca elimina completamente el riesgo de la infección.

Dos estudios realizados en EE.UU. señalan que en parejas heterosexuales en que uno de los miembros es portador del virus, las posibilidades de contagio en dos años usando preservativos es del 17% en el primer estudio y del 30% en el segundo. El índice menos desfavorable nos dice que el condón falla en una de cada seis relaciones. Es como jugar a la ruleta rusa con un revólver cargado con una bala.

El fracaso del preservativo proviene de deficiencias del látex, del uso incorrecto, de estar caducado y de la rotura del mismo. Una grieta casi imperceptible, del tamaño del pinchazo de una aguja, deja pasar millones de virus. En las relaciones homosexuales las posibilidades de contagio se duplican por la obvia razón de que el preservativo se rompe más fácilmente.

Algunos creen que evitando las ocasiones de riesgo –trato con prostitutas, drogadictos y homosexuales– desaparecen las ocasiones de contagio. No se dan cuenta de que ya hay muchos portadores que no se enmarcan dentro de estos grupos de riesgo. Uno de cada cien estudiantes en la universidad de Texas está infectado. Hay que tener claro que, en términos de SIDA, cuando se tienen relaciones genitales con una persona, no sólo se tienen con ella, sino con todas las personas que hayan tenido relaciones con ella.

Enseñar a los niños y jóvenes el uso de los preservativos es inducirlos y estimularlos a experimentar el placer genital. Es olvidar que la estimulación sexual se orienta hacia el acto sexual completo y que el goce satisfecho repetidamente se convierte en un deseo tiránico e incontrolable. Es el caso de aquel padre que enseñó a su hijo el uso de los preservativos, hasta que un día el joven le confiesa que ha dejado embarazada a una chica. El padre le recrimina diciéndole: “¡Pero no te dije que usaras condones¡”, y el hijo justificándose responde: “¡Papá, no tuve tiempo¡”.

Muchos jóvenes dicen ingenuamente: “¡Yo sé hasta dónde puedo llegar¡”. Si hace calor toda persona normal se pone inmediatamente a sudar, quiera o no quiera. Lo mismo ocurre con la estimulación sexual, una vez desencadenada y conforme se acrecienta, es más difícil pararla.Todo deseo sexual exacerbado es irreprimible. Aún no queriendo hacer una cosa no puede dejar de hacerla. Lo mismo ocurre con las perversiones sexuales y los vicios. Los actos deliberadamente cometidos una y otra vez, acrecientan la inclinación a repetirlos y terminan en la apetencia obsesiva a satisfacerlos, en el vicio o en la adicción. Cuando quiera decir “¡Basta!”, ya será tarde porque estará atrapado. Cuando la pasión lo domina, el hombre puede llegar a perversiones como el incesto, la violación o el abuso deshonesto. Esto sucede en todos los órdenes: la droga, el sexo, el alcohol, el dinero, o el sadomasoquismo. Una vez cometida la falta, el adicto puede arrepientirse y jurar que será la última vez, pero como se siente atrapado, raramente lo cumple.

Todo nace de desvincular los medios de su finalidad, y en el caso de la sexualidad, el sexo del verdadero amor. La enseñanza del uso del condón a los niños y adolescentes da lugar a la deformación sus conciencias, es como decirles que las relaciones genitales tienen por finalidad el goce y que el placer es la finalidad de la vida. Si a eso se añade la pornografía y un ambiente erótico, es lógico que se acelere su deseo sexual y la multiplicación de las uniones genitales, favoreciendo el contagio del SIDA y de otras enfermedades de transmisión sexual. Si desde su niñez cargamos llenamos su cerebro con toda clase de imágenes, pensamientos y sensaciones eróticas, no nos extrañemos luego de que reaccione como un maniático sexual.

Mahatma Gandhi decía: “Los anticonceptivos conducen a la satisfacción inmoderada de los deseos y son, por lo tanto, desmoralizadores y debilitantes”. Y Sigmund Freud, el psicólogo vienes, decía algo parecido: “El abuso del sexo siempre lleva a la violencia”, “Cuando tempranamente se trata al niño como un objeto sexual, se le enseña a obtener una satisfacción sexual que está obligado a repetir una y otra vez”.

Para contener el SIDA EE.UU. se han aferrado al preservativo como si fuese un salvavidas, cuando en realidad es un ancla que arrastra hacia el fondo. No han atacado la causa –que es una concepción errónea de la sexualidad y de la vida– sino al último de los síntomas. Han buscado soluciones falsas que no hacen más que agravar el problema. Y por no reconocer el error, así como de una mentira se origina otra mentira, un error lleva consigo otros errores hasta llegar hasta el caos, en este caso la propagación del SIDA.

No es casualidad que por idolatrar al sexo, en la sociedad actual se hayan recrudecido las perversiones sexuales, la infidelidad conyugal, los fracasos matrimoniales, las madres solteras, el aborto, la disminución de la natalidad, las violaciones, las enfermedades sexuales, la delincuencia, la droga, la corrupción y la violencia. La solución no está en el preservativo sino en reemplazar el “sexo” por el Amor. Si vivimos en el Amor, respetando la escala de valores por Él creada, saldremos del pantano en que estamos metidos. La solución debe ser integral, porque el abuso del sexo, la droga, la corrupción y la violencia siempre van de la mano.

Nota: Esta es una versión adaptada del texto publicado por Nueva Cristiandad (Institución Social Católica), calle Cerrito 1070 5p. Of. 94 C.F. (1010) Argentina.

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