El misterio de Dios en la teología del cuerpo

Ya nos referimos en nuestro boletín anterior al misterio de Dios, del cual, según nos enseña Juan Pablo, el cuerpo del hombre y de la mujer son los signos más elocuentes de la creación material. Pero, ¿a qué se refiere este “misterio escondido desde siglos en Dios” [1]?

Es cierto que Dios es un misterio y, como tal, trasciende infinitamente las capacidades de conocimiento del ser humano. Pero también es cierto que Dios mismo ha querido que el ser humano lo conozca en esta vida, aunque sea de forma limitada. Por ello, Dios se ha revelado a sí mismo en la creación –que es la revelación natural que el hombre puede descubrir por su sola razón, sin necesidad de la fe [2]—y de forma más profunda y completa por medio de la revelación sobrenatural en la historia de la salvación, que alcanza su cúspide definitiva en Jesucristo [3]. “Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él” [4]. Los canales concretos de esa revelación divina son la Biblia y la Sagrada Tradición, de las cuales el Magisterio de la Iglesia, que está compuesto por el Papa y los obispos en comunión con él, es el fiel oyente, custodio, transmisor e intérprete [5]. De hecho, “el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral [Sagrada Tradición] o escrita [Sagrada Escritura], ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” [6]. Eso no quiere decir que más nadie pueda leer, interpretar o incluso enseñar la Biblia. Al contrario, precisamente bajo la guía autorizada del Espíritu Santo y del Magisterio, especialmente en el Catecismo de la Iglesia Católica, el fiel católico debe leer, aprender y enseñar a otros acerca de la Palabra de Dios, no sólo gozando de la protección ante el error, sino también de la iluminación respecto de la verdad de esa Palabra [7].

¿Qué nos ha revelado Jesucristo del misterio de Dios? Jesucristo nos ha revelado que “Dios es Amor” [8], es decir, que “el ser mismo de Dios es Amor” [9]. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir dos cosas: la primera que Dios es una comunidad, una familia, de Amor en sí mismo; y la segunda es que Dios quiere que participemos en esa familia que Él es. “Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo; Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él” [9]. De hecho, “el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo” [10]. Ese misterio es maravilloso en sí mismo, pero también lo es, porque: ¡Dios quiere que participemos en él!

¿Cómo es que el hombre y la mujer, en su dimensión corporal y conyugal, son signos de ese misterio de Dios? Lo veremos en el próximo artículo.

Notas:

[1]. Efesios 3:9. Como ya he indicado anteriormente, para este y los anteriores artículos me estoy basando mucho en Christopher West, Theology of the Body (West Chester, PA, EEUU: Ascention Press, 2004).

[2]. Cf. Romanos 1:20.

[3]. Cf. Hebreos 1:1-2.

[4]. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 73.

[5]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, no 86.

[6]. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación, 1965, no. 10. Fuente citada en el Catecismo de la Iglesia Católica, no. 85.

[7]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nos. 91-93.

[8]. 1 Juan 4:8, 16.

[9]. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 221. El énfasis es nuestro.

[10]. Ibíd., no. 234.

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