La dimensión sacramental del cuerpo

En sus catequesis sobre la teología del cuerpo, Juan Pablo habla de la “sacramentalidad” del cuerpo: “En esta dimensión, se constituye un sacramento primordial, entendido como signo que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad” [1]. El Papa no está diciendo que el cuerpo humano es un sacramento en el sentido en que lo son los siete sacramentos de la Iglesia, que Cristo ha instituido [2]. El sentido en que el Santo Padre usa la palabra “sacramento” para referirse al cuerpo, es mucho más amplio del que se refiere a los siete sacramentos. Lo que Juan Pablo II quiere decir es que el cuerpo es un signo que, de cierto modo, nos ”revela” el misterio invisible de Dios, Quien es espíritu puro [1].

De hecho, toda la creación refleja de alguna manera la belleza infinita de Dios [3]. Pero la persona humana es la corona de la creación [4]. Por consiguiente, la persona humana refleja la gloria de Dios en grado superior al resto de la creación. Para ser más precisos y para seguir el pensamiento de Juan Pablo II, el hombre y la mujer en su unidad original reflejan, en modo superior al resto de la creación, la belleza y la gloria de Dios [1]. En efecto, el misterio invisible de Dios, que Juan Pablo II dice que la corporeidad del hombre y la mujer nos “revelan”, es “el misterio de la verdad y del amor, el misterio de la vida divina, de la que el hombre participa realmente” [1]. Esa unidad conyugal del hombre y la mujer expresa la gloria de Dios en el grado más elevado que le es posible a la creación especialmente en su dimensión procreadora, porque en esa dimensión está reflejando el amor creador de Dios [5].

Apoyándonos en la obra de Christopher  West sobre la teología del cuerpo de Juan Pablo II [6], podemos afirmar que las anteriores reflexiones nos llevan a la tesis central del Santo Padre sobre este tema [7]. En efecto, el Papa afirma que “el cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino, ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo” [1].

¿Por qué es esto posible? En primer lugar, debemos recordar que la concepción que tanto la Biblia como la Iglesia tienen de la persona humana no es una concepción dualista. Es decir, la unidad que existe entre el alma y el cuerpo de la persona no es una unidad accidental, sino sustancial. Ello significa que el cuerpo humano es parte intrínseca de la persona y no simplemente algo accidental, de lo cual pudiera disponer como si fuese simplemente un conjunto de tejidos y huesos. Precisamente la Iglesia nos enseña que “En virtud de su unión sustancial con un alma espiritual, el cuerpo humano no puede ser reducido a un complejo de tejidos, órganos y funciones, ni puede ser valorado con la misma medida que el cuerpo de los animales, ya que es parte constitutiva de una persona, que a través de él se expresa y manifiesta” [8]. Esta última afirmación que hemos resaltado nos indica que, de cierto modo, el cuerpo nos revela la invisible realidad de nuestra alma, que es una realidad espiritual [9], creada directa e inmediatamente por Dios en el momento mismo de nuestra concepción y sin la cooperación de nuestros padres [10].

En segundo lugar, y como ya sabemos, el hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios [11]. Por consiguiente, el cuerpo humano, que también “participa de la dignidad de la imagen de Dios” [12], “hace visible” algo del misterio invisible de Dios [9]. Es cierto que el misterio de Dios es infinitamente trascendente [13]. Como enseña la Iglesia, “no puede afirmarse tanta semejanza entre el Creador y la criatura, sin que haya de afirmarse mayor desemejanza” [14]. Y es cierto también que sí existe una diferencia entre el alma y el cuerpo, y que la primera es superior al segundo [15]. Sin embargo, Dios ha dispuesto que las realidades espirituales sean percibidas por el ser humano a través de las realidades materiales, las cuales se convierten en signos visibles que dan a conocer lo invisible. Este punto ya lo señalamos en el artículo sobre este tema en nuestro boletín anterior [16]. Esta disposición de Dios se debe a la naturaleza humana, que Dios mismo ha creado, es decir, a que “El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales” [17].

Estos dos puntos que acabamos de señalar se pueden resumir diciendo que, si bien es cierto que Dios trasciende infinitamente a sus criaturas, incluyendo, por supuesto, a la persona humana, y si bien es cierto también que el alma es distinta y superior al cuerpo, también es cierto que estas realidades, aunque distintas entre sí, están profundamente unidas [9]. En cuanto al primer punto, el Dios infinito y trascendente ha querido unirse a la humanidad. Por ello, se hizo uno de nosotros en Jesucristo. “Y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” [18]. En cuanto al segundo punto, volvemos a señalar la unidad sustancial del cuerpo y del alma en la persona humana [8].

Desde esta perspectiva, Juan Pablo II desarrolla su teología del cuerpo. La intención del Papa no es llevar a cabo un estudio biológico del cuerpo humano, sino la de desarrollar una teología, es decir, un estudio de Dios, partiendo del hecho de que la dimensión corporal de la persona humana, sin ser para nada divina, es, sin embargo, un signo elocuente — de hecho, el más elocuente de la creación material– del misterio de Dios [9].

Notas:

[1]. Juan Pablo II, Catequesis del 20 de febrero de 1980. Cf. Juan 4:24; Sabiduría 7:22ss.

[2]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1131.

[3]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 339.

[4]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 343; Salmo 8.

[5]. Cf. Génesis 1:27-28.

[6]. Christopher West, Theology of the Body (West Chester, PA, EEUU: Ascention Press, 2004). Este artículo se basa bastante en esta obra.

[7]. Ibíd., p. 5.

[8]. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Introducción, no. 3, 22 de febrero de 1987. El énfasis es nuestro.

[9]. West, 6.

[10]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 366.

[11]. Génesis 1:27. El énfasis es nuestro.

[12]. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 364.

[13]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 300.

[14]. Concilio IV de Letrán, cap. 2, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, no. 43.

[15]. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, no. 363.

[16]. Véase otra vez Adolfo J. Castañeda, “¿Qué es la teología del cuerpo?”, Boletín Electrónico de VHI, 7 de diciembre del 2006, Vol. 11, No. 7, http://www.vidahumana.org/news/7DICIEMBRE2006.html.

[17]. Catecismo de la Iglesia Católica, número 1146. El énfasis es nuestro.

[18]. Juan 1:14.

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