La teología del cuerpo y la sacramentalidad del matrimonio

En nuestra reflexión anterior sobre la teología del cuerpo de Juan Pablo II, abordamos el tema del matrimonio y la familia como ícono (imagen) de la Santísima Trinidad. Sin embargo, además de reflejar la Trinidad, el amor conyugal también ha sido creado por Dios, para reflejar la unión de Dios con la humanidad. El envío del Hijo Eterno al mundo, por parte de Dios Padre [1], y la entrega que el Hijo hizo de Sí mismo por todos nosotros [2], constituyó una nuevo derramamiento del amor de la Santísima Trinidad sobre la toda la creación [3].

La Iglesia está llamada a recibir este amor de Dios y a corresponderle. Dios ha impreso en el cuerpo del hombre y de la mujer la capacidad sacramental de reflejar este intercambio entre Cristo y Su Iglesia [3]. Cuando usamos la expresión “capacidad sacramental” en este contexto, nos estamos refiriendo a la capacidad de ser signos eficaces del amor entre Cristo y Su Iglesia, que Dios ha inscrito en la corporeidad masculina y femenina. Ello a su vez implica que la unión entre un hombre y una mujer en el matrimonio cristiano, está destinada, por la gracia de Dios, a expresar y a hacer presente en el mundo esa unión entre Cristo y su esposa la Iglesia. Por ello es que el matrimonio cristiano, debidamente celebrado y consumado, es un sacramento, esto es, un signo eficaz (= que realiza lo que significa) de ese amor entre Cristo y Su Iglesia. San Pablo lo expresa perfectamente cuando, citando a Génesis 2:24, dice: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne” [4]. Y luego añade: “Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia” [5].

La insistencia de la Biblia, y concretamente de San Pablo, en la cual se fundan las enseñanzas de Juan Pablo II, en la realidad corporal del hombre y la mujer, tienen su razón de ser precisamente en el hecho de que el matrimonio cristiano es un sacramento. Los sacramentos, como se sabe, consisten precisamente en ser signos (es decir, realidades sensiblemente perceptibles) de la gracia de Dios. De otro modo, no hubiera tenido ningún sentido el que la dimensión esponsal del amor de Dios hacia la humanidad no hubiese sido impresa por Él en la dimensión corporal del ser humano.

Las últimas palabras de San Pablo que citamos arriba, también expresan el meollo de la cuestión en el sentido de que el matrimonio cristiano está llamado a ser un reflejo del amor entre Cristo y Su Iglesia y no al revés. El carácter esponsal de la unión entre Dios y Su Pueblo Israel en el Antiguo Testamento [6], que alcanza su plenitud sacramental en el Nuevo [7], ha sido impreso por Dios en las relaciones entre Él y la humanidad. Por consiguiente, ese carácter esponsal no es una proyección psicológica que el hombre hace del matrimonio humano hacia Dios, sino parte del designio mismo del amor de Dios hacia la humanidad.

La siguiente comparación arroja luz sobre esta gran verdad. La realidad del matrimonio humano no es la única relación humana que refleja el amor de Dios hacia la humanidad. También lo es la relación padre-hijo. Es decir, la paternidad humana es un reflejo de la Paternidad de Dios y no al revés. El propio San Pablo lo expresa muy claramente también en la misma Carta a los Efesios: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de Quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” [8].

De todo ello podemos sacar la conclusión de que el matrimonio, tanto en su nivel natural como en su elevación sacramental, no es una invención social, ni un producto azaroso de la evolución histórica, ni una institución diseñada por el Estado, sino una institución directamente creada por Dios, que luego Cristo elevó a la categoría de sacramento, para aquellos hombres y mujeres que responden al llamado de formar parte de Su Iglesia. Ya a nivel natural, la intención creadora de Dios tuvo por objeto plasmar este carácter esponsal de Su amor en la corporeidad masculina y femenina, he ahí lo que Juan Pablo II quizo decir con la expresión “sacramento primordial”, en sus catequesis sobre la teología del cuerpo [9]. De esa manera, la naturaleza humana quedó preparada, para que luego Cristo elevara la alianza matrimonial entre el hombre y la mujer a la dignidad de sacramento de la Nueva Alianza. Pero ya en su nivel natural el matrimonio humano, con el debido reconocimiento legal por parte de la sociedad y del Estado, tiene una dignidad de la cual no gozan, ni de cerca, las uniones de hecho ni mucho menos las presuntas “uniones” homosexuales.

Al ser una creación natural, el matrimonio –al igual que la familia, que de él surge, y , por supuesto, la misma perrsona humana– es anterior al Estado y a la sociedad. De hecho, la persona humana y las instituciones del matrimonio y la familia constituyen el fundamento y el fin de toda sociedad que se precie de ser justa y civilizada. Por ello, el Estado y la sociedad deben rodearlos de respeto y de protecciones especiales dentro de un marco jurídico correspondiente. El Estado no está ahí para otorgarles derechos, sino que tiene el grave deber de reconocer y tutelar esos derechos de los que ya gozan por naturaleza propia.

No vamos a abundar sobre este tema en este contexto, ya que nuestro objetivo inmediato es abordar la sacramentalidad del matrimonio en relación con la teología del cuerpo. Pero dado el preocupante hecho de que el concepto auténtico del matrimonio, aún en su plano natural, está siendo tan vilipendiado hoy en día, estimamos necesario sentar las bases de su necesario y singular reconocimiento. En este sentido, no cabe duda alguna de que la teología del cuerpo de Juan Pablo, aún antes de abordar el aspecto específio del matrimonio cristiano como sacramento, le ha prestado un servicio incalculable al matrimonio como institución natural y por ende a la cultura actual.

Notas:

[1]. Cf Juan 3:16.

[2]. Cf 1 Juan 2:2.

[3]. Christopher West, Theology of the Body for Beginners, West Chester: Pennsylvania (EEUU): Ascension Press, 2004, p. 9. Tanto en este artículo, como en los anteriores y en los que vendrán, me estoy inspirando mucho en esta obra.

[4]. Efesios 5:31.

[5]. Ibíd., 5:32.

[6]. Cf. Isaías 62:4-5; Jeremías 3:20; Oseas 2:21-22.

[7]. Cf. Mateo 9:14-17; 22:1-14; Marcos 2:18-22; Lucas 5:33-39; Juan 2:1-11; Efesios 5:22-32.

[8]. Efesios 3:14-15.

[9]. Juan Pablo II, Catequesis del 20 de febrero de 1980.

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