Ecuador: Declaración de la Pastoral Familiar

La Pastoral Familiar de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, hace la presente declaración en torno a un tema que en las últimas semanas ha concitado la atención de organismos gubernamentales, personas particulares y medios de comunicación social : la llamada “píldora del día siguiente” (PDS).

No es nuestra intención entrar en polémica alguna con ningún sector de la sociedad. Solamente exponemos principios, más bien de carácter ético y moral, que reflejan la doctrina de la Iglesia frente a aspectos referentes a la transmisión de la vida y a la vida misma. Se trata de una doctrina tan antigua como actual, que, por lo mismo, inspira seguridad y confianza a las personas y familias católicas y a toda mujer y todo hombre de buena voluntad.

En último término, esta declaración tiene la finalidad de defender la vida humana, que es sagrada desde el momento mismo de su concepción hasta su término natural. El respeto a la vida no admite discriminación alguna, pues no hay vidas que sí son respetables y otras que no merecen respeto alguno.

Esto resulta paradójico en una sociedad que intenta autoproclamarse respetuosa de los derechos humanos y que, sin embargo, no tiene empacho en atacar la vida precisamente de los más débiles e indefensos, las niñas y los niños no nacidos.

Se promueve la PDS desde una fachada de aparente protección a personas o grupos humanos más necesitados de ella. Esta aparente protección, al inducir a matar haciendo creer que así se sirve a la vida, no hace otra cosa que contribuir a la confusión entre el bien el mal, tan típica de la “cultura de la muerte”.

Los embarazos no deseados y no deseables, generalmente fruto de relaciones sexuales irresponsables, particularmente entre los más jóvenes, constituyen ciertamente un grave problema. Pero un problema no se resuelve creando otros problemas ni, menos aún, recurriendo irresponsablemente a la solución criminal del aborto. No faltan quienes, envueltos en aires de falsa modernidad, llegan a proclamar el aborto como un derecho de la mujer a tomar decisiones sobre su propio cuerpo. Nada más falso, puesto que el ejercicio de la propia libertad tiene un límite infranqueable: el derecho a la vida de los demás. El nuevo ser concebido ya no es “su cuerpo”: es una vida nueva, distinta a la de la mujer que la concibió y nadie puede disponer de esa nueva vida.

La “píldora del día siguiente” no es una medicina. Es un veneno asesino. El “aporte” de la PDS consiste en impedir la implantación del óvulo ya fecundado y detener así -en forma emergente, como dicen- una fertilización ya consumada. Y a esta realidad hay que llamarla por su nombre, más allá de sutilezas seudocientíficas y de manipulación de las palabras: simplemente se llama aborto. Quienes hablan de “evitar un embarazo no deseado” deberían decir claramente que en realidad se trata de interrumpir un embarazo ya iniciado.

También se trata de “justificar” el uso de la PDS en casos extremos de violación e incesto. La doblez del argumento se advierte por el carácter excepcional de esos supuestos, que no exigen la difusión masiva y económicamente rentable que se propone. Esos dolorosos casos reclaman, por lo demás, un tratamiento mucho más humano y complejo.

No se trata, entonces, de una cuestión primariamente religiosa. Es una cuestión que, perteneciendo también al orden religioso y moral, pertenece al orden básico y natural de la justicia.

Las reglamentaciones del Ministerio de Salud expedidas hace algunos años y los más recientes registros sanitarios otorgados a las píldoras portadoras del principio activo en cuestión (levornogestrel), han de ser sometidas a diligente revisión, en virtud del mandato constitucional que compromete al Estado y todos sus órganos en la defensa de la vida humana desde la concepción. La Constitución de la República, como norma suprema, no puede ser desvirtuada por reglamentaciones de rango administrativo.

Por otra parte, la sociedad ecuatoriana hizo grandes esfuerzos para que se apruebe el Código de la Niñez y de la Adolescencia, en el cual se proclama que “los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a la vida desde su concepción (…). Se prohíben los experimentos y manipulaciones médicas y genéticas desde la fecundación del óvulo hasta el nacimiento” (Art. 20). ¿Se quedó esto aprisionado entre las páginas del Código?

Si queremos evitar las consecuencias negativas de una sexualidad irresponsable que se guía exclusivamente por el placer y el egoísmo, hay que ir por otro camino: el de una verdadera e integral educación sexual, que no se reduce a enseñar el uso del condón, de la PDS y otros artificios engañosos, que ya han demostrado su incapacidad para disminuir los embarazos no deseados o detener el alarmante crecimiento del VIH. Esta educación es tarea de todos, fundamentalmente de la familia y de los establecimientos educativos, a fin de que superemos la actual “inmunodeficiencia” de valores morales. También pueden y deben aportar mucho los medios de comunicación social, cuyos programas y publicaciones sobre estos temas, en un momento dado, podrían favorecer la permisividad y una falsa tolerancia, o crear mayor confusión y desorientación.

La Iglesia Católica está dispuesta a unir sus esfuerzos a los de todas las personas e instituciones de buena voluntad y colaborar en una verdadera educación sexual de niños, jóvenes y adultos. Hace un especial llamamiento a los jóvenes, mujeres y varones, para que no se dejen atrapar por la corrupción y la mentira; y los invita a no tener miedo de vivir la castidad, de practicar una conducta sexual responsable y de alinearse decididamente en favor de la vida”.

 

Mons. Germán Pavón Puente
Obispo de Ambato
Obispo Responsable
Familia, Infancia y Adulto Mayor
Conferencia Episcopal Ecuatoriana
Diciembre 13, 2004

 

 

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