La libertad verdadera frente al culto a la libertad falsa (I)

 

Padre Shenan J. Boquet – presidente de Vida Humana Internacional.

 

Publicado originalmente en inglés el 25 de mayo del 2026 en: https://www.hli.org/2026/05/true-freedom-vs-the-cult-of-freedom/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

“La libertad, pues, se fundamenta en la verdad sobre el hombre y, en última instancia, se orienta hacia la comunión.” — Papa San Juan Pablo II, Veritatis Splendor.

 

El 8 de mayo de 2026, Päivi Räsänen, parlamentaria finlandesa cristiana y exministra del Interior, anunció que llevará su caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo. Esto se produce tras siete años de investigaciones policiales, dos absoluciones unánimes revocadas por el Estado y, finalmente, una condena por una votación de 3 votos contra 2 dictada por el Tribunal Supremo de Finlandia el pasado mes de marzo en virtud de una ley sobre “crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad”.

 

¿Su delito? Ser autora de un folleto de 2004 para su congregación luterana, titulado “Hombre y mujer los creó”, en el que exponía la visión cristiana histórica del matrimonio y la sexualidad.

 

El caso de Räsänen no es un hecho aislado. Alliance Defending Freedom International (ADF), la organización legal que la defiende, ha lanzado una campaña llamada “Libertad de expresión a juicio” que documenta numerosos casos en Europa y América de padres y políticos cristianos procesados ​​por expresar enseñanzas morales que hasta hace muy poco eran indiscutibles.

 

En Islandia, monseñor Jakob Rolland enfrenta una investigación penal por explicar la doctrina católica en un programa de radio. En Brasil, la estudiante de veterinaria Isadora Borges se enfrenta a hasta diez años de prisión por dos publicaciones en redes sociales que afirmaban hechos biológicos básicos sobre la existencia de solo dos sexos: el masculino y el femenino.

 

En Canadá, un exmiembro del consejo escolar de Columbia Británica fue multado recientemente con 750,000 dólares por un supuesto “Tribunal de Derechos Humanos” por oponerse a la ideología de género en las escuelas públicas.

 

El patrón es inconfundible y se está extendiendo. El Estado se está utilizando como arma, país por país, para silenciar la disidencia respecto a una visión particular de la persona humana.

 

 

San Anselmo, Santo Tomás de Aquino y la doctrina del Catecismo sobre la libertad autentica

 

Pero subyace a todo esto una pregunta más profunda. Es la pregunta que los fiscales, los legisladores y los tribunales de derechos humanos dan por respondida, incluso sin haberla formulado.

 

La pregunta es: ¿Qué es la libertad?

 

Para la mayoría de las personas en Occidente, la respuesta parece obvia: la libertad es la ausencia de restricciones externas. La libertad es la capacidad de hacer lo que quiero cuando quiero, sin interferencias. Cuantas más opciones tengo, más libre soy. Cuanto más me dicen que no puedo hacer algo, menos libre soy.

 

La tradición católica ofrece una concepción muy diferente de la libertad: una más antigua, profunda y fiel a la realidad que la alternativa contemporánea.

 

San Anselmo de Canterbury, en el siglo XI, definió la libertad no como el poder de elegir cualquier cosa, sino como el poder de elegir el bien. Una persona cuyos apetitos y hábitos están tan desordenados que no puede evitar beber en exceso, perseguir conquistas sexuales o dañar a su familia, no es “libre” en ningún sentido significativo. Está esclavizada por sus propias pasiones, independientemente de cuántas opciones le permita la ley.

 

Santo Tomás de Aquino desarrolló esta idea. En su comentario sobre el texto de las Sentencias de Pedro Lombardo, escribe que la libertad: “está por naturaleza ordenada al bien y tiende al mal solo por defecto”. Desde este punto de vista, elegir el mal no es un ejercicio de libertad, sino un fracaso de la libertad.

 

Como explica Santo Tomás de Aquino, la voluntad humana fue creada para buscar el bien. Cuando se desvía hacia el mal, algo falla, del mismo modo que falla cuando un ojo no ve o una pierna no puede caminar.

 

No hablamos de la “libertad” de ser ciego o de tener cáncer. De igual modo, Santo Tomás de Aquino diría que no deberíamos hablar de la “libertad” de elegir el mal. Elegir el mal no es ejercer la libertad, sino usar la capacidad de elegir para esclavizarse a uno mismo.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica aborda con sumo cuidado la cuestión de la libertad. “La libertad es la facultad, fundamentada en la razón y la voluntad, de actuar o no actuar, de hacer esto o aquello, y así realizar acciones deliberadas bajo la propia responsabilidad”, explica el Catecismo en el no. 1731.

 

A primera vista, esta definición de libertad podría parecerse a la definición moderna, es decir, la capacidad de hacer lo que uno quiera, cuando quiera, sin interferencias.

 

Sin embargo, en el mismo párrafo el Catecismo aclara que “la libertad humana es una fuerza para el crecimiento y la madurez en la verdad y la bondad; alcanza su perfección cuando se orienta hacia Dios, nuestra bienaventuranza”.

 

Y luego, de manera crucial, añade lo siguiente:

 

Cuanto más bien se obra, mayor es la libertad. No existe verdadera libertad sino al servicio del bien y la justicia. La elección de desobedecer y obrar mal constituye un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado (Nro. 1733).

 

 

El culto totalitario a la falsa libertad

 

Existe una profunda paradoja, o quizás una flagrante contradicción, en la veneración moderna de la libertad por la libertad misma.

 

Si la libertad es absoluta, cabe preguntarse cómo encarcelar a Räsänen por un panfleto de hace veinte años aduciendo que se “defiende” la “libertad”. Si la libertad es la capacidad de las personas para hacer lo que quieran cuando quieran, sin interferencias, entonces, sin duda, esa libertad también se extiende a Räsänen. Ella también debería tener derecho a la libertad sin interferencias, ¿no es así?

 

De igual modo, sin duda, monseñor Rolland, el administrador de la Columbia Británica, Neufeld, la estudiante brasileño Borges, y todos los demás cristianos perseguidos y procesados ​​por oponerse al transgenerismo, defender la verdad biológica, rezar frente a centros de aborto y otras conductas ahora prohibidas, también deberían ser libres de hacer lo que quieran.

 

La amarga ironía reside, por supuesto, en que, bajo el régimen de la nueva ideología de la libertad radical, resulta que las libertades de algunas personas son más aceptables que las de otras.

 

George Orwell, en su novela Rebelión en la granja, satirizó el culto al comunismo explicando que, dentro del sistema comunista, “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. De manera similar, resulta que, dentro del culto moderno a la libertad, todas las opciones son iguales, pero algunas opciones son más iguales que otras.

 

Como en Rebelión en la granja, la ideología moderna de la libertad ha producido algo que a menudo resulta indistinguible de un culto. Al igual que un culto, los adoradores de la libertad suelen ignorar por completo las contradicciones internas de su sistema. Incluso mientras persiguen herejes con horcas, creen sinceramente que están defendiendo la “libertad”.

 

El culto a la revolución sexual, construido sobre el dogma de la libertad por la libertad misma, ahora posee su propio conjunto de dogmas incuestionables. Por ejemplo, el género es una construcción social; la autonomía corporal es absoluta; la elección de cualquier cosa por mala que sea es sagrada.

 

Tiene sus propios sacramentos: el aborto, la “transición” quirúrgica, la inyección letal. Y cuenta con su propia lista de herejías, así como con sus propios procesos e inquisiciones para perseguir y castigar a los herejes: linchamientos en línea, tribunales de “derechos humanos”.

 

Nota importante: No estamos condenando a nadie que haya caído en estos graves males. Pero sí urgimos a todos con mucho amor a una conversión sincera. Nuestro Dios es Amor Puro y no ha dejado de amar a nadie ni desea la muerte de nadie, sino que el pecador se convierta y viva (Ezequiel 33:11).  

 

En otras palabras, lo que ahora se defiende en nombre de una “libertad” de mente abierta es, de hecho, un programa “moral” definido con un contenido muy particular. Y cualquiera que disienta de ese contenido no es tratado como participante en un debate moral legítimo, sino como un hereje, para ser silenciado por la policía, los fiscales y los tribunales.

 

Continuará.

 

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