El socialismo y la familia son incompatibles (I)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente de Vida Humana Internacional
Publicado originalmente en inglés el 12 de octubre del 2026 en: https://www.hli.org/2026/10/socialism-and-the-family-are-incompatible/
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
“La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en la actualidad con el “comunismo” o el “socialismo”. Asimismo, se ha negado a aceptar, en la práctica del “capitalismo”, el individualismo y la primacía absoluta de la ley del mercado sobre el trabajo humano.” (Catecismo de la Iglesia Católica, Nro. 2425.)
Según una encuesta de Gallup publicada el mes pasado, el 43% de los estadounidenses afirma tener una opinión positiva del socialismo, la cifra más alta registrada por Gallup desde que comenzó a formular esta pregunta en 2010. Entre los estadounidenses de entre 18 y 34 años, la cifra asciende al 57%, lo que significa que en ese grupo de edad el socialismo es ahora más popular que el capitalismo (43%).
El 43% de los estadounidenses tiene ahora una opinión positiva del socialismo, lo que supone la primera vez que esta cifra supera el 39% en la tendencia de Gallup desde 2010.
El socialismo sigue estando por detrás del capitalismo y la libre empresa en popularidad, pero ahora se sitúa por delante de las grandes empresas.
En cierto modo, esto no sorprende. Las encuestas muestran que los jóvenes están preocupados por la situación económica. El alquiler es cada vez más inalcanzable, para muchos tener una casa es impensable y la comida cuesta más cada mes.
Muchos afirman no tener interés en casarse y formar una familia, en parte porque les preocupa no poder permitírselo. Cuando un político promete congelar los alquileres y ofrecer autobuses gratuitos, como hizo el año pasado el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, autoproclamado socialista, la propuesta puede resultar atractiva.
Sin embargo, durante más de siglo y medio, los papas han condenado el socialismo de forma constante e insistente, en numerosas encíclicas. Pío IX lo hizo en 1849, al igual que León XIII, Pío XI, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¿Por qué?
La respuesta es compleja. Parte de la respuesta, que puede sorprender a algunos lectores, es que la Iglesia siempre ha comprendido que el socialismo no ayuda realmente a los pobres. Por diversas razones, en realidad los empobrece. Una de las principales es que el socialismo suele atacar directamente a la familia, la institución fundamental de la que dependen toda sociedad y economía sanas.
Una guerra contra la familia
En el Manifiesto Comunista, Karl Marx y Friedrich Engels abogaron abiertamente por la abolición de la familia (pág. 59). Reconocieron que incluso los más radicales se escandalizan ante esta infame propuesta, pero insistieron en que es fundamental para el comunismo, argumentando que la familia se basa en el capital y el beneficio privado. En su forma más desarrollada, esta familia solo existe entre la burguesía.
Continuaron:
La retórica burguesa sobre la familia y la educación, sobre la sagrada relación entre padres e hijos, se vuelve aún más repugnante a medida que, por la acción de la industria moderna, se rompen los lazos familiares entre los proletarios y sus hijos se transforman en simples mercancías e instrumentos de trabajo (pág. 59).
Cuando los comunistas llegaron al poder en Rusia, pusieron la teoría en práctica rápidamente. A los dos meses de la revolución, en diciembre de 1917, el matrimonio religioso perdió su validez legal y el divorcio se hizo posible a petición de cualquiera de los cónyuges. En abril de 1918 se abolió por completo la herencia, de modo que, tras la muerte de un hombre, sus bienes pasaban al Estado en lugar de a sus hijos. En 1920, Rusia se convirtió en el primer país del mundo en legalizar el aborto.
Ese mismo año, Alexandra Kollontai, la principal teórica bolchevique sobre la familia explicó que “la familia se está extinguiendo” porque “el Estado no la necesita”, y que bajo el comunismo “la sociedad se encargará de alimentar, criar y educar al niño”.
En el ataque a la familia, la educación fue el objetivo principal. Si bien no se podía abolir la familia de un día para otro, al menos se podía apartar a los niños de ella durante la mayor parte del día y enseñarles que su primera lealtad era al Partido, no a sus padres.
En la escuela, los niños eran bombardeados con propaganda comunista, hasta el punto de ser alentados a convertirse en informantes contra sus propios padres.
Los comunistas ensalzaron a un joven campesino llamado Pavlik Morozov, quien, según la versión oficial, denunció a su propio padre ante la policía secreta en 1932 y fue asesinado por sus familiares. Se le rindió homenaje con estatuas y escuelas que llevan su nombre, y en un famoso cuadro aparece bajo un retrato de Lenin.
Los comunistas chinos aprendieron la misma lección y la aplicaron con su brutalidad característica, primero durante la Revolución Cultural, cuando se animaba a los niños a denunciar a sus padres y maestros, y luego con la política del hijo único, impuesta mediante abortos y esterilizaciones forzadas, sobre la cual he escrito en numerosas ocasiones en estas columnas.
La Iglesia ya lo había previsto
Los papas lo vieron venir mucho antes de que existiera un solo gobierno comunista en el mundo.
En 1878, el papa León XIII advirtió en Quod Apostolici Muneris que los socialistas “degradan la unión natural del hombre y la mujer, considerada sagrada incluso entre los pueblos bárbaros; y debilitan, o incluso entregan a la lujuria, el vínculo que sustenta principalmente a la familia”. Añadió, en la misma frase, que “atacan el derecho de propiedad sancionado por la ley natural” (n.º 1).
Curiosamente, en esta frase León XIII coincide con los comunistas en que el derecho a la propiedad no se centra en la riqueza, sino en la familia. Simplemente extrae la conclusión opuesta a la de los comunistas. En lugar de ser una prueba de que la propiedad privada deba abolirse, argumentó que su conexión con la familia demuestra que el derecho a la propiedad privada es sagrado.
Un padre y una madre que poseen algo pueden proveer para sus hijos sin depender del Estado. Si se elimina ese derecho, la familia queda bajo la tutela del gobierno. El Papa León XIII escribe en Rerum Novarum (1891) que un padre tiene el deber de proveer para las necesidades de sus hijos, y “de ninguna otra manera puede un padre lograrlo sino mediante la posesión de bienes productivos, que puede transmitir a sus hijos por herencia” (n.º 13).
Pío XI, escribiendo en 1937, fue aún más directo. En Divini Redemptoris describió con precisión lo que el comunismo le hace a la familia una vez que llega al poder:
Al negar a la vida humana cualquier carácter sagrado o espiritual, dicha doctrina convierte lógicamente el matrimonio y la familia en una institución puramente artificial y civil, resultado de un sistema económico específico. El cuidado del hogar y de los hijos recae entonces sobre la colectividad. Finalmente, se niega a los padres el derecho a la educación, pues se concibe como una prerrogativa exclusiva de la comunidad (n.º 11).
Esto se escribió hace casi noventa años. Sin embargo, ¿cuántas de las batallas que libran hoy los padres sobre lo que se enseña a sus hijos acerca del sexo y el “género” en la escuela, o incluso sobre si tienen derecho a saber, por ejemplo, si sus hijos han “salido del armario” (identificándose como gais o transgénero), se reducen precisamente a esta cuestión de si la educación pertenece a los padres o a “la comunidad” [= el Estado]?
Continuará.
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