Cómo ser feliz con los valores del Evangelio (V)

 

Adolfo J. Castañeda, MA, STL

Director de Educación

Vida Humana Internacional

www.vidahumana.org

09 – 02.04.26

 

En nuestro artículo anterior explicamos un poco las bienaventuranzas de “los limpios de corazón” y “los que trabajan por la paz”. En este ensayo vamos a abordar la última bienaventuranza: “los perseguidos por causa de la justicia y por causa de Cristo”. También vamos a compartir algunos pasos prácticos que debemos dar que nos van a ayudar a vivir todas las bienaventuranzas.

 

 

¿Qué significa la bienaventuranza de “los perseguidos por causa de la justicia y por causa de Cristo”?

 

El sentido de esta bienaventuranza está claro. La virtud cardinal que más relacionada está con esta bienaventuranza es la virtud cardinal de la fortaleza. Respecto de esta virtud el Catecismo, no. 1808, nos enseña que,

 

La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal 118, 14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

 

Observemos que esta definición de la fortaleza tiene dos dimensiones. La primera está descrita en las dos primeras oraciones:

 

La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral.

 

El cristiano que de verdad está comprometido con Cristo y con su Iglesia muchas veces enfrenta una tarea ardua, larga y difícil de realizar. Esta realidad no solo aplica a los sacerdotes y misioneros (laicos o consagrados), quienes son llamados por Dios a llevar a cabo misiones específicas, no pocas veces de por vida, que se caracterizan por dificultades u obstáculos a veces imposibles a primera vista de vencer con éxito. También se aplica a los deberes propios de un estado de vida, ya sea el matrimonio o la virginidad o celibato por el Reino de Dios.

 

Pensemos en un matrimonio difícil o en una familia con un hijo crónicamente enfermo. Pensemos en una persona involucrada en el apostolado provida, uno de los apostolados menos apreciados, incluso hasta dentro de la misma Iglesia o de la propia familia.

 

La defensa de la vida, especialmente la no nacida o al final de la vida, enfrenta también la indiferencia, la burla, el desdén e incluso la hostilidad de políticos, agitadores sociales, medios de difusión, ciertos miembros de la profesión médica, organizaciones antivida o grandes sectores de la sociedad en general.  Además de ello, no pocas veces enfrenta grandes obstáculos económicos y falta de apoyo pastoral. Por último, puede enfrentar la persecución legal, propagandística y hasta la agresión verbal y física, la cárcel y, en algunos casos, hasta la muerte.

 

Ante estas situaciones, la virtud de la fortaleza es la que mantiene firme y perseverante al apóstol de la vida en medio de dificultades, obstáculos y persecuciones. La capacidad de no darse por vencido y continuar luchando, en el sentido correcto de la palabra, es la característica específica de la primera dimensión de la definición de la virtud de la fortaleza que nos da el Catecismo, no. 1808 en su primera parte.

 

Aunque no es el sentido específico de esta última bienaventuranza, sin ella, es decir, sin la fortaleza y la perseverancia de seguir adelante, no puede darse su segunda dimensión, que es la de estar dispuesto a sufrir persecución, incluso hasta el punto de poner en peligro la propia vida. Volvamos a citar el Catecismo, no. 1808 en su segunda parte:

 

La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa.

 

El católico fiel, pero del montón (como lo soy yo mismo), se preguntará: ¿Pero cómo y de dónde voy a sacar yo la fuerza y la entereza para ser fuerte y valiente? ¡Yo no soy Cristo, ni la Virgen, ni San José, ni ninguno de los santos y mártires!

 

La respuesta está en la gracia de Dios. Antes de que Cristo resucitara y enviara al Espíritu Santo, los Apóstoles y demás discípulos vivían encerrados por miedo a las autoridades. Pero cuando vino sobre ellos el Espíritu en Pentecostés, se convirtieron en intrépidos mensajeros del Evangelio hasta dar la vida o sufrir la cárcel por Cristo y su justicia. Ver Hechos 2:1-13.

 

Lo mismo pasará con nosotros si le pedimos a Dios que envíe el Espíritu Santo sobre nosotros. Comencemos por tener una vida espiritual seria: oración habitual, lectura de la Biblia y la enseñanza de la Iglesia, recurso a los sacramentos, rezo del Santo Rosario, apoyo pastoral, cumplimiento de nuestros deberes diarios, ejercicio de algún apostolado, etc., y veremos cómo Dios hace maravillas con nosotros.

Es probable que no tengamos que sufrir cárcel o la muerte. Pero sí es muy probable que enfrentemos obstáculos, rechazo o burlas de familiares, amigos, compañeros de estudio o de trabajo, etc. Si perseveramos ante estas “pequeñas” pruebas, vamos a perseverar ante las grandes. Jesús nos enseñó que “El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho” (Lucas 16:10). Empecemos, pues, por ser fieles en todo lo que es pequeño y veremos cómo seremos fieles en lo que es grande.

 

Además, Jesús ya ganó la batalla por nosotros. Él ya venció a diablo, al mundo (del pecado) y a la carne (el egoísmo dentro de nosotros). Respecto del diablo, Jesús mismo dijo poco antes de ir a su pasión: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31). Y 1 Juan 4:4 dice: “El que está en vosotros es más que el que está en el mundo”.

 

Respecto del mundo y sus ideologías y trampas, Jesús, cuando se estaba despidiendo de sus Apóstoles antes de ir a su pasión, les dijo: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Y 1 Juan 5:4 nos enseña que: “Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe”.

 

Respecto de la “carne”, es decir, el egoísmo que llevamos dentro, San Pablo nos enseña: “Si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13). En Gálatas 5:19-21, San Pablo da ejemplos de las “obras de la carne”: “Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios”. Está claro que en esta lista hay pecados del cuerpo y del alma. Lo que demuestra que aquí la “carne” no se reduce a pecados del cuerpo, sino a obras malas y egoístas de toda la persona que no está viviendo bajo el poder del Espíritu Santo. Y los que viven en el Espíritu, como ya hemos visto, pueden vencer las “obras de la carne”.

 

De manera que debemos tener mucho ánimo y no tener miedo a los obstáculos y persecuciones en nuestra vida cristiana.

 

Esta última bienaventuranza es como la cúspide de todas las demás. Es la que lleva a su más alta perfección todas las bienaventuranzas y las incluye todas en un nivel más alto en imitación a Cristo. La razón de ello es que el que sufre con valor las persecuciones también debe tener amor puro y misericordia hacia sus enemigos, así como mansedumbre y paz en medio de las tribulaciones. También debe presentar el Evangelio con humildad. Por último, es evidente que debe ejercer más que nunca su “hambre y sed de justicia y santidad”.

 

 

¿Cómo puedo poner en práctica las bienaventuranzas?

Ante el tremendo desafío de las bienaventuranzas, a primera instancia es fácil dejarse llevar por el miedo y el desaliento. ¡Al menos eso me pasa a mí mismo! Pero ya hemos visto cómo Jesús, Juan y Pablo nos dan ánimo al enseñarnos que la fe y la gracia de Dios que viene a través de ella nos capacitan de sobra para poder vivirlas. San Pablo nos dice “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”(Romanos 5:20). Y la gracia es invencible, nada puede contra ella.

 

¿Cómo actúa la gracia de Dios en nosotros? Es importante saber esto para entender los pasos prácticos que vamos a compartir para vivir las bienaventuranzas. Propongo cuatro maneras, todas relacionadas entre sí, por medio de las cuales la gracia de Dios opera en nosotros.

 

La primera manera consiste en que la gracia de Dios ilumina nuestra mente o intelecto respecto de las verdades de Dios que debemos vivir. Jesús nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

 

La segunda manera consiste en que la gracia de Dios mueve suavemente y con amor nuestra voluntad, sin violentar nuestra libertad, para que aceptemos las verdades con las que Dios ha iluminado nuestro intelecto. Por eso el Rey David, arrepentido de su pecado, implora a Dios:  “Crea en mí, oh, Dios, un puro corazón, un espíritu firme dentro de mí renueva”. Y aquí la palabra “corazón” se refiere a lo más íntimo de la persona, donde reside la voluntad. Ver Catecismo 368.

 

La tercera manera consiste en que la gracia de Dios penetra en nuestro cuerpo, no solo para sanarnos físicamente, cuando es Su voluntad (véase el caso, entre muchos, de la curación de la mujer que padecía flujo de sangre, Marcos 5:25-30), sino también para influir en nuestras emociones y redirigirlas hacia el bien. Por ejemplo, si estamos enojados pero le pedimos ayuda a Dios, Él nos dará la calma. Si nos acobardamos ante el mal del mundo pero pedimos ayuda a Dios, Él nos dará ánimo y fuerza. Véase otra vez Juan 16:33, cuando Jesús animó a sus discípulos diciéndoles que él había vencido al mundo.

 

La cuarta manera consiste en que la gracia de Dios nos protege y dirige, por medio de Su providencia, según nuestras circunstancias. Si le pedimos Su ayuda, Él nos protegerá de lugares u ocasiones de pecado. Claro está, nosotros debemos cooperar con esa gracia. Jesús habló con mucha claridad de esto en sentido figurado pero con mucho realismo usando las hipérboles de “cortar la mano” o “sacar el ojo”. El contexto de estas advertencias fue su enseñanza sobre el adulterio del corazón. Pero esas advertencias son aplicables a todo tipo de pecado:

 

Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya al infierno” (Mateo 5:27-30).

 

En sentido positivo la providencia de Dios, con nuestra cooperación, dirige nuestras circunstancias para que podamos vivir sus enseñanzas. Estas circunstancias pueden ser, por ejemplo, el encuentro con personas buenas que nos pueden ayudar o, al revés, que nosotros podemos ayudar a ser mejores. Los ejemplos se pueden multiplicar.

 

 

¿Cuáles son los pasos que puedo dar para poder vivir las bienaventuranzas?

 

  1. Pedir con insistencia y con fe. Es evidente que el primer paso es pedirle a Dios con mucha confianza e insistencia que nos ayude. Jesús insistió en esto: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mateo 7:7-8). Antes de contarnos su parábola sobre la viuda insistente y el juez injusto, el Señor dijo expresamente: “Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer”. El pasaje completo se encuentra en Lucas 18:1-8.

 

  1. Meditar en los pasajes bíblicos correspondientes. No basta con pedir, hay que meditar en la Palabra de Dios. Pedimos mucho pero meditamos poco. La meditación consiste en pensar en silencio y en un clima de oración en aquellos pasajes bíblicos que corresponden a la bienaventuranza que estamos tratando de poner en práctica. La Carta a los Hebreos 4:12 nos enseña que: “Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón.”

 

Si queremos que esa Palabra penetre en nuestra mente y en nuestro corazón debemos tomar un tiempo para meditar en ella, repasándola una y otra vez en nuestro interior. También ayuda leerla en voz alta.

 

Por ejemplo, si queremos practicar la mansedumbre, debemos meditar en el pasaje donde Jesús nos dice en Mateo11:28-30: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

 

Pensemos sobre todo en el versículo que hemos subrayado. Pensemos también en lo manso que fue Jesús durante su pasión. Aquí podemos usar nuestra imaginación y situarnos en las escenas en las cuales Jesús sufrió pacientemente las burlas, los golpes, la corona de espinas o los latigazos.

 

Nos daremos cuenta de que nuestras emociones se van transformando y ajustando de acuerdo con las verdades o ejemplos de Cristo en los cuales estamos pensando. Esto es importante, porque las emociones buenas nos sirven de apoyo y nos ayudan a vivir lo que hemos pensado con nuestra mente y decidido con nuestra voluntad.

 

Estaremos reemplazando los pensamientos, actitudes y sentimientos malos con pensamientos, actitudes y sentimientos buenos. En eso consiste, de manera muy concreta, el proceso de conversión. Todo ello nos ayudará a poner en práctica, es decir, en nuestras acciones y palabras, la bienaventuranza que Dios quiere que vivamos. Y como todas las bienaventuranzas está conectadas entre sí, todas las demás se beneficiarán al trabajar en una de ellas. Claro, eventualmente vamos a trabajar espiritualmente en todas ellas. Pero es conveniente comenzar con la que más necesitamos ahora.

 

La meditación cuesta trabajo y paciencia. Tendremos que esforzarnos para calmarnos y concentrar nuestra mente, nuestra voluntad y nuestras emociones en aquella verdad o ejemplo de Jesús o de algún santo en el cual estamos pensando. Pero, como dice Josué 1:8: “No se aparte el libro de esta Ley de tus labios: medítalo día y noche; así procurarás obrar en todo conforme a lo que en él está escrito”. Y también el Salmo 1:2-3 dice que el justo “se complace en la ley de Yahveh, su ley medita día y noche! Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale bien.”

 

  1. Anticipar situaciones negativas. Esto puede ser parte de la meditación. Continuemos con la bienaventuranza de la mansedumbre como ejemplo. Este paso consiste en anticipar las inconveniencias que pueden surgir durante el día que nosotros sabemos nos causan impaciencia o ira y aceptarlas de antemano. Por ejemplo, supongamos que me enojo cuando la computadora no funciona bien. Pensemos en esa inconveniencia y pensemos en nosotros mismos actuando con paciencia, aceptando esa inconveniencia y pidiendo a Dios y a otros su ayuda. Es decir, imaginémonos a nosotros mismos actuando de manera contraria al pecado que queremos vencer. Repitamos esta imaginación una y otra vez en nuestra mente hasta que quede grabada en ella. Ello nos ayudará a vencer ese pecado y a ser pacientes y mansos. Y si caemos, no nos desanimemos. Insistamos otra vez al día siguiente y así sucesivamente hasta que poco a poco logremos vivir esta bienaventuranza.

 

  1. Comenzar con actos buenos sencillos y fáciles de ejecutar. Recordemos que Jesús nos enseñó que el que es fiel en lo pequeño será fiel en lo grande. Por ejemplo, acostumbrémonos a dar las gracias a nuestro cónyuge por cualquier servicio que nos dé, por pequeño que sea. Acostumbrémonos también a decir “por favor” cuando le pedimos algo, por pequeño que sea. Expresar estas amables palabras tan sencillas pero poderosas, cambiará con el tiempo nuestras actitudes y sentimientos. Crearemos, con la ayuda de Dios, un dinamismo interno positivo y conducente a la virtud. Crearemos también, con la ayuda de Dios, un ambiente positivo y lleno de paz en nuestro hogar. Nuestro matrimonio y nuestra familia mejorarán espiritual y moralmente. Seremos felices y creceremos en santidad. Con el tiempo podremos entonces mejorar en las cosas más difíciles.
  2. Poner en práctica las cosas que la Iglesia siempre nos ha enseñado para poder vivir en gracia. Ya esto lo sabemos, pero vale la pena repetirlo: la oración habitual, personal, en familia o en grupo, el recurso frecuente a los sacramentos, la dirección espiritual de un buen sacerdote, la participación en grupos de oración o de apoyo pastoral, el rezo del Santo Rosario, el servicio a los demás, tener una vida ordenada y disciplinada, el ejercicio físico dependiendo de nuestra salud, mejorar los hábitos de comer, los actos de penitencia como el ayuno dependiendo también de nuestra salud, etc. Todo ello nos ayudará a vivir las bienaventuranzas.

 

¡No tengamos miedo y manos a la obra que Dios está siempre con nosotros (ver Mateo 28:19-20)!

 

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