Conservar nuestra humanidad ante la IA (I)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente de Vida Humana Internacional
Publicado originalmente en inglés el 1 de junio del 2026 en: https://www.hli.org/2026/06/remaining-profoundly-human-in-the-ai-era/.
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
“En la era de la inteligencia artificial, cuando la dignidad humana se ve amenazada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el imperativo de seguir siendo profundamente humanos”.
Papa León XIV, Magnifica Humanitas (Nro. 15)
El 25 de mayo, el Papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas “La magnificencia de la humanidad”, adentrándose directamente en el debate sobre una de las cuestiones más difíciles y urgentes de nuestra época: el impacto de la inteligencia artificial en la persona humana y la sociedad.
El Santo Padre la firmó el 15 de mayo, en el 135.º aniversario de Rerum Novarum de León XIII, documento que dio forma a la doctrina social de la Iglesia en medio de las convulsiones de la Revolución Industrial. Esto no fue casualidad. Así como León XIII aplicó el Evangelio a la era de la máquina, este León lo aplica a la era de la máquina “pensante”.
Quienes busquen titulares sensacionalistas y llamativos (por ejemplo, “¡El Papa León XIV condena la inteligencia artificial como satánica!”) se sentirán decepcionados. La encíclica es mesurada y matizada. No condena ni bendice la inteligencia artificial. El Papa León XIV rechaza tanto el pánico como la exageración, y en su lugar aporta la profunda sabiduría de las enseñanzas de la Iglesia a uno de los temas más complejos y delicados de nuestro tiempo.
La tesis del Santo Padre es a la vez más sencilla y exigente: nos recuerda que la tecnología debe estar al servicio de la dignidad de la persona humana, y cualquier tecnología que la reduzca a un objeto, un perfil, un defecto, un problema a resolver, ha traicionado su propósito, por muy impresionante que sea técnicamente.
Aunque la cuestión de la inteligencia artificial pueda parecer secundaria para los temas que abordamos en Vida Humana Internacional, el enfoque del documento en la dignidad humana lo convierte en una lectura esencial para los activistas provida y a favor de la familia. Las amenazas que menciona no son ajenas a nosotros. Son las mismas amenazas a las que nos hemos resistido durante décadas, ahora con un nuevo y más sofisticado disfraz.
De hecho, toda la espantosa trayectoria del siglo XX, desde el nazismo y el comunismo hasta la revolución sexual, podría describirse, con razón, como el triunfo de la tecnocracia materialista: es decir, la reducción de la persona humana a una “máquina” para ser modificada y explotada según principios y medidas extrínsecas en busca de un paraíso terrenal inmanente; un paraíso definido por los tecnócratas transhumanistas, quienes son precisamente las últimas personas a las que se debería confiar semejante empresa, y que se encuentran en el centro de la revolución de la IA.
Babel contra Jerusalén
El Papa León XIV comienza desmintiendo una mentira común y cómoda: la idea de que una herramienta es simplemente eso, una herramienta, intachable en sí misma, y que todo depende de cómo la usemos.
Hay una verdad a medias en ello, y él la reconoce. “En abstracto”, escribe, la tecnología “no es la solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es intrínsecamente mala”. Pero luego viene la corrección: “En la práctica, sin embargo, la tecnología nunca es neutral, porque adquiere las características de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan” (Nro. 9).
Aquí es imposible no recordar el famoso aforismo de Marshall McCluhan: “El medio es el mensaje”. En otras palabras, toda tecnología tiene una lógica interna oculta que moldea sus usos y usuarios de maneras a menudo sutiles y encubiertas, y que suele estar guiada silenciosamente por un pequeño grupo de tecnócratas que diseñan y controlan las tecnologías.
Ahora sabemos que esto es cierto desde un nivel puramente neurológico y fisiológico. Por muy edificante que pueda ser un programa de televisión, sabemos que existe una pasividad inherente en la forma en que las personas ven la televisión, lo que modifica su manera de interactuar con el mundo.
De igual modo, las redes sociales y los teléfonos inteligentes están intrínsecamente sesgados hacia ciertos modos de interacción y comportamientos, con una tendencia a la adicción. Esto puede ser más o menos significativo, pero siempre está presente y moldea a la persona humana y a la cultura en general de maneras imposibles de medir, pero que en conjunto transforman épocas.
El Santo Padre nos plantea esta disyuntiva con dos imágenes bíblicas a las que regresa a lo largo de su obra. Por un lado, está la Torre de Babel (Génesis 11), erigida por hombres que deseaban hacerse un nombre y alcanzar el cielo sin Dios, un proyecto que termina en confusión y dispersión. Y por otro, están las murallas de Jerusalén, reconstruidas bajo el mandato de Nehemías por gente común, a cada uno se le asignó un tramo, una labor que culmina en una comunidad restaurada.
En otras palabras, la cuestión nunca es simplemente si podemos construir algo, sino qué y para quién lo construimos.
“La elección principal no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología”, escribe el Santo Padre, “sino más bien entre construir Babel o reconstruir Jerusalén; entre un poder que afirma dominar los cielos y un pueblo que trabaja junto en la presencia de Dios para reconstruir los muros de la convivencia fraterna” (Nro. 9).
La mentira tecnocrática
El Santo Padre advierte que la mentalidad tecnocrática que nos rodea amenaza con “normalizar una visión antihumana”, en la que la plenitud de la vida se reduce a “tener más, reducir la debilidad, eliminar la incertidumbre y ejercer un control absoluto”.
“Cuando la eficiencia se convierte en la medida última del valor”, escribe, “los seres humanos se ven tentados a verse a sí mismos como un proyecto a optimizar en lugar de como personas llamadas a la relación y la comunión” (Nro.112).
El Papa León XIV atribuye esta idea a una ideología particular: la noción “que sugiere que cada persona debe ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valor a quienes son más eficientes o eficaces” (Nro. 51). Donde esta idea se arraiga, afirma, las personas quedan “reducidas a un medio para lograr resultados, a un recurso para ser utilizado y explotado”.
En Vida Humana Internacional hemos dedicado todo nuestro apostolado a confrontar esta mentira tan diabólica. Esta es precisamente la mentira que afirma que el niño diagnosticado con una enfermedad en el útero vale menos porque no será productivo. Afirma que el paciente que ya no puede producir es una carga que el resto no deberíamos tener que soportar. Susurra a los ancianos que se han convertido en un gasto en lugar de un regalo, un don de Dios. Si eliminamos el vocabulario digital, encontramos el error más antiguo de la “cultura” de la muerte: la convicción de que una vida humana debe justificarse por su utilidad. Si bien la IA no tiene por qué perpetuar esta mentira insidiosa, la tendencia en esa dirección es fuerte y ya se observa en todos los niveles de la sociedad.
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