Conservar nuestra humanidad ante la IA (II)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente de Vida Humana Internacional
Publicado originalmente en inglés el 1 de junio del 2026 en: https://www.hli.org/2026/06/remaining-profoundly-human-in-the-ai-era/.
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
Por qué la debilidad revela nuestra humanidad
Como afirma el Papa León XIV, en el mundo moderno, “todo lo que se presenta como un ‘límite’, la incapacidad, la enfermedad, la vejez, el sufrimiento, la vulnerabilidad tiende a ser visto principalmente como un defecto que debe corregirse, en lugar de como una realidad a través de la cual nuestra humanidad madura y se abre a la relación” (Nro. 118).
Frente a todo esto, el Santo Padre plantea una sola frase: “La humanidad florece no a pesar de las limitaciones, sino a menudo a través de ellas” (n.º 118).
La misteriosa verdad es que no solemos aprender a amar en la plenitud de nuestras capacidades. Lo aprendemos en la cuna de un recién nacido que no puede hacer nada por nosotros, junto al lecho del enfermo, al lado del anciano padre o madre encorvado cuyas necesidades ahora están completamente en nuestras manos.
Aún más misterioso es que aprendemos (o podemos inclinarnos) a amar a menudo cuando somos más débiles: cuando estamos postrados en cama, o sufrimos una enfermedad mental o una adicción, o estamos empobrecidos y no tenemos nada que ofrecer. Es entonces cuando debemos tener la humildad de recibir, sin ceder a la tentación del resentimiento. Podemos amar, pues, recibiendo con gracia, aceptación y perdón.
“Pero él me dijo”, escribió san Pablo, “Mi gracia te basta, porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por lo tanto, con mucho gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo repose sobre mí” (Corintios 12,9). Tal es el misterio de la cruz, esa antiquísima “tecnología” de salvación que tiene poco cabida en la cosmovisión de los transhumanistas que dirigen nuestra revolución de la IA.
O, como dice el Papa León XIV: “La finitud, cuando se acepta de verdad, no nos disminuye, sino que nos abre a reconocer el rostro de Dios y de los demás. En efecto, precisamente porque experimentamos límites, vulnerabilidad, sufrimiento y fracaso podemos reconocer la dignidad inviolable de toda persona, tanto la nuestra como la de los demás” (Nro. 122).
Lo que la máquina no puede hacer
Ninguna máquina, por poderosa que sea, puede sustituir a un ser humano, señala el Papa León XIV, porque la máquina no puede hacer aquello que nos hace humanos.
Sea lo que sea, las máquinas de IA “no experimentan, no poseen un cuerpo, no sienten alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones y no saben desde dentro qué significan el amor, el trabajo, la amistad o la responsabilidad” (Nro. 99).
Uno de los peligros más acuciantes de la IA es su capacidad para imitar estos rasgos tan humanos, de una manera que resulta a la vez convincente y deshumanizante:
La imitación artificial de la comunicación humana positiva, palabras de consejo, empatía, amistad e incluso amor puede ser atractiva y, en ocasiones, realmente útil.
Sin embargo, para los usuarios menos perspicaces, también puede ser engañosa, creando la ilusión de una relación con una persona real. Cuando las palabras se simulan, no construyen relaciones genuinas, sino solo su apariencia.
La imitación artificial del cuidado o el apoyo puede volverse particularmente arriesgada cuando se introduce en contextos donde faltan relaciones reales y vínculos emocionales (Nro. 100).
La insidiosa naturaleza de la tecnología no reside en que una persona solitaria pueda confundir una máquina con un amigo, afirma el Santo Padre, sino en que, alimentada por una compañía artificial, “puede perder gradualmente el deseo mismo de establecer conexiones humanas genuinas” (n.º 100).
Lo cual nos lleva a la frase que da nombre a la encíclica. En la era de la IA, escribe el Papa León XIV, “tenemos el deber imperioso de permanecer profundamente humanos. Debemos salvaguardar con amor la grandeza de la humanidad que se nos ha otorgado y que se revela en su plenitud en Cristo, cuyo esplendor ninguna máquina podrá jamás reemplazar” (n.º 15).
La Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre
A la luz de lo anterior, ¿cómo distinguimos el buen uso del mal, la tecnología que nos sirve de la que nos domina?
El Papa León XIV señala que nos encontramos ante una encrucijada: “La verdadera alternativa no reside entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos caminos de desarrollo: un progreso que sirve a las personas y a los pueblos, o un progreso que los somete a la mentalidad del poder” (Nro. 129).
Para discernir uno del otro, el Papa nos ofrece la vara de medir que la Iglesia ha utilizado durante más de un siglo: “la dignidad de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia”, que siguen siendo los criterios “para juzgar si las tecnologías sirven verdaderamente a la humanidad o la subyugan” (Nro. 183).
El Santo Padre también retoma un criterio de discernimiento del Papa San Juan Pablo II que va directo al grano. Ante cualquier nuevo poder, debemos preguntarnos si hace que la vida humana en la tierra sea “más humana” en todos sus aspectos, si la hace “más digna del hombre” (Nro. 129).
Esta es la misma pregunta que siempre nos hemos hecho al laboratorio y a la clínica, y que ahora nos hacemos al algoritmo. Si la respuesta es afirmativa, podemos emprender la tarea, ladrillo a ladrillo, como hizo Nehemías, en la construcción de las murallas de Jerusalén.
Pero “si el poder crece mientras el corazón se marchita y los lazos humanos se debilitan”, advierte el Papa León XIV, “nos enfrentamos a una nueva forma de Babel”, algo “grandioso, pero fundamentalmente deshumanizador” (Nro. 129).
Tomando prestado a San Agustín, el Papa recuerda que “dos amores han construido dos ciudades”: el amor propio que olvida a Dios y el amor a Dios que olvida a uno mismo. “La era de la IA no es una excepción: la construcción de Babel o la reconstrucción de Jerusalén comienza dentro de cada uno de nosotros” (Nro. 130).
El Dios que no nos optimizó
¿Qué debemos hacer, entonces, ante la revolución de la IA? El Santo Padre concluye con una serie de sugerencias, y no puedo hacer más que transmitirlas.
“Mantengámonos fieles a la verdad”, negándonos a que un algoritmo decida por nosotros qué es real y qué es bueno (Nro. 237).
Invirtamos en educación, comenzando por nosotros mismos, y acompañemos a nuestros hijos en un mundo digital que con gusto los formaría en nuestra ausencia (Nro. 238).
Cultivemos las relaciones, valorando la comida compartida y la visita a los que están solos, conscientes de que el cuerpo de cada persona es “morada de Dios y templo del Espíritu Santo” (Nro. 239).
Y amemos la justicia y la paz, preguntándonos ante cada nuevo avance si protege la dignidad del trabajador, del niño y del extranjero, o solo el beneficio de unos pocos poderosos (Nro. 240).
En el centro de todo, el Papa León XIV sitúa el misterio que más nos vemos tentados a olvidar en una era deslumbrada por sus propias máquinas: la encarnación, el Verbo hecho carne.
“La carne del Hijo, pobre y vulnerable”, escribe, “evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de [la percepción de] su dignidad y reducidos al silencio” (Nro. 231). Aquí reside la respuesta a toda promesa de una humanidad mejorada, sin fricciones, perfeccionada por la tecnología. Dios no optimizó nuestra condición. Se adentró en ella. Asumió nuestras limitaciones, nuestra debilidad, nuestra mortalidad, y desde dentro nos salvó. La carne vulnerable que el mundo quiere eliminar es precisamente la carne que el Hijo de Dios eligió para revestirse.
Por eso, la causa de los no nacidos, los enfermos, los ancianos y los moribundos no es una preocupación más entre muchas. Es la prueba de si una civilización aún sabe lo que es un ser humano. El Papa León XIV nos ha dado una palabra clara y oportuna en un momento en que la cuestión se ha vuelto más urgente, y debemos estar agradecidos por ello.
Oremos, pues, para que quienes construyen las herramientas de este mundo lo hagan como Nehemías, con Dios en el centro y la persona humana siempre presente. Oremos para que los débiles entre nosotros, los no nacidos y los ancianos, los que sufren y los extranjeros, nunca sean considerados un defecto en el diseño de alguien. Y oremos para que, rodeados de todas nuestras ingeniosas máquinas, podamos seguir dando testimonio, como lo hizo la Virgen María en su Magníficat, de la grandeza de la humanidad en la que Dios mismo ha elegido habitar.
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