Cuestionan expansión de la eutanasia en Canadá (II)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional

 

Publicado originalmente en inglés el 6 de julio del 2026 en: https://www.hli.org/2026/07/parliamentary-report-challenges-canadas-euthanasia-trajectory/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

Una década después, más de 100,000 canadienses han sido asesinados

 

El informe del comité que se oponía a la ampliación de la eutanasia para personas con enfermedades mentales se presentó en el décimo aniversario de la aprobación del Proyecto de Ley C-14, la ley que dio origen a todo el régimen de la eutanasia en Canadá en 2016.

 

En la década transcurrida desde entonces, más de cien mil canadienses han sido asesinados mediante inyección letal. Solo en 2024, según cifras del propio gobierno, 16,499 canadienses murieron por eutanasia, lo que representa el 5.1% del total de fallecimientos en el país, aproximadamente una de cada veinte personas. Y la tendencia no muestra signos de disminuir.

 

Los obispos católicos de Canadá se pronunciaron una semana antes del aniversario. El 10 de junio de 2026, el Comité Permanente para la Familia y la Vida de la Conferencia Episcopal Canadiense emitió un comunicado en el que exhortó a los fieles y a todas las personas de buena voluntad a “expresar una renovada preocupación” por la asistencia médica para morir (MAiD), “mantenerse firmes en su oposición a la eutanasia y al suicidio asistido, orar por la conversión de los corazones y las mentes para que se alejen de esta práctica, y acompañar a las personas enfermas y vulnerables”.

 

Los obispos enfatizaron que la eutanasia y el suicidio asistido:

 

“…consisten en causar o acelerar intencionalmente la muerte de una persona enferma, que sufre, es discapacitada o moribunda, con el fin de eliminar el sufrimiento. Tales actos jamás pueden ser moralmente aceptables, pues son gravemente contrarios a la dignidad de la persona humana y al respeto debido a Dios, Creador y Señor de la vida”.

 

Los obispos instaron a los canadienses a renovar su compromiso de ofrecer ayuda, consuelo y acompañamiento a los enfermos y moribundos.

La defensa de la vida “no es solo una enseñanza pública, sino también una labor diaria de presencia: visitar a los enfermos, apoyar a los cuidadores, acompañar a los desesperados, abogar por los vulnerables y ayudar a construir comunidades donde nadie sienta que debe afrontar el sufrimiento en soledad”, afirmaron.

 

En 2024, Vida Humana Internacional apoyó la labor de Amanda Achtman para combatir la eutanasia fomentando una cultura de esperanza en Canadá. Un ejemplo es la “Misa de la Vida” en una residencia de ancianos, que incluyó música hermosa y una recepción posterior. El evento brindó tanta alegría a los residentes muchos de los cuales solo podían asistir a misa una vez al mes que el director decidió convertirlo en una tradición. Puede ver el video completo en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=x4VtKGjxJ48

 

“La verdadera compasión no responde al sufrimiento con la muerte, sino que acompaña a quienes sufren con esperanza, presencia, cuidados paliativos y alivio del dolor”, escribieron los obispos, haciéndose eco del Papa San Juan Pablo II, quien advirtió en Evangelium Vitae que “la verdadera ‘compasión’ lleva a compartir el dolor ajeno; no mata a la persona cuyo sufrimiento no podemos soportar” (Nro. 66).

 

Citando la carta del Vaticano de 2020 titulada Samaritanus Bonus, los obispos exhortaron a cada uno de nosotros a “dar testimonio al lado del enfermo y a convertirnos en una comunidad sanadora para actualizar concretamente el deseo de Jesús de que, comenzando por los más débiles y vulnerables, todos seamos una sola carne”.

 

 

Diez años de asistencia médica para morir NO es un motivo de celebración

 

Las palabras de los obispos contrastan diametralmente con la forma en que otros conmemoraron el aniversario. André Picard, columnista de salud de The Globe and Mail, publicó un artículo con un título que no habría creído si no lo hubiera leído: “Diez años de asistencia médica para morir y sufrimiento evitado son motivo de celebración”.

 

“Gracias a la legalización de la asistencia médica para morir”, escribió Picard, “más de 100,000 canadienses se han librado de un sufrimiento innecesario al final de su vida”. Desestimó las “innumerables advertencias sobre la ‘pendiente resbaladiza’ de la asistencia médica para morir” y aseguró a sus lectores que “los casos que ponen a prueba los límites son un camino hacia una mejor legislación”.

 

La insensibilidad del artículo de Picard es asombrosa. En diciembre, Kiano Vafaeian, un joven de 26 años de Ontario diabético, parcialmente ciego y con depresión fue sometido a la eutanasia en la Columbia Británica después de que los médicos de su provincia se negaran a atenderlo. Su afligida familia alega que el médico de Columbia Británica lo instruyó sobre cómo calificar para la eutanasia.

En mayo, el organismo regulador médico de Ontario sancionó a un médico que realizó una evaluación de eutanasia a un hombre de 45 años que padecía la enfermedad de Crohn, depresión y alcoholismo. La evaluación tuvo lugar frente a una cafetería de nombre Tim Hortons, a petición del hombre, tras lo cual el médico lo llevó al hospital y le practicó la eutanasia aproximadamente dos horas después.

 

También en Ontario, un hombre de 87 años, identificado en los informes solo como el Sr. D, gritó repetidamente “¡Ayúdenme!” durante un procedimiento de eutanasia fallido, después de que el sedante no lograra dejarlo inconsciente. Su familia presenció la escena con profunda angustia.

 

Mientras tanto, el forense de Ontario ha documentado casos de pacientes a quienes se les practicó la eutanasia debido a enfermedades mentales y adicciones sin tratamiento, cuyo sufrimiento se debía tanto a la pobreza y la inseguridad habitacional como a cualquier enfermedad.

 

Incluso la revista socialista Jacobin informa ahora que los canadienses con la peor situación de vivienda representan casi la mitad de las personas a las que se les practica la eutanasia incluso cuando la muerte no es inminente. Estos casos involucran a seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-27), que mueren aterrorizados a manos de quienes debían cuidarlos. Esto no es motivo de celebración. Es una farsa.

 

 

Mientras tanto, los Países Bajos practican la eutanasia a un niño

 

El rechazo de Picard al argumento de la “pendiente resbaladiza” queda desmentido por la realidad de lo que ocurre en todas las jurisdicciones donde se han legalizado la eutanasia y el suicidio asistido.

 

El lunes 22 de junio de 2026, tan solo cinco días después de que el comité presentara su informe en Canadá, la Ministra de Salud holandesa, Sophie Hermans, informó al parlamento de su país que un niño de entre uno y doce años había sido sometido a la eutanasia a finales de 2025.

 

Esta es la primera muerte por eutanasia conocida de un niño menor de doce años en los Países Bajos, llevada a cabo en virtud de una modificación normativa de 2024 que amplió la elegibilidad a este grupo de edad. De este modo, los Países Bajos se convierten en el segundo país del mundo, después de Bélgica, en practicar la eutanasia a un niño tan pequeño. Ello ha provocado nuevas preocupaciones éticas por parte de católicos y defensores de la vida.

 

Las directrices holandesas establecen que la decisión debe tomarse “en consulta con los padres y, de ser posible, también con el niño”. Hablamos de niños demasiado pequeños para firmar un contrato, votar o, en algunos casos, incluso leer; pero, de alguna manera, con la edad suficiente, “si fuera posible”, para ser consultados sobre su propia muerte.

 

El Dr. Joseph Meaney, expresidente y principal experto en ética del Centro Nacional Católico de Bioética de Estados Unidos, calificó esta muerte como “una clara y grave violación ética”, señalando lo obvio: “un niño no puede dar su consentimiento informado”.

 

 

Oren por la conversión de los corazones

 

El reciente informe del gobierno canadiense que rechaza la eutanasia asistida para personas con enfermedades mentales es un paso positivo. Es probable que salve miles de vidas, como lo expresó el diputado conservador Andrew Lawton. Sin embargo, incluso si el Parlamento adopta todas las recomendaciones del comité, el suicidio asistido y la eutanasia seguirán cobrando la vida de miles de canadienses cada año. El informe es una grieta en el muro: una admisión oficial, desde dentro del propio sistema, de que la lógica de la eutanasia no se puede contener.

 

La admisión de que los médicos no pueden distinguir entre un deseo de morir y una desesperación tratable en personas con enfermedades mentales plantea una pregunta importante: ¿con qué base hacen esa distinción con tanta seguridad para la anciana viuda, el veterano discapacitado o el paciente de cáncer que teme convertirse en una carga?

 

Una cosa debe estar clara, todo acto de eutanasia es un crimen horrendo contra la humanidad, sea que el paciente desee morir o no. La petición de que lo ayuden a morir es en realidad un grito de ayuda. Pero aunque no lo fuere, matar por medio de la eutanasia, asistida o no, sigue siendo un homicidio directo. La respuesta no es imponer la muerte, sino ofrecer la solidaridad, la ayuda paliativa y el acompañamiento espiritual y humano.

 

“Incluso en el sufrimiento, la enfermedad, la dependencia y la fragilidad”, escriben los obispos canadienses, “la vida humana conserva su dignidad dada por Dios y su capacidad para el amor, la comunión y la gracia”. Esa es la verdad que la “cultura” de la muerte no puede ver, y es la verdad que debemos proclamar: en nuestras parroquias, en nuestras asambleas legislativas y junto a los enfermos y moribundos.

 

Los invito a unirse a mí en la oración con la que los obispos concluyen su declaración:

 

Dios amoroso, roca de fortaleza para quienes confían en ti; consuelo para quienes te invocan. Escucha el clamor de quienes sufren de enfermedad o debilidad, y abrázalos con tus brazos amorosos. Dales paz y fortalécelos con la visión de Tu Reino. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

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