El bebé Gabriel, la cláusula del aborto y la gestación subrogada (II)

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional.

Publicado originalmente en inglés el 24 de agosto del 2026 en: https://www.hli.org/2026/08/abortion-clause-reveals-the-dark-reality-of-surrogacy/

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

Nota del Editor: Como hacemos cada vez que abordamos el tema del aborto, queremos aclarar que no estamos condenando a nadie que hay caído en este grave pecado. Invitamos, con mucho amor, a todos los implicados a la conversión y al recurso al siempre necesario Sacramento de la Confesión, imprescindible para recibir la infinita misericordia de Dios. La Iglesia también cuenta con ministerios de reconciliación y sanación postaborto.

Gestación subrogada: Un niño concebido según especificaciones

Cuando el Papa Francisco pidió la prohibición universal de la gestación subrogada en 2024, afirmó: “Un niño es siempre un don y nunca la base de un contrato comercial”.

Gabriel fue la base de un contrato comercial. Para cada circunstancia de su llegada al mundo se acordó antes de que naciera: quién lo gestaría, qué podría comer, si pudieran amamantarlo, si se pudiese saber su nombre y las condiciones bajo las cuales se le practicaría un aborto antes del nacimiento, junto con la bonificación a pagar al finalizar el proceso. Su nacimiento se concibió según especificaciones, y si éstas no se cumplían, el contrato preveía una “solución”: matarlo por medio de un aborto.

Si bien la historia de Gabriel ha acaparado los titulares, la realidad es que se estima que hay entre 20,000 y 30,000 nacimientos por gestación subrogada cada año. La mayoría de estos casos incluyen una cláusula de aborto, y en la mayoría de los casos, la madre subrogada la acata cuando los compradores del niño así lo exigen.

La Iglesia previó todo esto hace mucho tiempo. En 1987, la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró en el documento Donum Vitae que la gestación subrogada “ofende la dignidad y el derecho del niño a ser concebido, gestado, traído al mundo y criado por sus propios padres”, y que “establece, en detrimento de las familias, una división entre los elementos físicos, psicológicos y morales que las constituyen” (Nro. 3).

Ese es precisamente el caso de Gabriel. Una mujer aportó el cuerpo, otra los genes y una tercera la documentación. Un tribunal asignó entonces al niño a quien tuviera el derecho legal más sólido, y la única persona involucrada que lo amaba fue excluida de la sala.

 

El mundo está despertando a la cruda realidad de la gestación subrogada

Si bien muchos consideran la oposición a la gestación subrogada como una postura católica peculiar, lo cierto es que se está produciendo un cambio radical, a medida que se conocen más ampliamente los abusos evidentes y endémicos de esta práctica.

La realidad es que resulta casi imposible afirmarse a favor del mal llamado “derecho” a elegir el aborto, basándose en la convicción de la centralidad de la autonomía corporal, mientras se defiende una práctica que, literalmente, convierte el cuerpo de una mujer en una incubadora para el hijo de otra persona; una incubadora que se compra y se vende a precio de mercado y se controla mediante contratos legales cuidadosamente redactados.

En octubre pasado (2025), Reem Alsalem, Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, presentó un informe ante la Asamblea General en el que pedía la abolición mundial de la gestación subrogada, equiparando esta práctica a la trata de personas. Entre los perjuicios que identificó para los niños nacidos de esta manera se encontraba “la interrupción arbitraria y forzosa de sus vidas en el útero a discreción de los padres comitentes”.

El 22 de junio de 2026, junto con el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra, Italia, Chile, Camerún y la Santa Sede emitieron una declaración conjunta en la que solicitaban una moratoria internacional. Italia prohibió la gestación subrogada en 2004 y ese mismo año tipificó como delito que los italianos la compraran en el extranjero. Alemania, Austria, Finlandia, Noruega y Eslovaquia ya la prohíben, y más de cincuenta países la prohíben tanto en su forma comercial como en la mal llamada “altruista”.

Sin embargo, hubo resistencia. Irlanda, en representación de veintiséis Estados miembros de la Unión Europea, argumentó que restringir la gestación subrogada “borraría realidades diversas” y “reforzaría los estereotipos de género”. ¿Y Estados Unidos? Ahora, junto con Ucrania y México, forman parte del reducido grupo de países donde esta práctica prácticamente no está regulada.

Como señala el profesor Hudson, “en algunos estados, una peluquería canina tiene más regulación que una agencia de gestación subrogada”. Los padres comitentes a menudo no se someten a ninguna verificación de antecedentes. Mientras tengan el dinero para pagar, prácticamente todo vale.

 

¿Qué es una madre?

Refutemos la mentira que subyace a la gestación subrogada.

Cuando McKenna West escribió a la agencia para explicar que no se sometería al aborto, dijo lo siguiente:

Tras reflexionar detenidamente, he decidido que no puedo interrumpir este embarazo. Este bebé está en mi cuerpo y lo quiero muchísimo. Me preocupa no poder vivir conmigo misma si interrumpiera el embarazo de este precioso bebé que ahora forma parte de mí.

Y ahí, en pocas palabras, reside la locura de la industria de la gestación subrogada. Todo el entramado de la gestación subrogada, el vocabulario de “madres gestantes” y “padres intencionados”, la cláusula que le prohíbe amamantarlo, la cláusula que impide que su nombre aparezca en el certificado, existe para borrarla de la historia. Está diseñado para crear a una mujer que pueda entregar a un niño sin sentir nada, reducida a una simple incubadora.

No funciona, porque se basa en una mentira sobre lo que es una madre.

Hace tres mil años, dos mujeres se presentaron ante Salomón reclamando al mismo niño, y el rey mandó desenvainar la espada y cortar al niño en dos para darle a cada mujer la mitad del bebé (1 Reyes 3:16-28). Por supuesto, Salomón no tenía la intención de matar al menor. Solo quería ver cómo respondía cada mujer. En efecto, la verdadera madre fue aquella que prefirió perder a su hijo antes que verlo muerto. Lo que la identificó era su disposición a entregarlo para que él pudiera vivir.

McKenna West se ofreció a entregar a Gabriel a su hermano cuando naciera. Luego voló tres mil millas hasta Texas para que el niño recibiera tratamiento. Por esto, ha recibido una demanda y una orden de alejamiento. Ahora el niño está con quienes querían su muerte antes que naciera.

Nuestros tribunales han perdido la sabiduría de Salomón. La Iglesia no, y el mundo, cada vez más, tampoco. La gestación subrogada no puede regularse para que sea decente, porque el daño no reside en sus abusos, sino en sus premisas fundamentales: que se pueda encargar un niño, contratar a una madre y separarlos por acuerdo previo. Solo puede abolirse. Es un acto intrínsecamente grave y los actos o leyes intrínsecamente graves no pueden ser reformados, deben ser rechazados decidida y contundentemente.

Oremos esta semana por Gabriel, quien tiene que ser sometido a cirugías y una larga lucha por delante. Por McKenna West, por Kyla Simpson y por la madre de Ontario cuyo nombre desconocemos. Por las mujeres en situación de pobreza cuyos vientres se alquilan y que firmaron documentos que nunca se les permitió comprender. Y para los esposos y esposas que anhelan tener hijos y no pueden concebir, cuyo dolor es real y cuyo deseo es bueno, para que encuentren una Iglesia dispuesta a acompañarlos en lugar de una industria dispuesta a explotar su vulnerabilidad.

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