El regreso del infanticidio (II)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente
Vida Humana Internacional.
Publicado originalmente en inglés el 31 de agosto del 2026 en: https://www.hli.org/2026/08/the-return-of-infanticide-baby-gabriel/
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
Nota del Editor: No estamos condenando a nadie que haya participado en la comisión de un aborto, aún tardío. Sabemos que muchas madres (y padres también) sufren por un aborto cometido hace años. Queremos decirles que, aunque el aborto es algo muy grave, Dios no ha dejado de amarlos. Solo pide un sincero arrepentimiento y cambio de vida, así como el recurso al siempre necesario Sacramento de la Confesión, para poder recibir la infinita misericordia de Dios. La Iglesia también cuenta con ministerios de reconciliación y sanación postaborto.
Mentalidades preocupantes entre los profesionales médicos
Sería cómodo tratar a los padres de Gabriel como unos monstruos y detenerse ahí. Sin embargo, como señala Camosy, el tipo de ideología que guía su forma de pensar se ha vuelto cada vez más estándar entre los profesionales que habrían llevado a cabo sus deseos.
Camosy señala un comentario de 2013 en el Journal of Perinatology, realizado por dos especialistas en ética neonatal, Annie Janvier y Mark Mercurio.
En el artículo, titulado “Ahorrar versus crear”, observaron que cuando un recién nacido corre el riesgo de sufrir un determinado nivel de discapacidad, algunos médicos consideran aceptable suspender el tratamiento de soporte vital y dejarlo morir, mientras que un bebé mayor con ese mismo nivel de discapacidad ni siquiera sería considerado un candidato para recibir solamente atención de confort, sino que recibiría todos los cuidados terapéuticos necesarios para salvar su vida.
En cada caso, el niño es idéntico, a excepción de la edad. La discapacidad es idéntica. Lo que cambia es si el médico entiende que está “salvando” a una persona que posee derecho a la vida y a una atención sanitaria de calidad, o simplemente “creando” una persona discapacitada.
Pensando así es por lo que la regulación federal, redactada después de los casos Baby Doe de la década de 1980, exige que se tenga que especificar que los bebés con discapacidades deben recibir una atención médica “no menos vigorosa” que otros bebés, y se tiene que excluir del cálculo “los efectos negativos que la vida de un niño con discapacidad puedan tener en otras personas, incluidos los padres, los hermanos y la sociedad”.
El bebé Gabriel estuvo a punto de morir
Gabriel se operó. Pero el costo fue elevado.
Se necesitaba una madre sustituta que estuviera dispuesta a perder sus honorarios, asumir una demanda y volar tres mil millas para salvar su vida.
Se requirió que un fiscal general del estado interviniera en una demanda por custodia privada. Requería que un juez de distrito dictara órdenes de emergencia con unas pocas horas de antelación.
Requirió que el Departamento federal de Salud y Servicios Humanos recordara a dos hospitales importantes que la ley de discapacidad prohíbe suspender el tratamiento porque alguien haya considerado que una vida es de menor valor. Se necesitaban periodistas dispuestos a exponer lo que estaba pasando.
Mientras tanto, en algún lugar hay un niño cuya madre biológica firmó el mismo contrato y cumplió su palabra de abortar al niño cuando los padres de intención lo exigieron. Y, en todo el país, como señala Camosy, hay bebés recién nacidos que nacen con condiciones tratables, como el de Gabriel, a quienes se deja morir, porque no alcanzan el nivel de vida de alguien que sea digno de vivir.
Como escribe Camosy:
Algunos lectores recordarán la infame entrevista en la que se le preguntó al entonces gobernador de Virginia, Ralph Northam, ex neurólogo pediátrico, qué sucede en estas situaciones. Su siniestra, pero segura respuesta fue que “el bebé nacería, se mantendría confortable, el bebé sería reanimado si eso es lo que la madre y la familia deseaban. Y luego se produciría un diálogo entre los médicos y la madre”. Al parecer, esto era tan común que Northam quedó desconcertado por la masiva reacción [negativa] a sus comentarios.
El cristianismo cambió la cultura en la antigua Roma
La tesis del artículo de Camosy es exactamente correcta. No hemos inventado una nueva “ética”. Hemos vuelto a una antigua, si es que a este mortal atropello se le puede llamar “ética”.
Los paganos abandonaron a los elementos a los débiles, a los deformes y a los inconvenientes, y lo hicieron sin escrúpulos, porque simplemente no podían concebir una cosmovisión en la que la debilidad fuera otra cosa que algo que había que erradicar.
Entonces Cristo vino al mundo, como un niño nacido en un establo, de un pobre carpintero. Y predicó sin descanso la dignidad de los pobres, los débiles y los abandonados, como una ética práctica basada en la humildad y el servicio a los más necesitados. “Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt 25,40-45).
A los paganos nunca se les habría ocurrido aquellas famosas palabras de San Pablo: “Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; Dios escogió lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes” (1 Cor 1:27) Esta fue una revolución moral, y ha resonado en todo el mundo desde los tiempos de Cristo.
Camosy expresa un último comentario en su columna que vale la pena destacar. Cuando el cristianismo ganó influencia en el mundo romano, señala, hizo más que simplemente denunciar el abandono de los niños. Alrededor del año 320, Constantino introdujo dos leyes contra el asesinato de niños en el código romano. Una de ellas exigió que se diera dinero del tesoro imperial a los padres de niños que podrían estar en riesgo de ser abortados o abandonados a la muerte, para que los pudieran mantener y cuidar.
Las cirugías del bebé Gabriel costarán mucho. Lo mismo ocurre con criar a un niño con espina bífida, síndrome de Down o un corazón que debe reconstruirse en tres etapas. Nada de ese costo autoriza a nadie a buscar su muerte.
Pero Constantino dio en el clavo cuando reconoció que no basta con condenar lo que es malo. También debemos construir una cultura de la vida, una que proporcione estructuras e incentivos prácticos para defender la vida inocente.
Cada parroquia que apoya un centro de embarazo, cada organización sin fines de lucro que tiene programas para cubrir los costos médicos de una familia que eligió la vida después de un diagnóstico difícil, cada católico que ha adoptado a un niño que el mundo habría descartado, está haciendo exactamente lo que la Iglesia primitiva le hizo a la Roma pagana. Así es como realmente cambia una cultura. El argumento por sí solo nunca lo ha logrado. Debemos respaldar nuestras palabras con nuestras obras.
Oremos esta semana por Gabriel, recuperándose de la primera de tres operaciones que casi no le permitieron realizarse. Por McKenna West, que lucha por un hijo que la ley aún no lo declara suyo. Y por los niños que nacerán esta semana de padres que ya han decidido en contra de sus vidas, y que, sin intervención médica, serán abandonados a la muerte, como los innumerables niños abandonados en las laderas de las antiguas Grecia y Roma.
Y oremos por una conversión de nuestra cultura, para que regrese a Cristo, para que podamos ser testigos una vez más del florecimiento de una Cultura de la Vida. ___________
