El socialismo y la familia son incompatibles (II)

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional

15 de octubre de 2026

Publicado originalmente en inglés el 12 de octubre del 2026 en: https://www.hli.org/2026/10/socialism-and-the-family-are-incompatible/

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

La familia es la primera economía

En medio de la incertidumbre económica, a los jóvenes se les enseña que el Estado se hará cargo de ellos. Lo que no se les enseña es que toda la evidencia sociológica más sólida demuestra de manera concluyente que la protección más eficaz contra la pobreza jamás concebida es un matrimonio formado por una madre y un padre que se aman de verdad y que también aman a sus hijos de verdad.

Según el informe más reciente de la Oficina del Censo de EEUU sobre la pobreza en Estados Unidos, en 2024 solo el 6% de los niños que vivían con padres casados ​​se encontraban por debajo del umbral de pobreza. Entre los niños que vivían con una madre soltera, la cifra era de casi el 36%, es decir, seis veces mayor.

¿Por qué ocurre esto? Una familia unida es una economía exitosa en miniatura. Dos padres pueden trabajar, ahorrar y planificar juntos, y turnarse para cuidar a sus hijos, de modo que ninguno tenga que pagar a un tercero para que lo haga. En otras palabras, la base de una economía sana no es un gran programa social, sino familias íntegras y sólidas.

Cuando la familia se desintegra, todo el trabajo silencioso e invisible de los padres desaparece, y la única institución lo suficientemente grande como para intentar llenar ese vacío es el Estado. Pero, al ser tan grande e impersonal, el Estado tiende a hacerlo de forma ineficiente. Y entonces comienza un círculo vicioso.

En los últimos 150 años, la campaña contra la familia ha producido un aumento sin precedentes de los divorcios, un enorme incremento de los hogares monoparentales y de la pobreza en los hogares encabezados por madres solteras, y un aumento considerable del gasto público en asistencia social, que a su vez sube los impuestos. En otras palabras, la ideología que pretende debilitar a la familia termina creando la pobreza que luego se propone erradicar.

Sin embargo, existe también un problema más profundo. El Papa Benedicto XVI lo identificó en su primera encíclica, Deus Caritas Est:

El Estado, que pretende proveerlo todo, absorbiéndolo todo, acabaría convirtiéndose en una mera burocracia incapaz de garantizar aquello que toda persona que sufre y también las demás personas necesitan: la atención personal y amorosa (n.º 28).

Esta es, pues, la pobreza última que produce la guerra del socialismo contra la familia: no solo una pobreza de riqueza, sino principalmente de amor.

La raíz del error

El Papa San Juan Pablo II, que pasó la mayor parte de su vida adulta bajo un gobierno comunista, lo expresó de esta manera en Centesimus Annus: “el error fundamental del socialismo es de naturaleza antropológica”. El socialismo, explicó, “considera a la persona individual simplemente como un elemento, una molécula dentro del organismo social, de modo que el bien del individuo está completamente subordinado al funcionamiento del mecanismo socioeconómico” (n. 13).

En efecto, si un ser humano es simplemente una molécula en el organismo social, entonces sólo importa en la medida en que el organismo lo encuentre útil. ¿Y qué pasa con los que la sociedad no considera útiles? ¿Qué le sucede al niño en el útero, al hombre con síndrome de Down o a la anciana con demencia en el asilo de ancianos?

Ahora sabemos la respuesta, más allá de cualquier duda razonable.

En las últimas semanas, esta columna se ha centrado en los horribles abusos que se producen cuando se legalizan la eutanasia y el suicidio asistido. En Canadá, una de cada veinte muertes se debe ahora a una inyección letal administrada por el Estado. Y ahora sabemos que la presión sobre los enfermos y los ancianos para que “elijan” el camino más barato y fácil de su propia muerte es inmensa.

Esta presión sobre las personas mayores suele verse intensificada por el hecho de que muchos de ellos tienen pocos o ningún hijo que los cuide. Y los hijos que tienen, a menudo tienen sólo vínculos débiles con la familia (ya sea por divorcio, distanciamiento o una serie de otras razones), lo que significa que los ancianos están sufriendo una terrible epidemia de soledad. Y así, el círculo de la “cultura” de la muerte da vueltas y vueltas.

Los límites del capitalismo

Antes de concluir, cabe señalar que las críticas de la Iglesia al socialismo no implican un apoyo incondicional al capitalismo. Aquí, como de costumbre, la Iglesia evita las falsas dicotomías, recurriendo a una profunda sabiduría arraigada en una rica antropología.

El mismo Papa León XIII que rechazó la “comunidad de bienes” dedicó gran parte de la encíclica Rerum Novarum a los pecados del empleador. Escribió que “ejercer presión sobre el indigente y el desamparado en aras del lucro, y obtener ganancias a costa de la necesidad ajena, está condenado por todas las leyes, humanas y divinas”, y que defraudar a un trabajador de su salario “es un gran crimen que clama a la ira vengadora del Cielo” (n.º 20).

El Catecismo, en el pasaje que he colocado al inicio de esta columna, rechaza “la primacía absoluta de la ley del mercado sobre el trabajo humano” en la misma frase en la que rechaza el socialismo.

León XIII reconoció plenamente que hay casos en que los programas financiados con fondos públicos no solo son aceptables, sino necesarios. “Es cierto”, escribió, “que, si una familia se encuentra en extrema aflicción, completamente privada del consejo o ayuda de amigos y sin ninguna perspectiva de salir de ella, es justo que la extrema necesidad sea atendida con ayuda pública, puesto que cada familia forma parte de la comunidad” (n.º 14).

Nótese, sin embargo, dónde puso el énfasis el Papa León XIII. Existe un lugar para que el Estado intervenga y ayude. Pero debe ayudar a la familia, no pretender reemplazarla. A veces se necesita o se requiere una red de seguridad para la familia. Pero un sustituto de la familia no lo es.

Oren por los jóvenes

Es apropiado que nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, eligiera su nombre en honor al papa que primero abordó la “cuestión social”, como les dijo a los cardenales dos días después de su elección. La pregunta sigue siendo la misma que en 1891, y también lo es la respuesta de la Iglesia.

Los jóvenes que se inclinan hacia el socialismo no son malvados. Muchos de ellos (aunque, lamentablemente, su número está disminuyendo lo cual es tema para otra columna) aún desean lo que todas las generaciones anteriores desearon: un trabajo, una casa, un esposo o esposa e hijos. Son deseos nobles. La tragedia radica en que se les ofrece una ideología que, dondequiera que se ha intentado, ha socavado precisamente aquello que anhelan.

La respuesta de la Iglesia se fundamenta en la idea de que la familia es “la célula original de la vida social” (CIC, n.º 2207). Fortalecer la familia fortalece todo lo demás. Debilitarla implica que ningún gasto público podrá solucionar el problema. De hecho, es más probable que la “solución” solo empeore las cosas.

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