El Tribunal Supremo de EEUU protege los derechos de los padres y de los niños frente al Estado (II)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente de Vida Humana Internacional.
Publicado originalmente en inglés el 9 de marzo del 2026 en: https://www.hli.org/2026/03/u-s-supreme-court-protects-parental-rights-and-children-from-the-state/
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
La Familia: una sociedad con derecho originario
Es profundamente alentador ver al Tribunal Supremo de EEUU defender con tanta vehemencia los derechos de la familia. Estas decisiones tendrán consecuencias positivas a largo plazo para la salud de las familias y los derechos de los padres, y limitarán debidamente la capacidad del Estado para interferir en la vida familiar.
La doctrina católica siempre ha entendido que la familia no es simplemente una subdivisión del Estado ni un mecanismo conveniente para el cuidado de los hijos. La familia es, en palabras del Papa San Juan Pablo II, “una sociedad con derecho originario”.
La Iglesia ha defendido esta verdad contra toda ideología que haya intentado socavarla. Vladimir Lenin comprendió perfectamente la importancia estratégica de separar a los hijos de sus padres cuando declaró: “Dadme cuatro años para educar a los niños, y la semilla que he sembrado jamás será arrancada”. Esto no era pura demagogia. Era un programa. Bajo los regímenes comunistas, el Estado desplazó sistemáticamente a la familia como principal educadora y autoridad moral en la vida de los niños. Los padres fueron reducidos a funcionarios al servicio de la colectividad, y los hijos se convirtieron en instrumentos del Estado.
El Papa Pío XI lo vio claramente. En su encíclica Divini Redemptoris de 1937, la condena más exhaustiva de la Iglesia al comunismo ateo identificó el ataque a la familia como un elemento central del proyecto comunista:
El comunismo se caracteriza particularmente por el rechazo de cualquier vínculo que una a la mujer con la familia y el hogar. El cuidado del hogar y de los hijos recae entonces en la colectividad. Finalmente, se niega a los padres el derecho a la educación, pues se concibe como prerrogativa exclusiva de la comunidad, en cuyo nombre y por cuyo mandato solo los padres pueden ejercer este derecho (Nro. 11).
La ideología ha cambiado, pero la estrategia no. Lo que el comunismo perseguía mediante la toma directa del Estado, los ideólogos de “género” actuales lo persiguen mediante la apropiación institucional: políticas escolares que pasan por alto a los padres, currículos que socavan la formación moral que brindan las familias y regímenes de secretismo que tratan el vínculo paternofilial como un obstáculo que debe sortearse. El hilo conductor de cada generación de ideólogos, ya sean marxistas, revolucionarios sexuales o teóricos de “género”, es la convicción de que los niños deben ser separados de la influencia de sus familias para ser reconstruidos a imagen de la ideología.
La Iglesia se ha opuesto a esta tendencia en todas las épocas, defendiendo la libertad fundamental de los padres y la familia frente a las intrusiones del Estado. En Familiaris Consortio, su exhortación apostólica de 1981 sobre la familia cristiana, el Papa San Juan Pablo II aplicó el principio de subsidiariedad aplicado directamente a la relación entre la familia y el Estado:
La familia y la sociedad tienen funciones complementarias en la defensa y el fomento del bien de cada ser humano. Pero la sociedad, y más concretamente el Estado, debe reconocer que, la familia es una sociedad por derecho propio y originario y, por lo tanto, tiene la grave obligación, en sus relaciones con la familia, de adherirse al principio de subsidiariedad. En virtud de este principio, el Estado no puede ni debe privar a las familias de las funciones que pueden desempeñar por sí solas o en asociaciones libres; al contrario, debe favorecer y fomentar positivamente, en la medida de lo posible, la iniciativa responsable de las familias (Nro. 45).
Aquí, el Papa San Juan Pablo II elucida un principio fundamental de la ley natural: la familia es anterior al Estado. El derecho de los padres a dirigir la educación de sus hijos no es un privilegio otorgado por la autoridad civil, sino un derecho natural que ésta está obligada a respetar y proteger.
El Papa Francisco reafirmó este principio en Amoris Laetitia:
La educación integral de los hijos es un deber fundamental y, al mismo tiempo, un derecho primordial de los padres. No se trata de una simple tarea o una carga, sino de un derecho esencial e inalienable que los padres están llamados a defender y del cual nadie puede pretender privarlos. El Estado ofrece programas educativos de forma subsidiaria, apoyando a los padres en su función indeclinable… La escuela no sustituye a los padres, sino que los complementa (Nro. 84).
Lo que hizo California fue precisamente lo que estas enseñanzas advierten. El Estado se arrogó decisiones que, por derecho natural, corresponden a los padres. Fue aún más lejos: ocultó activamente a los padres información esencial para el bienestar de sus hijos y obligó a los docentes a participar en este engaño.
Un llamado a la gratitud pero al mismo tiempo a la vigilancia
Debemos recibir esta sentencia con profunda gratitud, aunque sin complacencia.
Esta sentencia aborda el contexto específico de las políticas de California. Sin embargo, la lucha cultural más amplia contra la intrusión de la ideología de “género” en la patria potestad, la libertad religiosa y la libertad de conciencia continúa en tribunales, legislaturas, juntas escolares y en la esfera pública de todo el mundo.
Como hemos visto en las últimas semanas en Brasil, Canadá y otros lugares, las fuerzas que separan a los niños de sus padres y silencian a quienes dicen la verdad sobre la persona humana son implacables.
El Papa San Juan Pablo II, en Familiaris Consortio, hizo un llamado más urgente que nunca:
La familia tiene la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, y éste es reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia, su esposa (Nro. 17).
Proteger el amor significa proteger la verdad sobre la persona humana, y significa insistir, a tiempo y a destiempo, que los padres tienen el derecho y el deber divinos de estar presentes en cada etapa de la formación de sus hijos.
Oremos por los padres, maestros y abogados que han luchado con tanta valentía para defender estos derechos fundamentales. Y tomemos la decisión de continuar esta lucha, en nuestras familias, en nuestras parroquias y en la esfera pública, hasta que el derecho natural de los padres a dirigir la educación y la formación de sus hijos sea reconocido y protegido en todas partes.
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