Gloria Steinem y el precio de la “libertad” de las mujeres (II)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente
Vida Humana Internacional
Publicado originalmente en inglés el 14 de septiembre del 2026 en: https://www.hli.org/2026/09/gloria-steinem-and-the-price-of-womens-freedom/
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
Nota del Editor: Reproducimos una afirmación del autor de este artículo tomada de su primera parte que nos parece muy pertinente: “He orado por su alma [la de Gloria Steinem], como la Iglesia ora por cada alma y también por la conversión y sanación de tantas mujeres (y hombres) que se han involucrado en un aborto. Por esta razón la Iglesia ofrece el imprescindible Sacramento de la Confesión y muchos ministerios de reconciliación y sanación postaborto.”
El Papa San Pablo VI lo previó
El aborto de Steinem tuvo lugar en 1957, once años antes de la encíclica Humanae Vitae, publicada el 25 de julio de 1968. La píldora aún no había sido aprobada. La revolución sexual aún no estaba en pleno apogeo. Sin embargo, cuando el Papa San Pablo VI se sentó a escribir sobre las consecuencias de la separación entre las relaciones sexuales y la procreación, describió el mundo que Steinem construiría a lo largo de su carrera.
Advirtió, en primer lugar, sobre la infidelidad conyugal y un descenso generalizado de los estándares morales. También advirtió que un hombre acostumbrado a la anticoncepción podría olvidar el respeto debido a la mujer y llegar a tratarla como un mero instrumento para la satisfacción de sus propios deseos egoístas. Finalmente, previó que los gobiernos tomarían ese mismo poder en sus propias manos, que es precisamente lo que China hizo con su política del hijo único once años después. Todas esas predicciones se han cumplido.
Pero hay un punto más profundo. El Papa San Juan Pablo II lo expresó en su Encíclica Evangelium Vitae. La anticoncepción y el aborto, escribió, son “frutos del mismo árbol”. En muchos casos se practican “bajo la presión de las dificultades de la vida real”. Pero muy a menudo, continuó, están “arraigados en una mentalidad hedonista que se niega a asumir la responsabilidad en materia de sexualidad con la lógica consecuencia de una concepción egocéntrica de la libertad, que considera la procreación un obstáculo para la realización personal” (Nro. 13).
La procreación como obstáculo para la realización personal. Esa es la postura de Gloria Steinem, expresada con absoluta precisión décadas antes de que escribiera su dedicatoria. Por supuesto, como he señalado tantas veces en esta columna, el enfoque de la “liberación” omite una parte fundamental de la historia.
Si algo hemos aprendido en estos últimos 60 años, es que la revolución sexual “liberó” a los hombres mucho más que a las mujeres, para que pudieran ser más egoístas que antes. Esa revolución los liberó de las consecuencias de sus deseos y les pasó la responsabilidad a las mujeres, de quienes ahora se esperaba que estuvieran disponibles, que tomaran la píldora y, si esta fallaba, que “asumieran la responsabilidad” acudiendo a un centro de abortos.
El papa San Pablo VI advirtió que esto sucedería. El movimiento de Steinem adoptó el nombre que se ha hecho típico de la “cultura” de la muerte: “empoderamiento” de las mujeres.
El costo: Sesenta y tres millones de vidas humanas
El costo de ese empoderamiento se puede cuantificar, al menos en parte. Entre Roe vs. Wade y la decisión Dobbs en 2022, aproximadamente 63 millones de niños han sido abortados en Estados Unidos. Esa es la cantidad de estadounidenses a quienes nunca se les permitió tener una vida, para que otros pudieran “dirigir” la suya.
¿Y qué pasó con las mujeres a quienes se les prometió tanto? En 2025, el Instituto de Estudios Familiares encuestó a mujeres estadounidenses y descubrió que las madres casadas tenían casi el doble de probabilidades que las mujeres solteras sin hijos de afirmar ser “muy felices”.
La Encuesta Social General encontró lo mismo en 2022: el 40% de las mujeres casadas con hijos menores de 55 años se describieron como “muy felices”, frente al 22% de las mujeres que no estaban casadas ni eran madres. Steinem les prometió felicidad a esas mujeres. Las cifras indican que sucedió lo contrario.
El “Nuevo Feminismo” alternativo del Papa San Juan Pablo II
Nada de esto significa que la Iglesia no tenga nada que decir a las mujeres que anhelaban algo más de lo que el mundo de 1957 les ofrecía. Tiene mucho que decir. Simplemente se niega a afirmar que el camino a seguir pasa por la muerte de un hijo. El Papa San Juan Pablo II abogó por lo que denominó un “nuevo feminismo”, uno que “rechaza la tentación de imitar modelos de dominación masculina”, para reconocer y afirmar el verdadero genio de la mujer en todos los aspectos de la vida social (Evangelium Vitae, Nro. 99). En Mulieris Dignitatem (DM), siete años antes, había señalado el error preciso que subyace al proyecto de Steinem:
En nombre de la liberación de la “dominación” masculina, las mujeres no deben apropiarse de características masculinas contrarias a su propia “originalidad” femenina. Existe un temor fundado de que, si toman este camino, las mujeres no “alcanzarán la plenitud”, sino que se deformarán y perderán lo que constituye su riqueza esencial. (No. 10).
Igualdad, en otras palabras, no significa semejanza. Cuando Adán vio a Eva por primera vez, no vio a una rival ni a una criatura inferior. Vio “hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Genesis 2,23), igual en dignidad y compañera de vocación.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “al crear a los hombres varón y mujer, Dios les otorga a ambos una igual dignidad personal” (No. 2334). También enseña que cada uno “debe reconocer y aceptar su identidad sexual” (No. 2333), porque la diferencia entre ellos es un don, orientado a “los bienes del matrimonio y al florecimiento de la vida familiar”.
El feminismo de Steinem medía el valor de una mujer por su capacidad para escapar completamente de aquello que la define. El “feminismo” de la Iglesia, si es que podemos llamarlo así, parte de la convicción opuesta. “La fortaleza moral y espiritual de la mujer”, escribió el Papa San Juan Pablo II, “se une a la conciencia de que Dios le confía al ser humano de una manera especial” (MD, no. 30).
Nota del Editor: En realidad la mejor expresión para describir la dignidad especial de todas las mujeres es “femineidad” o simplemente “feminidad”.
Una madre, escribió el Papa San Juan Pablo II en Evangelium Vitae, “acoge y lleva en su seno a otro ser humano, permitiéndole crecer dentro de ella, dándole espacio y respetándolo en su alteridad”. A partir de esto, las mujeres “primero aprenden y luego enseñan a otros que las relaciones humanas son auténticas si están abiertas a aceptar al otro” (No. 99).
La promesa mortal de Gloria Steinem
Gloria Steinem cumplió su promesa al Dr. Sharpe: abortar a su hijo. Hizo lo que quiso con su vida. Y se convirtió en una de las evangelizadoras más eficaces que la “cultura” de la muerte haya tenido jamás, precisamente por su sinceridad, si es que podemos calificar así a esa actitud pro muerte. Ella creía firmemente que una mujer debía elegir entre su hijo y ella misma. E incluso aplicó esta idea a su propia existencia.
A los millones de mujeres que le creyeron, que abortaron a sus hijos y que ahora cargan con la herida que ella jamás admitió llevar, el Papa San Juan Pablo II les dirigió unas palabras conmovedoras en Evangelium Vitae: “Puede que la herida en tu corazón aún no haya sanado. Ciertamente, lo que sucedió fue y sigue siendo terriblemente injusto. Pero no te dejes vencer por el desaliento ni pierdas la esperanza. El Padre de la misericordia está dispuesto a concederte su perdón y su paz” (No. 99). A ese mismo Padre, añadió: “Puedes confiar con toda seguridad a tu hijo”.
La vida de Steinem está ahora en manos de Dios, y la encomendamos a su misericordia. Pero la promesa que hizo a las mujeres, de que debían renunciar a sus hijos, sacrificarlos para poder vivir, es una promesa que la Iglesia jamás hará. Existe otra libertad, y otro feminismo. Comienza con el sí de una madre a su hijo, un sí a amarlo, y es el fundamento de lo que el Papa San Juan Pablo II llamó la civilización del amor.
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