La anticoncepción y el desplome demográfico (II)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional.

 

Publicado originalmente en inglés el 20 de julio del 2026 en: https://www.hli.org/2026/07/americas-birthrate-crisis-contraception/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

Cómo la anticoncepción impulsó la crisis de natalidad en EEUU

 

¿Por qué no nacen más bebés? El Dr. Stone señala el retraso en el matrimonio, las pantallas de la TV y los dispositivos electrónicos, el costo de la vivienda y el declive de la religión. Tiene razón. Pero también existe una raíz más profunda, una que casi nadie en el debate pronatalista secular se atreve a mencionar: la aceptación casi universal de la anticoncepción y la mentalidad que la acompaña.

 

El Papa San Pablo VI enseñó en Humanae Vitae que los significados unitivo y procreativo del acto conyugal son inseparables. Y esto se debe a que la anticoncepción no es una tecnología neutral. Trata la fertilidad como una patología que debe suprimirse y el embarazo como una enfermedad que debe prevenirse. Rompe el vínculo entre el amor y la procreación de vida que Dios unió. Normaliza las relaciones sexuales casuales, lo que devalúa el matrimonio; y cuando la anticoncepción falla, el aborto se presenta como último recurso. Casi sesenta años después, ¿nos sorprende que las cunas estén vacías?

 

Las secuelas de esos sesenta años están por todas partes: un colapso generalizado de la ética sexual, una cultura del entretenimiento saturada de sexo y que desprecia la castidad, una caída en picada de los matrimonios y epidemias de soledad y pornografía. Esa misma cultura hipersexualizada dificulta que muchas personas siquiera escuchen la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad humana, y mucho menos que reconozcan su belleza. Sin embargo, cada año que pasa la reafirma aún más.

 

En un artículo publicado a principios de este año en The Catholic Thing, Francis X. Maier atribuyó el colapso a su origen cultural. “El cristianismo fomentaba fervientemente los matrimonios permanentes y las familias numerosas”, observa. “Con la secularización de Europa, esa presión moral desapareció”.

 

“Hoy en día, la mayoría de los niños crecen viendo las familias pequeñas como algo normal”, añadió. “Su propia fertilidad se ajusta en consecuencia. Lo que hace que esta realidad sea tan difícil de revertir es que una modernidad arraigada en el individualismo y sus apetitos materiales nos ha enseñado a muchos a valorar estas características”.

 

Desafortunadamente, un alto porcentaje de católicos utiliza anticonceptivos en porcentajes muy similares a los de sus vecinos. Muchos matrimonios católicos son, por elección, infértiles. Y desde demasiados púlpitos: silencio.

 

Ya era así en tiempos del padre Marx. “La anticoncepción es un mal enorme y la puerta de entrada al aborto”, declaró a un entrevistador a mediados de la década de 1990, antes de plantear una pregunta aún más relevante hoy: “¿Pero cuántos obispos estadounidenses condenan la anticoncepción?”.

 

Cuando los propios pastores de la Iglesia no enseñan lo que enseña Humanae vitae, no es de extrañar que los fieles no lo pongan en práctica. Esta falta de defensa de la capacidad que Dios ha dado a los matrimonios para cooperar con Él en la transmisión de nuevas vidas ha erosionado el respeto por la vida misma y por la santidad del matrimonio.

 

 

La solución no es solo económica. Se trata de una crisis de esperanza

 

La solución debe centrarse en el matrimonio y la vida familiar. Como dijo el Papa León XIV en el Jubileo de las Familias el pasado junio: “El mundo de hoy necesita la alianza matrimonial para conocer y aceptar el amor de Dios y para vencer, gracias a su poder unificador y reconciliador, las fuerzas que destruyen las relaciones y las sociedades”.

 

En esa misma misa, el Santo Padre describió a las familias como la “cuna del futuro de la humanidad”. Tiene razón, y los demógrafos ahora afirman lo mismo. La familia no es una opción de estilo de vida más entre muchas. Es el lugar donde nacen, o no nacen, las civilizaciones.

 

El Dr. Stone, por su parte, aboga por políticas familiares serias: apoyo económico real para los padres, el fin de las penalizaciones al matrimonio ocultas en nuestros códigos tributarios y de bienestar social, viviendas adecuadas para las familias y “una cultura que considere a los hijos como un futuro valioso, en lugar de un gasto”.

 

Excelente. Ojalá lo tengamos todo. En lugar de gastar dinero en planificación familiar (= anticonceptivos) o en más guerras, deberíamos apoyar a las familias en todo lo posible.

 

Pero, en definitiva, ningún crédito fiscal puede suplir lo que realmente falta, porque el déficit no es económico, sino espiritual: la esperanza. Quienes creen en un futuro mejor traen hijos a él. Quienes idolatran el egoísmo no lo hacen.

 

 

La respuesta de la Iglesia: Verdad, esperanza y el testimonio de las familias

 

Al leer el ensayo del Dr. Stone, me vino a la mente la primera ley del movimiento de Newton: un cuerpo en reposo permanece en reposo, y un cuerpo en movimiento continúa en movimiento a menos que una fuerza externa actúe sobre él. El alejamiento de nuestra civilización del matrimonio, la familia y la fertilidad es precisamente ese cuerpo en movimiento. No se detendrá por sí solo. Una fuerza debe actuar sobre él.

 

Esa fuerza es la verdad, proclamada en todo momento: la verdad sobre la persona humana, sobre la santidad de la vida y sobre la sacralidad del matrimonio. Significa una evangelización que realmente evangeliza. Significa una predicación que defiende la enseñanza perenne de la Iglesia en lugar de justificarla. Y significa el testimonio silencioso pero poderoso de familias católicas comunes que acogen a los niños con generosidad y se alegran visiblemente de ellos. El Dr. Stone concluye su ensayo señalando que la pregunta para el 250 aniversario de Estados Unidos es: “¿Cuántos años más queremos que celebre, tanto para sus bebés como para el país?”.

 

La Iglesia siempre ha tenido la respuesta. El primer mandamiento que Dios dio a la humanidad no fue una prohibición, sino una bendición: “Sean fecundos y multiplíquense” (Génesis 1:28). Al celebrar el 250 aniversario de nuestra nación, oremos por esta bendición: la bendición de los niños, de la juventud, de las familias felices, de una civilización próspera y llena de esperanza.

 

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