La Encarnación y la dignidad de la persona humana
Padre Shenan Boquet
Presidente
Vida Humana Internacional
Publicado originalmente en inglés el 22 de diciembre de 2025 en Christmas 2025 Reflection: The Incarnation and the Dignity of the Human Person | Human Life International.
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la publicación de este artículo.
“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1, 14).
Con estas palabras, San Juan no solo comienza la narración de la Navidad, sino que también anuncia una revolución de cómo la humanidad debe comprenderse a sí misma. La Encarnación – Dios que se hace hombre – está en el centro de la fe cristiana, no solo porque revela Quién es Dios, sino también porque revela quiénes somos nosotros mismos.
Como dijeron los padres del Concilio Vaticano II: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado [la Palabra hecha carne]” (Gaudium et Spes, no. 22).
Nota del Editor: Gaudium et Spes (“Gozo y Esperanza”) es el título en latín y las primeras palabras del documento “Constitución pastoral sobre la Iglesia ante el mundo contemporáneo” del Concilio Vaticano II.
La Encarnación no es una doctrina entre muchas. Es la respuesta definitiva a las preguntas más profundas de la humanidad: ¿Quién soy yo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es mi fin y propósito? ¿Qué significa ser una persona humana? La respuesta cristiana no es una filosofía abstracta, es una Persona: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Al asumir una naturaleza humana (un alma y un cuerpo humanos), el Hijo de Dios no solamente vivió entre nosotros como un visitante, sino que se unió profundamente a nuestra humanidad. “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre” (San Juan Pablo II, Redemptor hominis, no. 8).
Cómo la Encarnación cambia la manera de comprender la humanidad
Esta afirmación tan sorprendente se encuentra en el corazón mismo de la antropología cristiana – la manera cristiana de comprender al ser humano. La dignidad humana no es una mera construcción social, ni una invención legal, ni un privilegio otorgado por la utilidad, la productividad o la autonomía humana. Se funda en la elección irrevocable de Dios de hacerse uno de nosotros. ¡Uno de nosotros, un miembro de nuestra familia humana, es Dios!
Y es esta verdad, tan fundamental para toda la labor a favor de la vida humana y de la familia, la que encontramos resumida en una sola y tierna imagen: un pequeño bebé, acostado en un pesebre.
Una de las características que más llama la atención de la Natividad es que no solamente Dios se hizo hombre, sino cómo se hizo hombre. La Palabra eterna hizo su entrada al mundo no como un gobernante o un filósofo, sino como un recién nacido indefenso, nacido en la pobreza, acostado en un pesebre y dependiente del cuidado de una joven madre y su esposo. Escogió lo oculto en vez de la prominencia, la vulnerabilidad en vez del poder, lo ordinario en vez de lo grandioso.
Esta elección revela algo esencial acerca de Dios y la humanidad.
La Encarnación nos enseña que, al contrario de las mitologías paganas, Dios no se parcializa en favor de los ricos, los poderosos o las élites dominantes. Dios es, primero que todo, un amante de la humildad, la simplicidad, la inocencia, la debilidad y la pobreza. Esto es lo que la Encarnación nos enseña acerca de Dios.
Pero al aceptar la humildad de la existencia humana, Cristo también revela algo crucial acerca del Hombre: su dignidad intrínseca en todas sus etapas y circunstancias de su vida.
Dios eligió penetrar todas las realidades concretas de la existencia humana, la monotonía de la labor diaria, la intimidad de la vida familiar, las limitaciones de nuestra corporeidad.
El valor que Dios ha dado a toda vida humana
Jesús creció, aprendió, trabajó, sufrió y murió. Experimentó el hambre y a la sed, el gozo y la tristeza, la amistad y la traición. Conoció el temor y la angustia. No fue exento de la ardua labor de la vida ordinaria. En vez de ello, la santificó y nos reveló su intrínseco e inestimable valor.
Como enseña Gaudium et Spes: “En él [Cristo], la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual” (no. 22). El Creador se ha hecho criatura y de esa manera ha santificado el orden creado. La carne no es algo que se deba superar o descartar, es el lugar mismo que Dios escogió como morada.
¿Por qué eligió Dios este camino? El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece una sencilla pero profunda respuesta: “Toda la vida de Cristo es misterio de Redención” (no. 517). Todos los aspectos de la vida humana de Cristo – su nacimiento, sus años de vida oculta, su ministerio público, su sufrimiento y su muerte – revelan su amor salvífico, y la profunda dignidad y valor de la vida humana.
El porqué Dios se hizo un niño indefenso
El contraste entre el comienzo de la vida de Cristo y su fin no podía ser más desolador. Jesús recién nacido, es la imagen perfecta de la inocencia humana. Sin embargo, colgado en una cruz daba la supremamente falsa e injusta impresión de ser el peor de los criminales. A diferencia del resto de nosotros que hemos sido concebidos “con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original” (Catecismo, no. 1250), Cristo – por ser verdadero Dios y verdadero hombre (Catecismo, no. 467) – no heredó la mancha de pecado original y por tanto nunca perdió la inocencia que poseyó desde el primer instante de su concepción.
En cada momento de su vida, no hizo otra cosa que actuar con amor puro, perfecto y sin límites. Entre los que amó con infinito amor están no solo los que se encontraban más cerca de él, su Santísima Madre, sus apóstoles, sus amigos – como Marta, María y Lázaro. No, entre los que amó con amor perfecto estuvieron sus más acérrimos “enemigos”. El amor de Cristo se extendió a los fariseos, los saduceos y los soldados romanos que lo flagelaron, lo crucificaron y le dieron muerte, y sí, también a Judas, el que lo traicionó.
Los Evangelios no podían haber sido más claros sobre este tema. A pesar de que moría de manera cruenta en la cruz, Jesús miró hacia abajo y vio a los que le estaban traspasando los clavos en sus manos, recordó a los que le habían escupido el rostro y se habían burlado de él, a los que le habían enterrado una corona de espinas en la cabeza, y pidió al Padre con infinita compasión: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Y sin embargo, a pesar de su inocencia o quizás precisamente debido a ella, Jesús sufrió el odio de los que no creyeron en él. La “cultura” de la muerte se ensañó con él. El cordero sin mancha fue arrebatado por las élites dominantes de este mundo, élites que solo piensan en términos de poder, prestigio, confort, conveniencia y riqueza. Cristo fue ejecutado porque constituía una amenaza a su estilo de vida y a su visión de la realidad. El Niño del pesebre fue clavado en una cruz por aquellos que no reconocen la dignidad intrínseca de cada persona humana y que están dispuestos a tratar al ser humano con el más brutal desdén, si ese ser humano se interpone en su camino.
La Iglesia ha hablado con toda claridad acerca de las consecuencias de este error. Una comprensión inapropiada o deficiente de la naturaleza humana – que no reconoce el derecho inviolable de todo Hombre a la vida, su dignidad intrínseca y su propósito trascendente – ha dado como resultado la difusión de incontables efectos horribles: la anticoncepción, que trata la fertilidad como si fuese una enfermedad; el aborto, que niega que el no nacido sea una persona humana; la eutanasia y el suicidio asistido que intentan redefinir la matanza de vulnerables seres humanos ya nacidos como si fuese un acto de “compasión”; la investigación y la manipulación – como la clonación – de embriones humanos que los instrumentalizan y destruyen; y el tráfico con seres humanos que los reducen a una mercancía. Estos problemas no son casos aislados. Comparten una misma raíz: la reducción de la persona humana a algo en vez de alguien, a la categoría de objeto en vez de sujeto.
La redención del orden de todo lo creado
La Navidad se pone en pie para reprender este deshumanizante reduccionismo. Dios no redimió a la humanidad desde la distancia. Cristo no nos salvó por medio de un decreto u ofreciendo una teoría. Nos salvó compartiendo nuestra condición humana y llevando sobre sus hombros todo el peso de sus vicisitudes. Si Dios consideró conveniente asumir una naturaleza humana en su etapa más vulnerable, entonces ninguna fase de la existencia humana puede ser considerada descartable.
La Encarnación también transforma la manera en enfrentamos el sufrimiento humano, la enfermedad y la muerte. Ante una cultura que a menudo ve el sufrimiento como algo sin sentido y la muerte como el peor fracaso, la Navidad proclama una lógica diferente. Dios Mismo compartió nuestro sufrimiento. No eliminó el dolor de la condición humana. Lo redimió desde dentro. En Cristo, el sufrimiento ya no es un signo de falta de dignidad, sino del amor que puede y debe ser revelado.
Ello tiene profundas implicaciones para cómo tratamos a los enfermos, los incapacitados, los ancianos y los moribundos. Su dignidad no depende de la autonomía, la productividad o el confort, sino que descansa sobre el mismo fundamento del resto de la humanidad: su unión con Cristo, quien se ha unido a cada ser humano.
Gaudium et Spes confiesa, junto a toda la Iglesia que “la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro” (no.10). En él vemos de dónde venimos y a dónde nos dirigimos. Creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27), redimidos por la sangre de Cristo y llamados a ser partícipes de la vida divina (2 Pedro 1:4), la persona humana ha sido destinada por Dios a mucho más que la supervivencia.
El Catecismo resume bellamente esta visión: “La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios; se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina” (no. 1700). La vida humana es sagrada no solo porque Dios la ha creado, sino también porque ha sido llamada a la comunión con Él.
El Niño en el pesebre y la defensa de los vulnerables
El Papa San Juan Pablo II expresó esta verdad que hemos expuesto arriba con su característica profundidad en su “Exhortación apostólica Christifideles laici sobre la vocación y misión de los laicos de la Iglesia y en el mundo”:
“La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser ‘hijo en el Hijo’ y templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre” (no. 37).
No somos accidentes de la naturaleza o configuraciones temporales de la materia. Somos hijos e hijas de Dios, templos del Espíritu Santo y herederos de la vida eterna.
Por todo esto es que la Navidad es tan valiosa para el movimiento en pro de la vida y la familia. La Navidad nos enseña con pocas palabras y con una sencilla imagen lo que le ha tomado a filósofos y moralistas decir con muchos libros. El Niño Dios en el pesebre es la afirmación más contundente de la dignidad de la vida humana en toda la historia. Esta imagen exige que defendamos la vida humana allí donde se encuentre más amenazada. También exige honrarla allí donde es más frágil.
En la silenciosa humildad del pesebre, Dios revela la sorprendente verdad acerca de nuestra humanidad: que cada ser humano, no importa cuán pequeño, débil u oculto esté, es digno de venir a este mundo. Y si ello es así, entonces vale la pena proteger, amar y servir a toda vida humana sin excepción.
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