La espiral de la muerte continúa: Francia legaliza la eutanasia (II)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional.

 

Publicado originalmente en inglés el 27 de julio del 2026 en: https://www.hli.org/2026/07/the-death-spiral-continues-france-legalizes-euthanasia/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

Hermanas religiosas se niegan a acatar la ley eutanásica de Nueva York

 

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, en Nueva York, líderes católicos también se oponen a una nueva ley de suicidio asistido.

 

La Ley de Asistencia Médica para Morir de Nueva York, firmada por la gobernadora Kathy Hochul en febrero de 2026, entrará en vigor en este mes agosto, convirtiendo a Nueva York en uno de los trece estados, además del Distrito de Columbia, en legalizar el suicidio asistido.

 

El viernes 17 de julio, cuatro órdenes religiosas católicas, las Hermanas Carmelitas para Ancianos y Enfermos, las Hermanas Dominicas de Hawthorne, las Hermanas Misioneras de San Benito y las Hermanitas de los Pobres, se unieron a la Diócesis de Rockville Centre y a otros ministerios católicos para presentar una demanda federal con el fin de bloquear la ley.

 

Las Hermanas Dominicas de Hawthorne administran una residencia de cuidados paliativos con 42 camas para enfermos terminales de escasos recursos. Según la ley de Nueva York, estas residencias deben asesorar a los pacientes terminales sobre todas sus opciones al final de la vida, que ahora incluyen el suicidio asistido, o remitirlos a alguien que lo haga, bajo pena de multas de hasta 2,000 dólares por infracción, la pérdida de sus licencias e incluso penas de cárcel por infracciones deliberadas.

 

“En nuestras residencias, llevamos el amor infinito de Cristo a los ancianos neoyorquinos de todos los orígenes y condiciones”, declaró la Madre Mary Rose Heery, priora general de las Hermanas Carmelitas. “Nos esforzamos por brindar su compasión a quienes están a nuestro cuidado, garantizando que ningún residente tenga que morir solo. Esta ley atenta contra la esencia misma de esa vocación”.

 

Mark Rienzi, del Becket Fund, la firma de abogados que defienden la libertad religiosa y que representa a las Hermanas, lo expresó con mayor contundencia: “Nueva York está obligando a personas enfermas y moribundas a considerar el suicidio en su peor momento, independientemente de si lo solicitan o no. Peor aún, está reclutando a las monjas que las cuidan para su secta suicida, bajo pena de multas exorbitantes y la ruina profesional”.

 

El obispo John Barres de Rockville Centre, cuya diócesis es también una de las entidades demandantes, manifestó su desafío en un comunicado: “Jamás nos someteremos a la cultura de la muerte de Nueva York”.

 

“El suicidio asistido es una grave falta moral que pone en riesgo de abuso y manipulación a los ancianos, las personas con discapacidad y quienes padecen enfermedades mentales y emocionales”, afirmó. “Cristo, el Divino Médico, nos llama a acompañar a los enfermos y moribundos con compasión, no a abandonarlos a la muerte. El tribunal debe proteger esta misión milenaria”.

 

 

Legalizar la eutanasia: una pendiente resbaladiza

 

Los obispos franceses tienen razón al preocuparse de que, una vez legalizada la eutanasia para casos “limitados”, pronto se extienda a casos mucho más amplios. Sobre este tema, la evidencia es contundente.

 

Canadá legalizó la eutanasia en 2016 para aquellos cuya muerte era “razonablemente previsible”. Diez años y más de cien mil muertes después, las condiciones, falsamente llamadas “estrictas”, se han flexibilizado tanto que el país está considerando permitir la eutanasia y el suicidio asistido para pacientes cuya única condición es una enfermedad mental. En otras palabras, el país está considerando ayudar a personas con tendencias suicidas a suicidarse.

 

La propuesta es tan macabra y cuenta con una oposición tan enérgica por parte del sector de la salud mental, que el propio comité parlamentario canadiense está pidiendo que se detenga.

 

Los Países Bajos, el primer país del mundo en legalizar la eutanasia, ha seguido la misma trayectoria. Cuando la ley holandesa entró en vigor en 2002, se aseguró a la población que la eutanasia se reservaría para casos de “sufrimiento insoportable” sin “ninguna perspectiva de mejoría”, con rigurosas garantías. En tres años, los médicos holandeses adoptaron el Protocolo de Groningen, un conjunto de directrices que permite a los médicos poner fin a la vida de recién nacidos gravemente enfermos. Esto no es otra cosa que infanticidio.

 

En 2020, el Tribunal Supremo Holandés autorizó la eutanasia de pacientes con demencia avanzada que ya no pueden dar su consentimiento, siempre que hayan firmado previamente una directiva anticipada. El caso que se presentó ante el tribunal fue el de una mujer de 74 años cuyo médico le administró un sedante en el café y que fue inmovilizada por su propia familia cuando pareció resistirse a la inyección letal. El médico fue absuelto.

 

Bélgica, que legalizó la eutanasia en 2002, siguió el mismo camino incluso más rápido. En una década, sus médicos practicaban la eutanasia a personas sin ninguna enfermedad terminal. Esto incluía, en 2013, a dos hermanos gemelos sordos de 45 años que estaban perdiendo la vista, y a una mujer de 44 años devastada por una serie de cirugías fallidas del mal llamado “cambio de sexo”. En 2014, Bélgica se convirtió en el primer país del mundo en eliminar todas las restricciones de edad de su ley de eutanasia, y desde entonces ha practicado la eutanasia a niños de tan solo nueve años.

 

Este patrón no admite excepciones. Ningún país que haya legalizado la eutanasia ha restringido significativamente su ley. Las “condiciones estrictas” del primer año son inevitablemente solo un preludio a un aumento cada vez mayor de muertes en los años venideros.

 

Las cifras no tardan en llegar. En los Países Bajos, las muertes por eutanasia alcanzaron las 9,958 en 2024, un aumento del diez por ciento en un solo año, y representan más de una de cada veinte muertes en el país. La eutanasia por enfermedad mental, por sí sola, aumentó de 88 casos en 2020 a 219 en 2024. En Bélgica, las muertes por eutanasia registradas oficialmente pasaron de 236 en el primer año completo de vigencia de la ley a 3,423 en 2023. Canadá, que no legalizó la eutanasia hasta 2016, ya ha superado a ambos países: más de cien mil canadienses han muerto por inyección letal en una sola década, incluyendo 16,499 solo en 2024, lo que representa el 5.1 por ciento de todas las muertes en el país.

 

Dondequiera que se legalice, la eutanasia deja de ser una práctica excepcional. Se convierte en algo habitual.

 

 

El camino para seguir: Atender a los pacientes a la manera de Cristo

 

“Cualesquiera que sean sus motivos y medios, la eutanasia directa consiste en acabar con la vida de personas discapacitadas, enfermas o moribundas”, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica. “Es moralmente inaceptable” (Nro. 2277).

 

Sin embargo, la Iglesia nunca ofrece una prohibición sin ofrecer simultáneamente una visión más completa, más humana, más a la manera de Cristo y más acorde con la dignidad humana. Dos párrafos después de condenar la eutanasia, la Iglesia señala el verdadero camino: los cuidados paliativos de excelente calidad, que el Catecismo denomina “una forma especial de caridad desinteresada” (Nro. 2279).

 

La verdadera cuestión que se plantea en Francia, Nueva York y toda sociedad tentada por esta falsa misericordia es la que formularon los obispos franceses: si la respuesta al sufrimiento es la muerte a petición, o una sociedad en la que nadie concluya que la muerte es preferible porque la atención médica, la medicina, la familia y la comunidad les han fallado.

 

La respuesta al sufrimiento no es la muerte, sino acompañar a los enfermos y moribundos con compasión cristiana, desarrollando y aplicando la mejor medicina paliativa.

 

Ese es el testimonio de las Hermanas Carmelitas al lado de los moribundos y de las Hermanitas de los Pobres desde París hasta Nueva York. Oremos por ellas, por los jueces del Consejo Constitucional de Francia y del tribunal federal de Albany, la capital del Estado de Nueva York, y sobre todo por los enfermos, los ancianos y los moribundos a quienes estas leyes exponen a un peligro mortal.

 

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