La eutanasia en Canadá: Matar en vez de tener verdadera compasión (II)
Padre Shenan J. Boquet – presidente de Vida Humana Internacional.
Publicado originalmente en inglés el 28 de abril del 2026 en: https://www.hli.org/2026/04/canadas-euthanasia-regime-efficiency-and-death-vs-true-compassion-and-dignity/
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
Nota del Editor a los lectores hispanos: Aunque este artículo se limita a la eutanasia en Canadá, no por ello deja de ser relevante para nuestra Región. El desastre que está ocurriendo respecto de este crimen en ese país norteamericano, puede repetirse en América Latina, sobre todo en los países donde ya ha sido legalizado. Me refiero a la expansión tan aterradora de la eutanasia y el suicidio asistido que ha estado ocurriendo en el país canadiense desde su legalización en 2016. Esta expansión de la eutanasia está ocurriendo ahora mismo en Colombia. ¡El Ministerio de Salud de ese país quiere expandir la eutanasia a pacientes no terminales y a menores de edad desde los 6 años! Ver Gobierno de Colombia extiende la eutanasia para pacientes no terminales y menores de edad | ACI Prensa. 3 de mayo de 2026.
El gobierno oculta estadísticas sobre la asistencia médica para morir
Mientras tanto, en Ontario, donde más de 20,000 personas han muerto bajo el régimen de “Ayuda médica para morir” (MAiD, por sus siglas en inglés) el certificado de defunción de un paciente asesinado mediante inyección letal no indicará la MAiD como causa de muerte.
Según la directiva del Colegio de Médicos y Cirujanos de Ontario y la “Lista de verificación para proveedores de MAiD” del fiscal general de Ontario, se debe registrar la enfermedad, dolencia o discapacidad que “motivó la solicitud”. No debe haber ninguna referencia a la MAiD ni a los fármacos letales suministrados.
En otras palabras, si una mujer de 65 años muere en un hospital de Ontario porque un médico le administra una combinación letal de fármacos por vía intravenosa, la causa oficial de su muerte figurará como la afección crónica que el evaluador de MAiD citó para justificar su elegibilidad. La inyección que realmente le causó la muerte no se menciona.
En otras palabras, el registro público está mintiendo.
Como señala Jonathon van Maren, gran escritor provida canadiense, quienes desean descubrir la verdad deben buscar datos en los informes que se presentan por separado a la Oficina del Jefe Médico Forense y al sistema federal de monitoreo de Salud Canadá.
Pregunta:
Pero ¿qué ocurre con aquellos canadienses a quienes se les practicó la eutanasia por ceguera parcial? ¿Por problemas de salud mental? ¿Por no poder acceder a la atención médica que necesitan? ¿Por sus discapacidades? Afirmar que estos canadienses murieron debido a estas afecciones equivale a un encubrimiento y a una mentira oficial.
Y no solo ocurre en Ontario. El Sexto Informe Anual de Salud Canadá se esfuerza por argumentar que la asistencia médica para morir no es una “causa de muerte” según los estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de Naciones Unidas. En él se indica explícitamente que “el número de casos de MAiD no debe compararse con las estadísticas de causas de muerte en Canadá para determinar la prevalencia, ni para clasificar la MAiD como causa de muerte”.
En otras palabras: lo que está sucediendo no está sucediendo realmente. Miren hacia otro lado.
Verdadera compasión, falsa compasión
La palabra “compasión” proviene del latín cum patior, “sufrir con”. Ser compasivo, literalmente, es cargar con el peso del sufrimiento ajeno.
El Buen Samaritano (Lucas 10:25-37) vendó las heridas del hombre que fue asaltado y abandonado al borde del camino, lo llevó a una posada y pagó de su propio bolsillo su atención. No lo mató por misericordia. Sufrió con él. Esta es la auténtica comprensión cristiana, y lo que la Iglesia ha enseñado desde los primeros siglos.
En Evangelium Vitae, el Papa San Juan Pablo II escribió sobre la eutanasia:
Aunque no esté motivada por un rechazo egoísta a cargar con la vida de alguien que sufre, la eutanasia debe considerarse una falsa misericordia, e incluso una inquietante “perversión” de la misma. La verdadera “compasión” implica compartir el dolor ajeno; no mata a la persona cuyo sufrimiento no podemos soportar. Además, el acto de la eutanasia resulta aún más perverso si lo llevan a cabo quienes, como los familiares, deberían tratar a un miembro de la familia con paciencia y amor, o quienes, como los médicos, deberían cuidar al enfermo incluso en las etapas terminales más dolorosas (Nro. 66).
El santo papa emitió entonces una de las tres declaraciones más solemnes de toda la encíclica, invocando, en comunión con los obispos de toda la Iglesia, la autoridad del Magisterio ordinario y universal:
En armonía con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, puesto que es la muerte deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana (Nro. 65).
El Catecismo de la Iglesia Católica es igualmente directo: “Cualesquiera que sean sus motivos y medios, la eutanasia directa consiste en acabar con la vida de personas discapacitadas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable” (Nro. 2277). En efecto, “la eutanasia intencional, cualesquiera que sean sus formas o motivos, es un asesinato. Es gravemente contraria a la dignidad de la persona humana” (Nro. 2324).
En otras palabras, Canadá se enfrenta a una disyuntiva entre una “compasión” falsa y cruel, y una compasión auténtica. La verdadera es difícil, costosa y requiere paciencia. Acompaña a los enfermos, a los ancianos y a los desesperados, y se niega a abandonarlos. Invierte en cuidados paliativos, en tratamiento psiquiátrico, en la comunidad y en la amistad.
La falsa es rápida, burocráticamente pulcra y barata. Sustituye el esfuerzo de la presencia por el simplismo criminal de una inyección letal.
Un pastor habla
Afortunadamente, la Iglesia Católica en Canadá se está pronunciando con firmeza contra esta perversión de la compasión.
El proyecto de ley C-218, presentado el año pasado por la diputada conservadora Tamara Jansen, pondría fin a la expansión prevista para 2027. Jansen lo ha calificado claramente: “Esto no es atención médica, no es compasión, es abandono”.
El 20 de abril, hace apenas unos días, el cardenal Frank Leo de Toronto escribió directamente al primer ministro Mark Carney, al ministro de Justicia Sean Fraser y a todos los diputados de la Arquidiócesis de Toronto, instándolos a apoyar el proyecto de ley C-218 y evitar la expansión de 2027. Escribió:
Les pido que elijan la vida y no la muerte; que ayuden a construir una civilización que cuide de quienes sufren y no los elimine, sino que los rodee de dignidad, compasión y amor.
El Cardenal también pidió al primer ministro e instó a todo su gobierno a redirigir sus esfuerzos hacia inversiones reales en cuidados paliativos, apoyo a la salud mental y atención a las personas marginadas, en particular a las personas mayores y a los canadienses con discapacidad.
Su carta forma parte de la campaña “Ayudar, no dañar” de la Arquidiócesis de Toronto. A mediados de abril, se habían enviado unas 5,000 cartas a los diputados a través del portal de la campaña.
La Conferencia Canadiense de Obispos Católicos, bajo el obispo William McGrattan, emitió una contundente declaración en apoyo del proyecto de ley C-218 el 5 de febrero.
“Como cristianos, nuestra respuesta a las personas con enfermedades mentales debe inspirarse en el poderoso testimonio del Buen Samaritano (Lucas 10:25-37)”, escribieron, “quien, en lugar de abandonar a su prójimo necesitado, respondió personalmente con caridad, compasión, cuidado y sacrificio, actuando como portador del amor de Dios y como signo de esperanza”.
Me enorgullece que nuestros líderes espirituales se hayan manifestado en contra de esta abominación moral planeada.
Cuidar, no matar.
La lucha en torno al régimen de eutanasia en Canadá no es más que una batalla por el alma de la medicina y por el alma de nuestra civilización. Es una batalla por la pregunta más fundamental que una sociedad puede plantearse: ¿qué les debemos a nuestros miembros más vulnerables?
La respuesta del movimiento pro-eutanasia es que les debemos una muerte rápida y eficaz. La respuesta cristiana, que es también la respuesta de la razón bien ejercida, es que les debemos amor, compañía, cuidado y la paciencia para acompañarlos en sus momentos más difíciles.
Oremos por los canadienses con enfermedades mentales a quienes la Sra. Downie pretende que el Estado mate “compasivamente”. Oremos por los médicos y enfermeros canadienses cuyas conciencias son pisoteadas por un régimen legal que trata sus convicciones como obstáculos a un falso “progreso”. Oremos por el Cardenal Leo y por todos aquellos que dicen la verdad a un alto costo personal.
Y oremos por nuestras naciones, para que podamos resistir la seductora mentira de que matar es compasión, y en cambio recuperemos la difícil, costosa e infinitamente más hermosa compasión del Señor que llevó nuestro dolor a la Cruz.
“Podemos estar seguros de esto”, nos recordó el Papa Benedicto XVI aquel domingo de febrero de 2009: “ninguna lágrima, ni de quienes sufren ni de quienes les son cercanos, se perderá ante Dios”.
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