La libertad verdadera frente al culto a la libertad falsa (II)

 

Padre Shenan J. Boquet – presidente de Vida Humana Internacional.

 

Publicado originalmente en inglés el 25 de mayo del 2026 en: https://www.hli.org/2026/05/true-freedom-vs-the-cult-of-freedom/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

La esclavitud de la falsa “libertad”

 

Sin embargo, como explicarían Santo Tomás de Aquino y San Anselmo, las contradicciones inherentes al culto a la libertad son aún más profundas.

 

En efecto, resulta profundamente paradójico que la veneración de la libertad por la libertad misma haya dado lugar a linchamientos y tribunales de derechos humanos que imponen multas exorbitantes. Pero aún más preocupante es cómo esta veneración termina esclavizando a quienes la practican.

 

Miremos a nuestro alrededor. Los frutos de la veneración de la “libertad” desvinculada de la verdad están por doquier:

 

Los matrimonios se desmoronan a un ritmo sin precedentes porque ya no creemos que el vínculo matrimonial signifique algo más allá de los sentimientos presentes de los cónyuges. Se conciben niños que luego son destruidos en el útero porque hemos declarado que la voluntad humana es soberana sobre la realidad biológica.

 

Se anima a los adolescentes a mutilar sus cuerpos sanos en busca de una «identidad de género» que la anatomía y la biología más elementales contradicen. Los ancianos y discapacitados son asesinados por sus propios médicos porque la “autonomía” así lo exige. La pornografía, la adicción, el aislamiento y la desesperación proliferan en una cultura que ha perdido la capacidad de discernir entre buenas y malas decisiones.

 

El pecado nos engaña. Nos susurra que somos libres si seguimos nuestros impulsos. Y luego se apodera de nuestra voluntad y la somete a los mismos apetitos que nos destruyen. Como bien observó el Papa San Juan Pablo II: “Cuando se pierde el sentido de Dios, también se tiende a perder el sentido del hombre” (Evangelium Vitae, Nro. 21).

 

 

Los límites de la libertad

 

Esto es lo que hace interesante el momento actual. Incluso instituciones sin compromisos católicos ni interés en defender la moral tradicional están empezando a admitir, en su propio lenguaje y a su manera, que la “libertad de hacer lo que uno quiera” no solo tiene límites, sino que, de hecho, tiende a socavar la libertad de las personas vulnerables.

 

Un ejemplo interesante de lo que quiero decir: el 28 de abril de 2026, el Centro para la Adicción y la Salud Mental (CAMH), el hospital universitario de salud mental más grande de Canadá, totalmente laico e integrado en el sistema médico canadiense presentó una carta notable al Comité Conjunto Especial del gobierno federal sobre la Asistencia Médica para Morir (MAiD, por sus siglas en inglés). La cuestión era si Canadá debía extender su régimen de MAiD a personas cuya única condición médica subyacente es una enfermedad mental.

 

El CAMH se opuso enérgicamente a esta expansión de la MAiD. Tras revisar la investigación, el CAMH informó que no existe evidencia que sugiera la posibilidad de distinguir de manera fiable entre una solicitud de asistencia médica para morir (MAiD) por parte de una persona con enfermedad mental y un impulso suicida derivado de dicha enfermedad. En palabras del propio CAMH: “Cualquier determinación de que una persona padece una enfermedad mental incurable a efectos de la MAiD sería inherentemente subjetiva y arbitraria”.

 

Esta es una admisión extraordinaria. Toda la estructura “moral” de la MAiD se basa en la premisa de que la “elección autónoma” es el valor supremo, y que el papel del médico y del Estado consiste simplemente en respetar la decisión del paciente.

 

El CAMH, sin ningún sesgo católico, afirma que, al menos en este ámbito, el marco de la autonomía se desmorona. La condición necesaria para una elección autónoma, es decir, una voluntad no condicionada por la patología es precisamente lo que la profesión médica no puede verificar de manera fiable.

 

En otras palabras, el CAMH ha reconocido que no toda “elección” es libre. Una elección distorsionada por la enfermedad, que perjudica a quien la toma, no es lo mismo que una elección realizada con claridad, que favorece la salud y la recuperación del paciente.  Algunas “libertades” son, en realidad, ataduras. Existen límites.

 

Pero si esto es cierto para la enfermedad mental, ¿por qué no lo sería en otros ámbitos?

 

¿Acaso no es cierto que la elección distorsionada por la adicción no es libre? La elección impulsada por el entusiasmo ideológico no es libre. La elección motivada por la desesperación no es libre. Una vez que admitimos que algunas elecciones no son libres porque no surgen de una voluntad humana que opera como debería, la pregunta ya no es si la libertad tiene límites, sino dónde se encuentran esos límites.

 

Y responder a esa pregunta nos exige hacer algo que el mundo moderno se esfuerza por evitar: reflexionar honestamente sobre qué es un ser humano y qué es lo que lo realiza como persona.

 

 

Aristóteles sobre la verdadera libertad

 

Hace veinticuatro siglos, Aristóteles enseñó que el bien humano, lo que él llamó eudaimonía y que suele traducirse como “felicidad” o “florecimiento”, no es la satisfacción del apetito más fuerte del momento. Es la vida vivida en armonía con la virtud, la plenitud de la verdadera esencia del ser humano.

 

Según Aristóteles, el hombre libre es aquel que se ha formado lo suficiente como para desear lo verdaderamente bueno. El esclavo no es aquel que está encadenado, sino aquel que está atado por sus propios apetitos desordenados.

 

La tradición católica acogió esta idea y la profundizó. La gracia y la virtud liberan. El pecado esclaviza. Pero el punto fundamental, que la libertad humana requiere una explicación objetiva de la naturaleza y el desarrollo humanos, no es una idea exclusivamente católica. Esta idea tiene sus orígenes en los primeros registros del pensamiento humano.

 

Lo que hace la definición moderna de libertad es eludir el trabajo arduo del pensamiento humano. Se niega a preguntarse qué es un ser humano, qué lo realiza, qué lo perjudica. Pretende que esas preguntas no tienen respuesta o que no son asunto de nadie. Luego, tras prescindir de la pregunta, afirma que somos “libres” mientras nadie se interponga en nuestro camino. Y después, paradójicamente, persigue como herejes a cualquiera que tenga una idea diferente de libertad.

 

Esto no es libertad. Es pereza intelectual y espiritual disfrazada de liberación. Y como atestiguan CAMH, Aristóteles, San Anselmo, Santo Tomás de Aquino y el Catecismo, cada uno a su manera, tarde o temprano toda investigación honesta se topa con el mismo muro. Y el muro es la realidad.

 

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