La nueva eugenesia y el síndrome de Down (II)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional

 

Publicado originalmente en inglés el 15 de junio del 2026 en: https://www.hli.org/2026/06/the-new-eugenics-eliminating-down-syndrome/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

Aclaración: No condenamos a nadie que haya caído en el grave pecado del aborto o en su práctica o promoción. Urgimos a todos, con mucho amor, a la conversión. Dios les espera en el siempre necesario Sacramento de la Confesión para darles Su infinita misericordia. La Iglesia Católica también cuenta con ministerios de reconciliación y sanación postaborto.

 

 

Tras un diagnóstico prenatal, los padres se enfrentan a una enorme presión para interrumpir el embarazo

 

Jesse tiene razón al afirmar que existe una enorme presión sobre los padres en su situación. Muchos padres que descubren que su hijo por nacer podría tener síndrome de Down informan que no solo se les ofrece la opción del aborto, sino que se les presiona mucho para que lo acepten.

 

El mensaje de los profesionales sanitarios suele ser directo: “No querrías que tu bebé sufriera, ¿verdad?”.

 

Esta expectativa es tan arraigada que incluso influye en cómo los padres anuncian un embarazo. En Dinamarca, como informó Sarah Zhang en The Atlantic, un matrimonio les dijo a amigos y familiares que habían esperado para compartir la noticia de su embarazo “porque si hubiera tenido síndrome de Down, habríamos abortado”.

 

Su hija nació con síndrome de Down de todos modos. Llamaron al director de la Asociación Danesa del Síndrome de Down, temiendo que sus seres queridos pensaran que no querían a su hija.

 

Eso es lo que la nueva eugenesia les hace a las familias: hace que la aceptación del propio hijo se sienta como algo que exige una disculpa.

 

Consideremos el caso de Leanne Constable, una madre británica a quien, a las 16 semanas de gestación, le comunicaron que existía un 95% de probabilidades de que su bebé naciera con síndrome de Down.

 

Leanne relató a Wales Online que, en la misma llamada telefónica en la que le dieron el diagnóstico, el equipo médico le sugirió la interrupción del embarazo.

 

“Me sentí fatal”, dijo. La presión continuó durante todo su embarazo. La información que recibió hacía hincapié, de forma abrumadora, en el aborto en lugar de en la atención médica.

 

Finalmente, tuvo que incluir en su historial clínico la siguiente anotación: “No hablar de la interrupción del embarazo”.

 

Su hijo, Parker, nació con síndrome de Down. La experiencia, afirma, no se parece en nada a la pesadilla que le describieron los médicos. Creó una página de Instagram para mostrar a otros padres cómo es realmente la vida con un hijo con síndrome de Down.

 

“Últimamente hay algunas caras nuevas por aquí, así que un pequeño saludo: soy Parker Tengo 4 años y vivo en el sur de Gales. En esta página comparto mi vida creciendo con síndrome de Down: los momentos reales, los hitos y todo lo demás. Gracias por estar aquí”.

 

“Quería mostrarles a los padres la vida real de una persona con síndrome de Down, con toda la alegría y el amor que conlleva”, dijo. “No digo que no haya días difíciles, pero eso puede pasar con cualquier niño. Tener un cromosoma menos no significa que valga menos”.

 

 

Las personas con síndrome de Down son las más felices del mundo

 

En los días posteriores al anuncio de Jesse y Ashley Ridgway, cientos de familias de niños con síndrome de Down inundaron las redes sociales con fotografías, videos y testimonios. Mostraron a sus hijos riendo, jugando, estudiando, graduándose y demostrando su amor.

 

Un famoso estudio revisado por pares, publicado en el American Journal of Medical Genetics, reveló que casi el 99% de los adultos con síndrome de Down afirman ser felices con sus vidas. El 97% dice estar conforme con su identidad. El 99% se siente amado por sus familias. Y el 99% expresó amor por sus familias.

 

El aborto se presenta como un acto de “misericordia” para los bebés con síndrome de Down. Pero es la destrucción de un ser humano. Todo niño merece la oportunidad de tener una vida plena y feliz, independientemente de su diagnóstico.

 

Las investigaciones demuestran consistentemente que las familias de niños con síndrome de Down reportan mayores niveles de resiliencia, empatía y cohesión. Los investigadores lo han denominado la “ventaja del síndrome de Down”.

 

Jesse Ridgway calificó el síndrome de Down como “objetivamente horrible”. Sin embargo, quienes viven con estos niños afirman ser de los seres humanos más felices del planeta, sin duda mucho más felices que quienes tan rápidamente sugieren la interrupción del embarazo a los padres que esperan un hijo con síndrome de Down.

 

A una de estas personas, una mujer islandesa con síndrome de Down, le preguntaron una vez qué le diría al mundo sobre las personas como ella. Su respuesta fue devastadora: “Solo ven el síndrome de Down. No me ven a mí”.

 

 

Cada niño es un don de Dios

 

Para quienes estamos inmersos en la lucha por proteger la vida y hemos conocido a personas nacidas con síndrome de Down, la actitud de los Ridgway resulta casi inconcebible. Como escribe un líder provida de Canadá Jonathon Van Maren:

 

Personas influyentes como Ridgway crean contenido “profundamente personal” para provocar una reacción pública y obtener clics e ingresos. Ridgway se aseguró de que millones de personas supieran de la existencia de su hijo y de que millones más estuvieran informadas. Dado que estos niños suelen ser destruidos en silencio, no esperaba una reacción negativa. Que esta se produjera es un sombrío consuelo en esta historia. Que la destrucción de un niño con síndrome de Down haya provocado una reacción tan negativa generalizada no solo es positivo, sino profundamente necesario. Indica que nuestra inmunidad pública frente a la eugenesia aún no ha desaparecido, pero, al igual que las personas con síndrome de Down, pronto podría desaparecer por completo.

 

Al mismo tiempo, la conmoción de Jesse y Ashley Ridgway ante la reacción negativa demuestra lo profundamente arraigados que están en una cultura que, durante décadas, les ha inculcado la idea de que los niños son objetos que se eligen o se desechan según la preferencia de los padres. En cierto modo, es fácil sentir lástima por ellos. De alguna manera, apenas podían concebir la posibilidad de que la gente no aprobara su decisión.

 

Viven inmersos en un mundo donde la “elección” se ha elevado como el principio moral supremo, donde la voluntad autónoma del individuo prevalece sobre cualquier otra consideración, incluido el derecho de un niño inocente a vivir. Y estuvieron expuestos a mensajes que resaltaban la supuesta pesadilla que enfrentarían si traían a su hijo al mundo. Médicos, consejeros, amigos y el peso acumulado de las expectativas culturales les dijeron que lo que hicieron fue responsable, compasivo e incluso valiente.

 

 

Un llamado a defender a los más vulnerables

 

Frente a esta “cultura” de la muerte, la Iglesia Católica ha insistido en la dignidad de toda vida humana. El Catecismo enseña que “la vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción” (Nro. 2270).

 

Todo ser humano, independientemente de sus capacidades o discapacidades, posee una dignidad infinita porque ha sido creado a imagen de Dios. Esa dignidad es un hecho inscrito en la estructura misma de la creación y no se doblega ante cálculos de eficiencia, preferencias de estilo de vida ni razonamientos utilitarios de ningún tipo.

 

Ante esta terrible “conspiración contra la vida”, es fundamental que apoyemos a organizaciones como la Sociedad Nacional del Síndrome de Down, que atienden a niños y adultos con síndrome de Down.

 

Y debemos apoyar a esas familias que inundaron las redes sociales con su alegría y su amor, con la esperanza de que sigan siendo una luz en un mundo demasiado acostumbrado a la oscuridad. Oremos también por Jesse y Ashley Ridgway, para que algún día comprendan el precio de su decisión y se conviertan en defensores de la vida.

 

Oremos también por el alma de su hijo, a quien nunca se le dio un nombre, a quien nunca abrazarán sus padres, pero a quien Dios conoció desde el momento de su concepción y que posee, a los ojos de su Creador, una dignidad que ningún juicio humano puede arrebatarle.

 

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