La población de EEUU se acerca al crecimiento cero: Un peligro para su futuro (II)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente de Vida Humana Internacional
Publicado originalmente el 20 de abril del 2026 en: https://www.hli.org/2026/04/u-s-population-moves-ever-closer-to-zero-growth-a-depopulated-future/
El Papa San Pablo VI previó esta realidad
El 25 de julio de 1968, el Papa San Pablo VI promulgó la ahora famosa (y notoriamente controvertida) encíclica Humanae Vitae. En ese documento, el santo Papa reafirmó la enseñanza constante de la Iglesia de que el acto matrimonial, por su propia naturaleza, une dos significados inseparables: la unión amorosa del esposo y la esposa, y la apertura al don de la nueva vida.
La reacción, como todos sabemos, fue furiosa. La encíclica fue denunciada como cruel, represiva y ajena a la vida moderna. Muchos teólogos discreparon públicamente. Los obispos titubearon o guardaron silencio. Y en tan solo unos pocos años, la revolución anticonceptiva se convirtió en un hecho cultural establecido en todo el mundo occidental. Trágicamente, sin embargo, muy pocas personas se molestaron en leer lo que el pontífice había escrito. En el párrafo 17 de Humanae Vitae, el Papa San Pablo VI expuso, con notable perspicacia, lo que sucedería si se separaran los significados unitivo y procreativo del acto matrimonial.
En primer lugar, advirtió que la anticoncepción abriría “un camino amplio y fácil” hacia la infidelidad conyugal y una degradación general de los estándares morales. En segundo lugar, advirtió que los hombres acostumbrados a la práctica anticonceptiva perderían el respeto por las mujeres y las reducirían a meros instrumentos de placer egoísta. Y luego, en su advertencia más escalofriante, previó el peligro de que el poder de la anticoncepción cayera en manos de gobiernos hostiles a la ley moral.
¿Quién culpará a un gobierno que, en su intento por resolver los problemas que afectan a todo un país, recurrir a las mismas medidas que las personas casadas consideran lícitas? ¿Quién impedirá que las autoridades favorezcan los métodos anticonceptivos que consideren más eficaces? Si lo consideran necesario, incluso podrían imponer su uso a toda la población (Nro. 17).
Más de cinco décadas después, todas estas advertencias se han cumplido. La fidelidad conyugal se ha derrumbado. La pornografía ha industrializado la reducción de mujeres (y hombres y ¡menores de edad!) a meros objetos. Y los gobiernos de todo el mundo, incluido, de forma especialmente notoria, el gobierno estadounidense, como señalé en mi reciente columna sobre el infame Informe Kissinger, han dedicado décadas a coaccionar, esterilizar y presionar a sus propios ciudadanos (y a los de naciones más pobres) para que tengan menos hijos.
¡Menuda “sabiduría” la de los teólogos disidentes de 1968!
Cuando los niños se convierten en el enemigo
Veintisiete años después de Humanae Vitae, el Papa San Juan Pablo II escribió su gran encíclica Evangelium vitae, en la que nombró lo que estaba sucediendo: la “cultura de la muerte”. En ese documento, el Santo Padre mostró que la anticoncepción y el aborto son “frutos del mismo árbol”. Ambos, escribió, tienen su origen en “una mentalidad hedonista que no está dispuesta a asumir la responsabilidad en materia de sexualidad” y en “un concepto egocéntrico de libertad, que considera la procreación como un obstáculo para la realización personal”.
No estamos condenando a nadie que haya caído en estos graves pecados, sino llamando con urgencia pero con mucho amor a una sincera conversión. Dios es infinitamente bueno y misericordioso, y no quiere la muerte eterna del pecador, sino que se convierta y viva (ver Ezequiel 18:23).
Y luego, en un pasaje que debería helar la sangre de todo lector, escribió:
La vida que podría resultar de un encuentro sexual se convierte así en un enemigo que debe evitarse a toda costa, y el aborto se convierte en la única respuesta decisiva posible ante el fracaso de la anticoncepción (Nro. 13).
El Padre Paul Marx ya lo había señalado antes: “En todos los países, sin excepción, la anticoncepción ha conducido al aborto, y una vez al aborto, al infanticidio, preludio de la eutanasia”. En otras palabras, lo que vemos en las cifras de los CDC es el resultado final y predecible de una cultura a la que se le ha enseñado durante dos generaciones a tratar su propia fertilidad como un defecto que debe ser neutralizado. El instinto que susurra “ahora no, todavía no, este no” a un joven matrimonio que elige la anticoncepción es el mismo instinto que susurra “acabar con esto” en la sala de espera de un centro de abortos.
Un hijo es siempre un don
Frente a este sombrío panorama, la Iglesia Católica ofrece una visión radicalmente diferente. Un hijo, enseña la Iglesia, no es una carga. Un hijo no es un accesorio. Un hijo no es un obstáculo, ni un bien de lujo, ni un lamentable efecto secundario del matrimonio. Un hijo es un don, de hecho, el don supremo del matrimonio. Como tan bellamente lo expresó el Papa San Juan Pablo II en Familiaris Consortio:
El amor conyugal no termina en el matrimonio, porque los capacita para el mayor don posible, el don por el cual se convierten en colaboradores de Dios para dar vida a una nueva persona humana (Nro. 14).
El Catecismo de la Iglesia Católica expresa esta misma verdad aún más directamente: “Un hijo no es algo que se le deba a uno, sino un don, el don supremo del matrimonio, es una persona humana” (Nro. 2378). En otras palabras, una cultura que aprende a recibir a los hijos como dones de Dios tenderá a acogerlos con los brazos abiertos. Una cultura que aprende a evaluar a los hijos como costos o inconvenientes que se sopesan frente a la carrera profesional, el ocio, las finanzas o la comodidad, tenderá a rechazarlos.
La esperanza comienza en el hogar
¿Qué se puede hacer, entonces? Ante cifras tan alarmantes, la tentación es recurrir primero a las políticas gubernamentales: créditos fiscales, subsidios por natalidad, permisos familiares remunerados, reformas en materia de vivienda.
Todas estas medidas pueden ayudar, y una política seria a favor de la familia debe impulsarlas. Sin embargo, ningún programa gubernamental puede generar el deseo de tener hijos. Hungría, China y los países nórdicos han intentado con generosos incentivos pronatalistas, pero hasta ahora ninguno ha logrado revertir la tendencia.
Esto se debe a que el deseo de tener hijos no es, en última instancia, una preferencia económica. Como no me canso de recalcar, es fruto de la esperanza: la esperanza de que el mundo es bueno, de que la vida merece la pena ser vivida, de que Dios mismo es el Autor de nuestra existencia y el Padre amoroso de nuestros hijos. Y estas convicciones no se pueden fomentar con incentivos fiscales. Se forman en la familia mucho antes de que aparezcan en cualquier encuesta gubernamental sobre intenciones de natalidad.
Por eso, la labor pronatalista más importante de este país no se lleva a cabo en Washington, D.C., sino en los hogares de aquellos matrimonios católicos que, frente a una cultura implacablemente hostil, acogen con valentía a los niños, los crían en la fe y dan testimonio público de la alegría de la vida familiar.
Todo comienza con una joven pareja que, en sus votos matrimoniales, expresa con sinceridad su disposición a tener hijos. Comienza con una esposa que, frente a la burla constante de la sociedad, disfruta con serenidad de la maternidad. Comienza con un párroco que enseña la Humanae vitae con sencillez y amor, en lugar de ocultarla. Comienza con abuelos que rezan por sus hijos y nietos, mencionándolos por su nombre, cada día, para que tengan el valor de acoger la vida. En definitiva, comienza con cada uno de nosotros.
En 1968, el Papa San Pablo VI fue tratado como una reliquia. El informe del CDC del 9 de abril es, entre otras cosas, su reivindicación. Oremos por nuestros matrimonios jóvenes, para que reciban a sus hijos con alegría y confianza, incluso en una cultura que los ridiculiza. Oremos por nuestros pastores, para que proclamen la verdad sobre el matrimonio, la familia y el don de la vida con sencillez y amor. Y oremos por nuestra nación, para que recupere la esperanza en la que se basa toda civilización, antes de que sea demasiado tarde.
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