La Santísima Virgen María y el valor incomparable de la vida humana
Padre Shenan J. Boquet – presidente de Vida Humana Internacional.
Publicado originalmente en inglés el 8 de diciembre del 2025 en: https://www.hli.org/2025/12/the-blessed-virgin-mary-and-the-incomparable-value-of-human-life/
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
Escuchen y dejen que penetre en sus corazones, mis queridos pequeños. Que nada los desanime, que nada los deprima; que nada altere su corazón ni su semblante. No teman la aflicción, la ansiedad ni el dolor. ¿No estoy aquí, su Madre? ¿No están entre los pliegues de mi manto, entre mis brazos? ¿Hay algo más que necesiten?
Nuestra Señora de Guadalupe a San Juan Diego
Esta semana celebramos dos grandes festividades marianas, ambas de inmenso significado para el movimiento provida. El lunes 8 de diciembre fue la Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Y hoy viernes, 12 de diciembre, celebramos la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe.
En la vida de la Santísima Virgen María, vemos a Dios revelarnos mucho de lo que la Iglesia nos enseña sobre el valor incomparable de la vida humana. La doctrina de la Inmaculada Concepción de María declara que María, desde el primer instante de su concepción en el vientre de su madre, fue preservada de toda mancha de pecado original (Catecismo de la Iglesia Católica, Nros. 490-493).
El hecho de que María fuera preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción subraya la realidad de que María fue una persona humana desde el primer instante de su concepción y no simplemente una “masa de tejido”.
Los defensores de la “cultura” de la muerte consideran al niño humano en el vientre materno como una “masa de tejido” sin valor que espera ser valorado como persona humana en algún momento posterior. Este equivocado juicio también se aplica a otros considerados “menos dignos” del respeto humano, como los ancianos, los moribundos o los enfermos incurables.
La vida de Nuestra Madre del Cielo nos recuerda la dignidad inherente de cada persona
Sin embargo, en la vida de la Santísima Virgen encontramos dos momentos en particular que repudian con la mayor firmeza esta narrativa antivida. Está, por supuesto, el momento en que María visitó a su prima Santa Isabel, y el bebé no nacido San Juan Bautista saltó en el vientre de Isabel. Así, vemos que un bebé que todavía no había nacido fue la primera persona, aparte de María y San José, en reconocer a ese Dios encarnado.
Pero mucho antes de que María pronunciara su fe al Arcángel San Gabriel, convirtiéndose en la Madre de Dios, fue dotada de gracias especiales al ser concebida inmaculadamente en el vientre de su madre, Santa Ana, en atención a los méritos de Cristo.
Resulta desconcertante pensar que, desde una perspectiva legal, María, San Juan Bautista y Jesús, aún no nacidos, no estarían protegidos en nuestra sociedad. Y, sin embargo, si bien Cristo y María tienen categorías propias, como Dios encarnado y el único ser humano concebido sin pecado original, todo ser humano no nacido posee dignidad intrínseca y el derecho fundamental a la vida, como ellos.
De hecho, al destacar la inmensa dignidad que la Virgen María poseyó desde el momento de su concepción, la Iglesia atrae a todos los seres humanos por nacer bajo la influencia y protección de su manto. No todos los seres humanos son concebidos inmaculadamente.
Pero que una niña no nacida pudiera ser concebida de esta manera, preservada de la condición que afecta a todos los demás seres humanos, para que fuera apta para participar de manera especial en la salvación de toda la raza humana, subraya el gran valor de cada ser humano, desde el momento de su concepción.
Nuestra Señora de Guadalupe: Patrona de los niños por nacer
Si bien Nuestra Santísima Madre se ha aparecido a muchas personas a lo largo de la historia, podría decirse que ninguna aparición refleja con tanta fuerza la dignidad intrínseca de la vida humana como Nuestra Señora de Guadalupe.
En la famosa imagen milagrosamente impresa en la tilma, María aparece embarazada del Niño Jesús.
Nuestra Señora llegó al pueblo azteca, una sociedad que practicaba sacrificios humanos a escala industrial. Pero tras su llegada y dejar su imagen, los contravalores y la cosmovisión de la gente cambiaron. Ocho años después de su aparición, más de ocho millones de personas se convirtieron y recibieron el bautismo. Sus corazones se convirtieron al Dios verdadero y la práctica de los sacrificios humanos fue abolida.
Bajo la mirada maternal de Nuestra Señora, que ama a todo ser humano, incluidos los más débiles y vulnerables, los aztecas descubrieron que ya no podían tratar a sus semejantes con tanto desdén. Inspirados por un encuentro con el amor incondicional de la única Madre perfecta de la historia, se alejaron de una cosmovisión impregnada de desesperación.
La cultura azteca pasó de la desesperación a la esperanza, de la convicción de que los dioses estaban en su contra a la convicción de que el Dios verdadero, el único Dios, el Creador de toda vida, los amaba y se preocupaba tanto por ellos que se convirtió en uno de ellos.
Este cambio fue tan radical y completo que los países latinoamericanos más devotos de Nuestra Señora de Guadalupe se encuentran entre los que más se han resistido a la influencia de la “cultura” de la muerte. Aun así, muchas naciones latinoamericanas son fundamentalmente provida, protegiendo la vida de los niños por nacer y resistiendo el nuevo movimiento hacia el suicidio asistido y la eutanasia.
La “cultura” de la muerte se nutre del miedo y la desesperación
Para los aztecas, como para muchos hoy en día, la desesperación desempeña un papel clave en la toma de decisiones, lo que lleva a opciones como la anticoncepción, el aborto, la eutanasia, etc.
Si bien hay activistas proaborto que son verdaderamente “pro” aborto, en mi experiencia, es raro que las mujeres embarazadas busquen el aborto porque realmente crean que terminar con la vida de su hijo por nacer es algo positivo.
En la gran mayoría de los casos, actúan por miedo, a veces incluso llegan a la desesperación absoluta. De igual manera, es raro que personas mayores o enfermas opten por terminar con su vida mediante el suicidio asistido o la eutanasia porque crean que es lo “correcto”. La mayoría de las veces, se debe a que están consumidas por el miedo: miedo al sufrimiento, a lo desconocido, a ser una carga para los demás, a no poder pagar la atención médica que les permitiría vivir con dignidad, miedo a vivir con una discapacidad y a no recibir el apoyo que necesitan de su familia, amigos o la comunidad en general.
Aunque exista una aversión moral hacia tal mal, su desesperación les hace sentir que no tienen más opción que elegir la muerte. La “cultura” de la muerte se alimenta de esto, lo cual se ve exacerbado por el rechazo a Dios y a Su ley moral.
Como escribió el Papa San Juan Pablo II en Evangelium Vitae, “existe en la cultura contemporánea una cierta actitud prometeica que lleva a las personas a creer que pueden controlar la vida y la muerte tomando las decisiones sobre ellas en sus propias manos. Lo que realmente sucede en este caso es que el individuo se ve abrumado y aplastado por una muerte privada de toda perspectiva de sentido y esperanza” (Nro. 15).
La esperanza: El antídoto sobrenatural
La palabra clave en esa enseñanza de San Juan Pablo II es “esperanza”.
Abandonados a su suerte, a los seres humanos les resulta difícil vivir con esperanza. Es fácil, demasiado fácil; en nuestro mundo caído, tan lleno de sufrimiento, muerte y malevolencia, perder de vista las realidades de la bondad, la verdad y la belleza.
Una mujer joven que se enfrenta a un embarazo no planeado o que se encuentra embarazada contra su voluntad, puede sentir que no puede soportar la carga de una nueva vida humana. Y, en cierto modo, no se equivoca.
El peso de la maternidad es demasiado para que cualquier ser humano lo soporte solo. En el plano natural, las madres deben estar rodeadas del amor y el cuidado de familiares y amigos, y protegidas por el amor abnegado del padre de su hijo. En comunidades funcionales, un embarazo no planeado puede causar angustia, pero no es motivo de desesperación.
Sin embargo, ni siquiera la ayuda de una comunidad amorosa o un cónyuge es suficiente para contener la desesperación. Se necesita algo más: una perspectiva sobrenatural que reconozca que todo es una gracia, incluso los momentos de gran sufrimiento.
“Todas las cosas obran para bien de quienes aman a Dios”, escribió San Pablo en Romanos 8:28. Tal actitud ante el sufrimiento y la persecución supera la capacidad natural de la persona humana. Es una gracia, otorgada a quienes humildemente aceptan todo como proveniente de las manos de Dios, confiando en que al final todo saldrá bien.
María: Un modelo de esperanza
Ningún ser humano vivió la esperanza con tanta perfección, ni nos la representó con tanta perfección, como la Santísima Virgen María. Aun sabiendo el gran sufrimiento que enfrentaría si accedía a la petición del Arcángel San Gabriel de convertirse en la madre de Cristo, aceptó la voluntad de Dios.
¿Qué madre, sabiendo que su hijo sería asesinado de la forma más brutal, seguiría adelante con confianza? Solo una madre llena de gracia, que actúa desde una perspectiva sobrenatural, confía en el poder superior del amor, incluso cuando parece que el mal triunfa.
La Virgen María es el modelo de todas las madres. Cada madre es una especie de María. No hay maternidad sin sufrimiento. En muchos sentidos, amar es sufrir, porque amar es invertir la propia felicidad en el bienestar de otro, quien inevitablemente, en mayor o menor medida, sufrirá. Y, sin embargo, quienes abren su corazón a ese amor, descubrirán que en él se encuentran profundidades de significado que no están disponibles para quienes cierran sus corazones por miedo.
Oremos a Nuestra Santísima Madre por una Cultura de la Vida
Lamentablemente, hoy en día el atentado contra la vida humana en México (y en todo el continente americano) ha regresado. México, y varias otras naciones sudamericanas, han dado la espalda al mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe. Han reintroducido el espíritu sangriento de la religión azteca en su civilización.
La mirada amorosa de una madre embarazada de su propio hijo ya no es el modelo sobre el que construyen su sociedad. En cambio, se han dejado llevar por el miedo, rechazando su propia capacidad de responder creativamente a los desafíos que presenta la nueva vida y optando por la salida fácil, legalizando el asesinato de los no nacidos.
Esto no significa de ningún modo que estemos condenando a las personas que, de una forma u otra, han caído en el grave pecado del aborto. A esas personas las urgimos a recurrir a la infinita misericordia de Dios, disponible, en el caso de los católicos, al siempre necesario Sacramento de la Confesión. La Iglesia Católica también cuenta con ministerios de sanación y reconciliación postaborto. ¡Que nadie pierda la esperanza!
La necesidad de construir una Cultura de la Vida requerirá tiempo y paciencia. Hemos encontrado y seguiremos encontrando resistencia; sin embargo, no podemos abandonar a los niños no nacidos ni a sus madres y padres. Las leyes pueden negarse a reconocer la dignidad y el derecho a la vida del niño en el vientre materno (o incluso al final de su vida), pero no podemos ser indiferentes a la realidad.
Así como Nuestra Santísima Madre de Guadalupe inspiró un cambio cultural radical hace varios siglos en Latinoamérica, es al mirar a Nuestra Señora, quien nos guía hacia su Hijo, que recibiremos nuevamente la valentía y la gracia para vivir con esperanza y difundir el mensaje de la esperanza.
Nuestra sociedad desesperanzada, que ha dado la espalda a la vida de tantas maneras, necesita sentir el amor de una verdadera madre: una madre que nunca nos abandone y que nos enseñó la capacidad casi infinita del amor para perseverar en medio de las dificultades y, así, compartir el don de la vida y la salvación.
Que estas dos festividades de esta semana renueven en nuestros corazones el amor por nuestra Santísima Madre y nos llenen de esperanza, incluso cuando todo parezca desesperanzado e irreparable. Si los aztecas asesinos pudieron convertirse tan rápidamente al Evangelio de la Vida gracias a la visita y el mensaje de nuestra Santísima Madre, nuestra propia sociedad ciertamente no está fuera de su alcance. _____________
