La Sierva del Señor (I)

 

Adolfo J. Castañeda, MA, STL

Director de Educación

Vida Humana Internacional

www.vidahumana.org

 

 

Introducción

 

Se acercan las Navidades. Se acaba el Adviento, tiempo de preparación para celebrar el Nacimiento de Jesús, Nuestro Señor.  ¿Qué mejor preparación que imitar a María, Nuestra Madre? ¿Y qué mejor virtud mariana que la de ser servidores del Señor y del prójimo como ella lo fue de manera tan eminente?

 

Cuando el Arcángel San Gabriel anunció a María que Dios quería que fuese la Madre de Su Hijo, ella respondió: “Yo soy la esclava (o sierva) del Señor, hágase en mí (fiat) según tu palabra” (Lucas 1:38). La palabra “esclava” también se puede traducir como “sierva”. Preferimos este segundo término, porque describe con más amplitud la identidad de María como servidora del Señor y de todos. Esto es lo que quiero enfatizar y proponer como modelo a seguir para todos nosotros, ya que amar es servir. Y el amor es la virtud más importante (1 Corintios 13:13).

 

Como estamos muy cerca de la Navidad, quisiera primero reflexionar sobre todo el pasaje de la Anunciación en Lucas 1:26-49. Me limitaré a los puntos más importantes:

 

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,

27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

28 Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

29 Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;

31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

32 El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;

33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»

34 María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»

35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.

36 Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril,

37porque ninguna cosa es imposible para Dios.»

38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.

39 En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá;

40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

41 Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo;

42 y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno;

43 y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?

44 Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.

45 ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

46 Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor

47 y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador

48 porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

49 porque ha hecho en mí favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su nombre.

 

 

Dios revela a María el misterio de la Santísima Trinidad

 

Esta es la primera vez en la Biblia en que Dios revela explícitamente su misterio trinitario: un solo Dios en Tres Personas Divinas. Claro, esta revelación fue hecha solamente de manera privada a María. La revelación pública tendrá lugar unos treinta años después durante el Bautismo de Jesús de manos de San Juan Bautista en Mateo 3:16-17 y paralelos en Marcos 1:9-11 y Lucas 3:21-22. En esta escena apenas el Hijo es bautizado descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se oyó la voz del Padre que dijo: “Este es mi Hijo muy amado en quien yo me complazco”.

 

En el caso de María, San Gabriel le dijo que Jesús “será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (ver arriba los versículos 32 y 33). En el Antiguo Testamento “el Altísimo” se refiere evidentemente a Dios. Y aquí evidentemente también se refiere a Dios Padre, porque el Arcángel dijo “será llamado Hijo del Altísimo”. De manera que en estos dos versículos se encuentra la revelación del Padre y del Hijo.

 

Luego, en el versículo 35, San Gabriel responde a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”.

 

No cabe la menor duda, en este pasaje, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo aparecen como tres distintas Personas Divinas y, al mismo tiempo, como un solo Dios.

 

Sin embargo, la elaboración del dogma completo de la Santísima Trinidad tomó bastante tiempo en ser desarrollado y precisado. Los Padres de la Iglesia fueron los santos teólogos que, reflexionando con mucho amor y esfuerzo intelectual sobre la Biblia y la Sagrada Tradición, dieron forma definitiva a este precioso dogma durante los primeros siglos de la existencia de la Iglesia. Este dogma es central y único del cristianismo, como lo es también el dogma de la Encarnación, cuando el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros (ver Juan 1:14).

 

María, como fue su santa y humilde costumbre durante toda su vida, “guardó todas estas cosas en su corazón” (ver Lucas 1:19 y 2:51). En su profundísima humildad, María dejó que Dios se encargara de revelar a su debido tiempo y poco a poco este maravilloso misterio de la vida trinitaria e íntima de Dios.

 

 

Dios revela a María que Jesús será el rey definitivo descendiente de David

 

Este tema de la dinastía de David es muy importante para resaltar la humildad y el espíritu de servicio de María. No parece que haya conexión entre Jesús descendiente de David y María como la Sierva del Señor. Pero sí la hay. Pido al lector un poquito de paciencia y ya lo verá. 😊

 

El Arcángel dijo a María: “Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob [= Israel] por los siglos y su reino no tendrá fin” (otra vez los versículos 32 y 33). Esta profecía fue dada a David por el profeta Natán en 2 Samuel 7:16.

 

Esto ocurrió entre el año 1000 y el año 970 AC. Lamentablemente, después de la muerte del rey Salomón (hijo de David) en el año 930, el reino se dividió en dos: Judá al sur (tribu de David), con su capital en Jerusalén; e Israel al norte (con su capital en Samaria). Hacia el año 722 AC, Israel fue destruida por el Imperio Asirio por sus pecados de idolatría e injusticia contra los pobres. Menos de dos siglos más tarde, en el año 587 AC, el Imperio Babilonio que había derrotado a los asirios, destruyó Jerusalén y el Templo. El rey Nabucodonosor se llevó cautivos a Babilonia a los líderes de Judá, incluyendo a su último rey legítimo descendiente de David, dejando a los sobrevivientes de su matanza en un Judá desolado. Todo esto ocurrió por los pecados de Judá, iguales a los del reino de Israel: idolatría e injusticia contra los pobres.

 

Pero Dios se apiadó de Su Pueblo arrepentido. En el año 517 AC, el Imperio Persa, que había derrotado a los babilonios o caldeos, permitió a los judíos regresar a Judá y reconstruir la ciudad y el Templo. Sin embargo, a pesar de su benevolencia, el Imperio Persa no permitió que Judá tuviera reyes sino gobernadores, ya que eran sus vasallos.

 

Parecía que la dinastía del rey David había terminado y que la profecía de Dios a través del profeta Natán no se había cumplido. Pero el Pueblo de Dios se aferró a esta profecía y a la de otros profetas después del exilio. Uno de ellos fue el profeta Zacarías, especialmente los capítulos 9 al 14 de su libro.

 

Este profeta, que ejerció su ministerio hacia el año 519 AC, enfatizó la importancia de continuar restaurando Jerusalén y el Templo, el centro de la vida religiosa del Pueblo de Dios. Los que habían regresado se sentían desanimados por el estado de desolación en que encontraron al país, por la enorme tarea de reconstruirlo todo y por los ataques de sus vecinos, especialmente los samaritanos, que no querían verlos triunfar, para poder aprovecharse de sus tierras.

 

Ante toda esta desolación y peligro cobró con más fuerza todavía las profecías de Zacarías acerca de las promesas de Dios. Dios prometía prosperidad y triunfo a Su Pueblo. Pero más todavía, les prometió que la dinastía de David continuaría con el envío de un nuevo rey Mesías. Esta palabra hebrea significa “ungido” y en el griego del Nuevo Testamento se traduce con  la palabra o título de Cristo. Cristo es el Ungido de Dios con el Espíritu Santo.

 

Pero, y esta es la clave, el Mesías iba a ser un siervo de Dios humilde y sufriente. En efecto, Zacarías 9:9 predijo: “¡Alégrate mucho, ciudad de Sión! ¡Canta de alegría, ciudad de Jerusalén! Tu rey viene a ti, justo y victorioso, pero humilde, montado en un burro, en un burrito, cría de una burra.

 

¿No le suena esto familiar, querido lector? ¿Cómo entró Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa? ¡Humildemente y montado un burrito! Véase todo el pasaje de Mateo 21:1-11, donde Mateo cita precisamente a Zacarías 9:9. Es significativo también que el pueblo judío humilde que recibió a Jesús gritara: “¡Gloria al Hijo del rey David!” (Mateo 21:9). La gente sencilla reconocía en Jesús, a pesar de su apariencia nada gloriosa según los parámetros de este mundo, al Mesías y rey descendiente de David, tal y como los profetas lo habían predicho.

 

Pero eso no es todo. Los profetas también habían predicho el carácter sufriente del Siervo de Yahveh. Incluso que este siervo iba a ser rechazado y muerto por el mismo Pueblo de Dios y por los paganos, pero que luego se iban a arrepentir. Zacarías 12:10 predijo:

 

“Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán con amargura como se llora amargamente a un primogénito”.

 

Evidentemente la palabra “traspasaron” se refiere a la muerte de Cristo en la cruz. Pero Zacarías no es el único profeta que predijo la muerte violenta de Jesús. El cuarto cántico acerca del Siervo de Yahveh del profeta Isaías (52:13-53:12) nos da una descripción detallada de la pasión, muerte y resurrección de Jesús unos 700 años antes de que esto ocurriera.

María y los cuatro cánticos del Siervo humilde y sufriente de Yahveh

 

Cuando María dijo a San Gabriel: “He aquí la esclava (sierva) del Señor”, en mi opinión se estaba identificando con antelación a la figura e identidad de su Hijo. Gracias a los méritos de Cristo María fue salvada del pecado original. “Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador” (Lucas 1:47). Pero también recibió la gracia de parte de Cristo de ser la Sierva humilde y sufriente del Señor.

 

María sirvió a todos los que estaban a su alcance durante toda su vida, especialmente a Jesús y a San José. María también estuvo al pie de la cruz sufriendo terriblemente en su corazón a causa de las torturas y la terrible muerte en cruz de su hijo Jesús (Juan 19:25). María, al estar en pie ante su Hijo en la cruz perdonó a los asesinos de Jesús y ofreció su inmenso sufrimiento maternal por la salvación del mundo. Ella es la persona humana que más cooperó con el plan redentor de Dios. Todo ello y mucho más la identifican, por los méritos de su Hijo y a imitación de él, con la figura del Siervo humilde y sufriente de Yahveh. Esta descripción se encuentra en los cuatro cánticos del Siervo de Yahveh de Isaías 42:1-7; 49:1-7; 50:4-10 y el que ya citamos: 52:13-53:12, que predice su pasión. Invito al lector a leer y reflexionar sobre estos cánticos.

 

María pudo ser la Sierva humilde y sufriente de Dios porque Dios la llenó de Su gracia desde el momento mismo de su concepción en el seno de su madre Santa Ana (Catecismo, nos. 490-493). El Arcángel San Gabriel la saludó con el título de “llena de gracia” (Lucas 1:28). Si una persona está llena de gracia, entonces no tiene ningún pecado. La Iglesia, reflexionando sobre esta revelación bíblica y también apoyada en la Sagrada Tradición, declaró dogma de fe que María fue concebida sin pecado original y también desde ese momento fue llena de gracia. María cooperó perfectamente durante toda su vida con esa gracia que Dios le dio en atención a los méritos de Cristo y nunca pecó (ibid.).

 

Ha habido otras muchas personas santas, tanto en la Biblia como a través de la historia de la salvación que han sido llenas del Espíritu Santo. Por ejemplo, la misma Santa Isabel, como veremos, fue llena del Espíritu Santo cuando María fue a su casa para ayudarla durante los últimos tres meses de su embarazo (Lucas 1:41).

 

Pero estar llena de gracia es un paso más, es un efecto más profundo del Espíritu Santo en el interior de la persona humana. La gracia que recibimos en el Bautismo fue el efecto más poderoso que puede causar el Espíritu Santo. Ello es así porque, como sabemos, el Bautismo nos borró por completo del pecado original y nos confirió la gracia santificante. Esa es la gracia justificante, la que nos hace completamente justos y santos. No hay nada que impida a un recién bautizado que muera en el siguiente momento de su vida que vaya directamente al Cielo. Así de poderoso es el Bautismo. Ver Catecismo 1263.

 

Por lo tanto María quedó perfectamente equipada para ser, no solo la Madre de Dios, sino también la Sierva de Dios. María no solo vivió sin pecado, sino que amó y sirvió perfectamente a todos, empezando por su Hijo y por San José y siguiendo con la Iglesia y el resto de la humanidad. María continúa sirviéndonos a todos, como lo hace su propio Hijo y a imitación de Él. María y su castísimo esposo San José, así como todos los santos y ángeles del Cielo, están siempre sirviéndonos con las gracias que nos da Cristo en los sacramentos. María también nos escucha y atiende cuando rezamos el Rosario y otras devociones marianas. María y San José, con Jesús en el centro, siempre están con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

 

María fue la persona humana que más se identificó con el carácter de siervo de su Hijo Jesús. En una ocasión los discípulos egoístamente discutían entre sí quién de ellos era el más grande. Jesús los tomó aparte y les dijo: “El que quiera ser grande entre ustedes, deberá servir a los demás… Porque ni aún el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida como precio por la libertad de muchos” (Marcos 10:43, 35). La palabra “muchos” no quiere decir que Cristo vino por muchas personas pero no otras. Significa todos, porque Jesús es el uno que no necesita salvación, mientras que el resto de la humanidad (los muchos) sí la necesitan (ver Catecismo 605). María, a imitación de su Hijo, se colocó en el último lugar, para así poder servir a todos. No debe sorprender entonces que los Evangelios hablen muy poco de ella, solo lo más esencial e importante, y que ella misma, con la excepción del Magnificat y otras pocas ocasiones, guardara silencio. Pero su silencio habla incontables volúmenes de servicio humilde, callado y abnegado.

 

Continuará.

 

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