Los hijos no son productos para la edición genética embrionaria (II)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional.

 

Publicado originalmente en inglés el 22 de junio del 2026 en: https://www.hli.org/2026/06/the-morality-of-embryonic-gene-editing/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

La evolución de la mentalidad eugenésica

 

En cierto modo, nada de esto es particularmente nuevo.

 

Como escribí la semana pasada, nuestra cultura ya identifica sistemáticamente a los niños no nacidos que considera defectuosos y los elimina. En Estados Unidos, aproximadamente dos de cada tres niños no nacidos diagnosticados con síndrome de Down antes del nacimiento son abortados. En Inglaterra, la cifra se acerca a nueve de cada diez; en Islandia, es prácticamente el 100%. [Aunque hay noticias más recientes que indican que la cifra correcta en ese país es de aproximadamente el 67%, lo cual, de todas maneras, es una atrocidad.]

 

Mientras tanto, en China e India, la preferencia por los hijos varones sobre las hijas ha producido, mediante el aborto selectivo por sexo, poblaciones sesgadas por decenas de millones de mujeres “desaparecidas”.

 

Y, como señaló Scientific American al informar sobre los servicios distópicos de “mejoría genética” que ofrece Nucleus Genomics, la selección genética eugenésica de embriones ya es algo común en todo el mundo:

 

Desde hace décadas, los futuros padres utilizan el diagnóstico genético preimplantacional como parte de la fecundación in vitro. Tras la creación de un conjunto de embriones fecundados mediante fecundación in vitro, se extrae una muestra de ADN de cada uno para su análisis. Posteriormente, los padres pueden seleccionar qué embrión o embriones implantar en función de sus perfiles genéticos.

 

Scientific American señaló que esta práctica se ha vuelto tan habitual que “apenas existen escrúpulos éticos respecto a los padres que utilizan esta tecnología para prevenir la transmisión de una enfermedad terrible a su hijo, o que optan por no implantar un embrión que podría no desarrollarse”.

 

Por lo tanto, la edición de embriones no representa un avance radical en la ciencia ni en la cultura. La puerta a la eugenesia se abrió hace décadas con la normalización del aborto selectivo basado en pruebas genéticas y la selección de embriones para la fecundación in vitro. La edición de embriones simplemente adelantó esta práctica un paso más.

 

Nota del Editor: Como ya hemos señalado antes, la eugenesia es la ideología que plantea la sistemática prevención, por medio de la esterilización, o de la eliminación, por medio del aborto, los anticonceptivos abortivos o el descarte de embriones humanos, de seres humanos que considera genéticamente “defectuosos” o “inferiores”. Al mismo tiempo, alienta sistemáticamente la gestación de seres humanos considerados genéticamente “saludables” o “superiores”. La nueva eugenesia lleva a cabo su perverso objetivo a un nivel peor todavía: la manipulación genética. La palabra “eugenesia” es un vocablo compuesto cuya raíz es griega: “eu” = buena + “genesia” = génesis o, en este caso, generación o reproducción, es decir “buena reproducción” o “buena generación”. Pero en el caso que nos ocupa, la eugenesia adquiere el pérfido significado que hemos explicado.

 

 

La tentación de rediseñar la humanidad

 

Una vez que aceptamos que ciertos rasgos genéticos deben eliminarse (como ya lo hemos hecho), desaparece cualquier límite moral claro, y la lógica se desplaza inevitablemente de la prevención de enfermedades al diseño de resultados deseables. Así, el niño deja de ser una persona recibida con amor y se convierte en un objeto de selección. Como escribió el cardenal Robert Sarah, una de las voces más proféticas de la Iglesia sobre estas cuestiones, en su libro, Es tarde y anochece:

 

Las técnicas de reproducción asistida, la selección embrionaria preimplantacional y el diagnóstico prenatal universalizado de enfermedades genéticas ya han sembrado en la población ideas eugenésicas. Se considera normal eliminar embriones, es decir, seres humanos diminutos, que no se ajustan a nuestra norma. ¿Quién establecerá la norma mañana? ¿Acaso el transhumanismo busca crear una raza superior? Estas preguntas son aterradoras y escalofriantes.

 

En el discurso de 1983 citado al inicio de esta columna, el Papa San Juan Pablo II previó este giro hacia el transhumanismo. Señaló que el término “ingeniería genética” es ambiguo. Por un lado, abarca “esfuerzos audaces destinados a promover, no sé qué tipo de superhombre”, y por otro, abarca “intervenciones deseables y beneficiosas destinadas a corregir anomalías como ciertas enfermedades hereditarias”.

 

La segunda forma de ingeniería genética restaura lo que estaba dañado. La primera se propone crear un ser humano “mejorado”, un “superhombre”. Estos nuevos experimentos se enmarcan claramente en la primera categoría.

 

 

El ser humano no es un borrador

 

Debajo de todo esto subyace un error más profundo: la creencia de que el ser humano es un borrador que necesita corrección.

 

Los financistas que invierten grandes sumas de dinero en estos proyectos hablan abiertamente de “diseñar a nuestros propios descendientes”. Esta es la ideología conocida como transhumanismo, que considera cada limitación humana, incluyendo el envejecimiento, el sufrimiento y la muerte, no como parte de nuestra naturaleza, sino como un defecto que debe eliminarse mediante ingeniería genética.

 

En su reciente encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV nos recuerda que “la tecnología nunca es neutral, porque adquiere las características de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan” (Nro. 9).

 

Un editor genético de bases en manos de una empresa que vende optimización genética no es un instrumento neutral; lleva consigo los propósitos de quienes lo venden, quienes reducirían a la persona humana a “un recurso para ser usado y explotado”, valorada únicamente “por lo que logra o produce” (Nro. 51). Frente a esto, el Papa León XIV recupera una verdad que los defensores de la mejora genética han olvidado: nuestras limitaciones no son defectos en absoluto. “La humanidad florece no a pesar de las limitaciones”, escribe, “sino a menudo a través de ellas” (Nro. 118).

 

Las familias que crían hijos con síndrome de Down lo saben sin que se lo digan. Recibieron a sus hijos como regalos, no como proyectos, y su alma se enriqueció gracias a aquellos que el mundo habría rechazado. La elección que tenemos ante nosotros dice el Papa León XIV, es entre construir “una nueva Torre de Babel” o construir “la ciudad en la que Dios y la humanidad conviven” (Nro. 1).

 

La manipulación genética de embriones humanos con fines eugenésicos no es otra cosa que un ladrillo más en la Torre de Babel que los transhumanistas llevan décadas construyendo.

 

 

Los niños son hijos e hijas, no productos

 

Un niño no es un producto que deba optimizarse, un bien de consumo que deba mejorarse ni un proyecto que deba perfeccionarse. Es un hijo o una hija de Dios, querido y amado por sí mismo por su Creador, marcado desde su primer instante con una dignidad que ninguna herramienta de edición puede realzar ni ningún diagnóstico puede menoscabar.

 

Esta fue la sabiduría que el Papa San Juan Pablo II ofreció a los médicos del mundo en 1983: “Primero, opónganse a todo lo dañino; luego, busquen el bien”. Podemos, y debemos, desarrollar terapias genuinas que curen a los enfermos, ejerciendo el don de la razón como colaboradores de Dios en la creación. Pero no somos dueños de la vida humana. “Solo Dios es dueño de la vida humana y de su integridad”, les recordó a aquellos médicos.

 

Como lo expresó el Cardenal Sarah en su libro Es tarde y anochece:

 

Si queremos seguir siendo humanos, debemos aceptar nuestra naturaleza de criaturas y volvernos al Creador. El mundo ha elegido organizarse sin Dios, vivir sin Dios, pensar sobre sí mismo sin Dios. Se está llevando a cabo un experimento terrible: donde no está Dios, está el infierno. ¿Qué es el infierno sino la ausencia de Dios? La ideología transhumanista lo ilustra a la perfección. Sin Dios, no queda nada más que lo no humano, lo post-humano. Más que nunca, la alternativa es simple: ¡Dios o nada!

 

Nuestros legisladores deben hacer todo lo posible para impedir que estos experimentos de Frankenstein avancen.

 

Mientras tanto, el resto de nosotros debemos llenar el mundo de amor acogiendo a los hijos que Dios nos envía, tanto a los fuertes como a los débiles, a los que superan todas las pruebas y a los que fracasan. Y debemos apoyar a las familias que abrieron sus hogares a los niños que el mundo les instó a rechazar.

 

El axioma de que todo ser humano posee una dignidad (un valor intrínseco y absoluto) desde el primer momento de su concepción, incluyendo a aquellos aquejados por la enfermedad, el sufrimiento o que son menos “útiles”, no constituye un límite para el progreso científico. Es el fundamento sobre el que se hace posible una “civilización del amor”, en contraposición a la reducción tecnocrática de la persona humana a materia prima para ser manipulada con fines extrínsecos, lo que produce la “cultura” de la muerte.

 

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