Los jóvenes necesitan la presencia de sus papás (I)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional.

 

Publicado el originalmente en inglés el 17 de agosto del 2026 en: https://www.hli.org/2026/08/learning-to-be-men-fatherlessness/

 

Vida Human Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

A principios de este mes de agosto de 2026, el Instituto de Estudios Familiares (IFS) publicó una encuesta realizada a dos mil hombres estadounidenses de entre dieciocho y veintinueve años. Los resultados confirman rotundamente el problema que comencé a describir en mi columna de la semana pasada: una crisis de la masculinidad que empuja a los hombres hacia figuras tóxicas y pseudo masculinas como Andrew Tate.

 

Los investigadores titularon su informe de forma muy acertada: “Los hombres desmoralizados de Estados Unidos”. El estudio reveló que el 43% de los encuestados coincidió con la afirmación: “Me inclino a pensar que soy un fracaso”. El 61% afirmó sentir a menudo que tiene poco control sobre lo que les sucede. Casi la mitad declaró carecer de una verdadera comunidad. Casi uno de cada diez afirmó no tener amigos cercanos. El 59% no tenía una novia o esposa y solo el 16% estaba casado.

 

Los encuestadores resumieron sus hallazgos de la siguiente manera:

 

Cada vez menos jóvenes van a la universidad y menos aún obtienen un título. Actualmente, solo el 41% de los títulos universitarios se otorgan a hombres. Los jóvenes varones presentan mayores índices de trastornos como el Desorden de Hiperactividad y Deficiencia de Atención y el autismo, y tienen más problemas con las drogas, el juego, la pornografía y la ley. Muchos jóvenes varones de hoy tienen menores ingresos y perspectivas profesionales en comparación con generaciones anteriores. Tienen menos amigos, socializan menos y participan menos en la vida cívica. Menos jóvenes logran una transición oportuna a la adultez, alcanzando hitos como tener un empleo de tiempo completo, ser económicamente independientes, vivir fuera del hogar familiar, casarse y tener hijos.

 

Sin embargo, uno de los hallazgos es especialmente significativo. Según la encuesta, estos jóvenes varones no han renunciado al matrimonio ni a la paternidad. Todavía desean ambas cosas. Simplemente no encuentran el camino para lograrlas. Como se constató, “la mayoría de los hombres que no tienen novia están abiertos a tener citas (74%), la mayoría de los hombres solteros desean casarse (68%, mientras que otro 21% no está seguro), y la mayoría de los hombres sin hijos desearían ser padres en el futuro (62%)”.

 

En los dos artículos anteriores nos preguntamos por qué los jóvenes que se sienten atraídos por el proxeneta Andrew Tate lo encuentran tan atractivo. Lo que me gustaría sugerir es que las cifras del IFS apuntan a la respuesta, una respuesta que la Iglesia ha estado dando durante décadas.

 

Buscan la presencia de un padre.

 

 

Uno de cada cuatro niños estadounidenses crece sin un padre presente

 

Según las cifras de la Oficina del Censo recopiladas por la Iniciativa Nacional de Paternidad, 18.2 millones de niños estadounidenses, aproximadamente uno de cada cuatro, crecen en un hogar sin un padre biológico, padrastro o padre adoptivo.

 

Durante el último medio siglo, los investigadores han recopilado una gran cantidad de datos sobre los efectos de la ausencia paterna. Los hallazgos son uniformemente desalentadores. Los niños en hogares sin padre tienen muchas más probabilidades de crecer en la pobreza y la inseguridad alimentaria. Tienen más dificultades en la escuela, sufren más problemas psicológicos y de comportamiento, y tienen más probabilidades de terminar en el sistema de justicia penal. Incluso la mortalidad infantil es drásticamente mayor donde los padres están ausentes.

 

Y el daño se acumula a lo largo de las generaciones. Las investigaciones demuestran consistentemente que un niño criado sin padre arrastra esa ausencia hasta la edad adulta y tiene muchas más probabilidades de abandonar a sus hijos. La ausencia paterna se perpetúa. Un niño que nunca vio a un hombre amar fielmente a su esposa, ser perseverante en su trabajo, disculparse con humildad o rezar con sinceridad, nunca ha visto lo que ahora se espera de él.

 

Este es el motor de la crisis. En muchos sentidos, explica la desmoralización del joven de veinticinco años que aparece en la encuesta del IFS. No es perezoso. No es indiferente a la vida familiar. Simplemente carece de formación, al no haber tenido acceso a modelos a seguir que le mostraran lo que significa una masculinidad auténtica y altruista. La consecuencia es que sus hijos, a su vez, pagan las consecuencias, y así sucesivamente.

 

 

¿Por qué la presencia del padre es importante?

 

Durante décadas, nuestra cultura ha transmitido a los hombres la idea de que los padres son, en el mejor de los casos, opcionales, y en el peor, un obstáculo. Los medios de comunicación están plagados de representaciones de padres débiles, ausentes, incompetentes y egoístas.

 

Sin embargo, la Iglesia tiene un mensaje muy diferente, mucho más exigente y también mucho más esperanzador. En Familiaris Consortio, el Papa San Juan Pablo II enseña que el hombre revela y revive “en la tierra la paternidad misma de Dios” (Nro. 25). En otras palabras, un niño se forma su primera idea de Dios Padre en la mesa del desayuno, observando al hombre que lo crio. Cuando ese padre está ausente, es cruel o simplemente indiferente, la pérdida es más profunda que la de un progenitor ausente: el niño ha perdido su primera y más natural ventana a la paternidad de Dios.

 

En el mismo pasaje, el Santo Padre describe concretamente lo que esta paternidad exige: “una generosa responsabilidad por la vida concebida en el seno de la madre”. La paternidad no comienza al nacer, sino en la concepción, razón por la cual la ausencia paterna y el aborto están tan estrechamente ligados. Pregúntenle a cualquier consejero de un centro de ayuda para embarazadas cuál suele ser el factor decisivo, y escucharán la misma respuesta: el hombre. Ha desaparecido, ha dado un ultimátum o se ha ofrecido a pagar el aborto y nada más. En algún lugar, todo aborto tiene un padre.

 

En mi labor con Vida Humana Internacional en más de cien países, he visto este patrón constantemente. Donde los hombres abandonan su rol, los niños mueren y las familias sufren. Por eso estoy convencido de que una de las soluciones más cruciales y duraderas a la anti-cultura del aborto es la recuperación de una masculinidad auténtica, que comienza en el hogar.

 

El hogar que se establece sobre la base de la paternidad se convierte en lo que el Catecismo de la Iglesia Católica llama “la iglesia doméstica”: “El lugar donde los niños reciben la primera proclamación de la fe, una comunidad de gracia y oración, una escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana” (Nro. 1666). Y en esa escuela, escribió el Papa San Juan Pablo II, el currículo es la entrega de uno mismo:

 

La familia es la primera y fundamental escuela de la vida social; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia (Familiaris Consortio, Nro.37).

 

En una cultura familiar así, no hay lugar para el egoísmo y el abandono que culminan en la muerte de un hijo por medio del aborto porque los apetitos sexuales desordenados del padre se antepusieron a sus responsabilidades. Y al afirmar esto, no estamos condenando a nadie, mujer u hombre, que se haya involucrado en la comisión de un aborto. Pero sí estamos lanzando un llamado a la conversión, a respetar la vida y a recurrir al Sacramento de la Confesión, imprescindible para poder obtener la infinita misericordia de Dios. La Iglesia también cuenta con ministerios de reconciliación y sanación postaborto.

 

Continuará.

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