Los jóvenes necesitan la presencia de sus papás (II)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional.

 

Publicado el originalmente en inglés el 17 de agosto del 2026 en: https://www.hli.org/2026/08/learning-to-be-men-fatherlessness/

 

Vida Human Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

La emergencia educativa

 

Hace casi veinte años, el Papa Benedicto XVI escribió una carta a su diócesis de Roma sobre lo que denominó una “emergencia educativa”. En ella, diagnosticó el colapso de nuestra capacidad para formar personas que puedan distinguir el bien del mal, comprometerse con los demás y encontrar sentido a sus vidas. En la raíz de la crisis, sugirió, radicaba una pérdida de la confianza en la vida misma. Y exhortó a los padres a reconocer que la solución comienza con ellos.

 

El Papa Benedicto XVI escribió esto en 2008. Desde entonces, los datos no han hecho más que acumularse, validando su argumento. Precisamente este mes, unos investigadores publicaron en la revista Developmental Science que en setenta países durante tres décadas, la disminución de la religiosidad en la crianza de los hijos estuvo estrechamente relacionada con el aumento de los trastornos de ansiedad entre niños y adolescentes. La religión, señalaron los investigadores, proporciona de manera fiable “pertenencia, orden, sentido, propósito y buenos hábitos”, precisamente los bienes que nuestros jóvenes desmoralizados afirman necesitar.

 

Aquí es donde ningún programa social puede reemplazar a los padres presentes, quienes modelan para sus hijos una forma de vida diferente, una orientada completamente hacia lo trascendente. Un padre que deja a sus hijos en la clase de catecismo y luego lee su teléfono celular durante la misa les ha enseñado una lección equivocada mucho más poderosa que cualquier cosa que el catequista les haya enseñado esa semana.

 

El padre cuyos hijos nunca lo ven arrodillado, pidiendo la guía divina que todo hombre necesita para convertirse en el hombre que está destinado a ser, los está adoctrinando silenciosamente en el materialismo reduccionista, aislado y desesperanzador que es endémico en nuestra cultura.

 

Sin embargo, lo contrario también es cierto. Los investigadores que estudian la transmisión religiosa entre generaciones llegan siempre a la misma conclusión: la práctica religiosa del padre tiene un peso inusualmente grande en si los hijos conservan la fe en la edad adulta. Donde un padre reza, los hijos tienden a seguir rezando. Donde es indiferente, tienden a alejarse, por muy devota que sea su madre.

 

Es una responsabilidad imponente, y a la vez magnífica.

 

 

¿Cómo enseñamos a los hombres a ser padres?

 

Esto nos lleva a la pregunta práctica: ¿cómo formamos buenos padres cuando una generación de hombres nunca tuvo uno?

 

La respuesta no se encuentra en otro folleto. La paternidad es un arte, y los artes se aprenden con la práctica. En cada parroquia hay hombres de sesenta y setenta años que criaron hijos fieles a través de décadas de sacrificio cotidiano. En cada parroquia también hay jóvenes que no tienen ni idea de cómo guiar a una familia en la oración, cómo tener una relación respetuosa y generosa con su cónyuge, o cómo decirle a un hijo las palabras que sus propios padres nunca les dijeron. Que estos dos grupos rara vez se encuentren es una de las grandes oportunidades perdidas en la Iglesia hoy en día. Hay que unirlos. Un padre joven necesita a un padre mayor como un aprendiz necesita a un maestro.

 

Aquí es donde organizaciones como los Caballeros de Colón tienen un papel fundamental. He visto muchos consejos de Caballeros muy activos, donde los hombres se reúnen con un sentido de misión y propósito. No están allí simplemente para repasar las actas de la reunión del mes pasado o para organizar otro desayuno de panqueques, sino para encontrar maneras en que, como grupo, puedan motivarse mutuamente para mejorar y contribuir al bienestar de su parroquia y la comunidad circundante mediante actos de servicio.

 

Esto puede abarcar desde brindar apoyo al centro local de atención a mujeres embarazadas, recaudar fondos para el banco de alimentos local, prestar asistencia en casos de desastre y participar en el estudio de las Escrituras o documentos de la Iglesia. En estos casos, se ve a jóvenes acompañando a hombres mayores, dedicando su tiempo, talento y recursos a los demás, en lugar de centrarse en satisfacer sus propios deseos.

 

La mayoría de los hombres que se mantienen alejados de la vida parroquial no han rechazado la fe. Simplemente no ven en ella un lugar que les exija algo. Un grupo de hombres que se dedica exclusivamente a cocinar y comer panqueques solo atraerá a quienes buscan panqueques.

 

Esto no significa que el desayuno de panqueques no tenga su lugar en el fomento de la comunidad parroquial. Sin embargo, un grupo de hombres que también se reúne a las seis de la mañana para orar, estudiar y apoyarse mutuamente atraerá a quienes desean alcanzar la santidad.

 

Los sacerdotes también desempeñan un papel insustituible en este sentido. Los hombres no se formarán con homilías dirigidas a una congregación genérica. Necesitan que se les hable como hombres y que se les proponga algo difícil. Hay que invitarlos a la oración diaria con sus hijos, a la confesión semanal, al ayuno, a dirigir el Rosario en familia, por incómodo que parezca.

 

Los hombres no huyen de las exigencias; huyen de ser tratados como prescindibles. Y los obispos, que ostentan ellos mismos el título de padre, podrían preguntarse cuánto de su planificación pastoral está dirigido a los padres de sus diócesis, los hombres que determinarán, más que cualquier programa, si la próxima generación conserva la fe.

 

 

Jóvenes, miren a San José

 

Ante todo, debemos recuperar la convicción de que esta labor vale la vida entera de un hombre. El mundo le dice al joven que la paternidad es una carga que le costará su libertad, su dinero y su diversión. La Iglesia le dice la verdad: que al entregar su vida por una esposa e hijos encontrará la alegría más profunda que un hombre puede experimentar en esta tierra y, en el proceso, se convertirá en imagen de Dios mismo.

 

En la Letanía de San José, lo llamamos “cabeza de la Sagrada Familia” y “pilar de las familias”. La Escritura no registra ni una sola palabra que haya pronunciado. Lo que registra es lo que hizo. Protegió, proveyó, obedeció a Dios con un gran sacrificio personal y crio al Hijo de Dios.

 

A los ojos de sus vecinos, era un hombre común, un carpintero de pueblo cuyo nombre no habría significado nada en Jerusalén. La vocación de la paternidad no exige dones extraordinarios. Exige que un hombre esté presente, sea fiel y no tema el sacrificio.

 

A los jóvenes que se sienten fracasados, la Iglesia les dice algo que la cultura no puede: nacieron para esto, y la gracia está disponible para ello.

 

Su vida no es un accidente, su fortaleza no es un defecto, y la familia que aún no han formado espera a un hombre dispuesto a dar su vida por ella.

 

Oremos por los hombres esta semana: por los fieles que pueden estar agotados y desmoralizados por los mensajes tóxicos de nuestra cultura o las exigencias diarias de la paternidad; por los que se desvían y caen bajo la influencia de los proxenetas como Andrew Tate de nuestra cultura; y por la próxima generación de niños que anhelan un padre que los ame lo suficiente como para decirles que son suficientes tal como son, y que a la vez los impulse a ser más de lo que son.

 

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