Paul Ehrlich ha muerto, pero su legado anti-vida perdura (II)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional

 

Publicado originalmente en inglés el 23 de febrero del 2026 en: https://www.hli.org/2026/03/paul-ehrlich-is-dead-but-his-anti-life-legacy-lives/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

La verdadera crisis: Un mundo sin niños

 

He aquí la suprema ironía del legado de Paul Ehrlich: dedicó su carrera a advertir sobre la sobrepoblación mundial. Murió en un mundo que se está quedando sin población rápidamente.

 

Como he documentado en numerosos artículos en los últimos años, la verdadera crisis que enfrenta la humanidad hoy no es la sobrepoblación, sino la despoblación, es decir, el “invierno demográfico” sobre el que la Iglesia y los defensores de la vida llevan décadas advirtiendo.

 

Las cifras son realmente alarmantes. Más de dos tercios de la humanidad vive actualmente en países donde la tasa de fecundidad ha caído por debajo del umbral de reemplazo de 2.1 hijos por mujer. La tasa de fecundidad mundial se ha desplomado de 5 hijos por mujer en 1960 a aproximadamente 2.1 en la actualidad, y sigue disminuyendo. En el mundo desarrollado o cerca de estarlo, la situación es mucho más grave: Norteamérica, un buen número de países hispanos, Europa Occidental, parte de Europa Oriental, Oceanía y varios países asiáticos, sobre todo Corea del Sur, Japón y la misma China.

 

Si bien todavía siguen naciendo más niños que personas muriendo, la tasa de implosión demográfica sigue aumentando, de tal manera que llegará el momento en pocas décadas en que la tasa de crecimiento demográfico mundial será de cero. A partir de entonces, a no ser que esta tendencia sea detenida, la población comenzará a declinar peligrosamente. La vejez de la población mundial impondrá un peso insostenible sobre su seguro social. Y la terrible tentación de eliminar a los ancianos por medio del crimen de la eutanasia, que ya ha comenzado en varios países ricos, se intensificará a niveles nunca antes visto.

 

Demos algunos ejemplos concretos. La tasa de fecundidad total de Corea del Sur se sitúa en 0.8, la más baja del mundo. Japón registró menos de 670.000 nacimientos en 2025, la cifra más baja desde que se iniciaron los registros en 1899, y este descenso se produjo dieciséis años antes de lo previsto por los demógrafos. La primera ministra Sanae Takaichi ha calificado la crisis como el “mayor problema” de Japón. Italia, España y gran parte de Europa del Este siguen una trayectoria similar. En Estados Unidos, la tasa de fecundidad total ha caído a un mínimo histórico de 1.6. La de Cuba ronda también por el mismo 1.6. La población de China está disminuyendo catastróficamente, con proyecciones de una pérdida de 155 millones de personas para 2050.

 

Se prevé que treinta y ocho naciones con más de un millón de habitantes experimenten descensos demográficos en el próximo cuarto de siglo. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), “la mayor pérdida de población en el próximo cuarto de siglo se registrará en China, con una caída de 155.8 millones; Japón, con 18 millones; Rusia, con 7.9 millones; Italia, con 7.3 millones; Ucrania, con 7 millones; y Corea del Sur, con 6.5 millones”.

 

¿El resultado? Muchos menos trabajadores mantendrán a más jubilados. Las economías se contraerán. Y, como hemos visto con la implacable presión para legalizar el crimen de la eutanasia, la tentación de deshacerse de los ancianos y personas vulnerables, considerados “costosos”, no hará más que aumentar.

 

 

Reacciones: “Uno de los hombres más malvados de la historia”

 

Las reacciones a la muerte de Ehrlich han sido reveladoras. Resulta especialmente revelador cómo incluso muchos medios liberales, que durante décadas elogiaron a Ehrlich y la agenda de control de la población, se han visto obligados a admitir lo equivocados que estaban.

 

Es cierto que, como se mencionó anteriormente, algunos medios convencionales optaron por una crítica más suave, presentándolo como un científico bienintencionado que simplemente se equivocó en la cronología. Pero otros fueron mucho más francos. Un editorial del Washington Post reconoció que las teorías de Ehrlich están “completamente desacreditadas” y advirtió que sus ideas aún “causan daño” a través del movimiento de falta de crecimiento demográfico actual.

 

Jonah Goldberg, en un artículo para Los Angeles Times, fue directo, pero totalmente acertado: “Paul Ehrlich se equivocó en todo”. Goldberg calificó a Ehrlich como “el alarmista más influyente del siglo pasado” y señaló que la afirmación de sus defensores de que sus advertencias evitaron el desastre es “un disparate”.

 

Michael Knowles, de The Daily Wire, fue más allá, calificando a Ehrlich como “uno de los hombres más malvados de la historia” y estableció una conexión directa entre su ideología y los programas coercitivos de control de la población que destruyeron millones de vidas.

 

Albert Mohler, presidente del Seminario Teológico Bautista del Sur de EEUU, relacionó la exigencia de Ehrlich en 1968 de “reducir la tasa de natalidad de inmediato” con la decisión proborto del Tribunal Supremo en el caso Roe contra Wade, tan solo cinco años después en 1973. La ideología del control de la población y la del aborto a demanda, señaló Mohler, siempre han estado íntimamente ligadas.

 

 

La Iglesia Católica tenía razón

 

Como he escrito muchas veces en esta columna, el pánico por la superpoblación nunca se basó en la realidad. Se fundamentó en un profundo desprecio por la vida humana, un desprecio contra el que la Iglesia Católica ha advertido constantemente y cuya oposición la historia ha reivindicado plenamente.

 

Durante décadas de histeria demográfica, la Iglesia Católica fue prácticamente la única en insistir en que la narrativa de la superpoblación era errónea y moralmente peligrosa. Mientras gobiernos y organizaciones internacionales invertían miles de millones de dólares en anticoncepción, esterilización y aborto, la Iglesia enseñó, como siempre lo ha hecho, que toda vida humana es un don y que la respuesta adecuada a una nueva vida es la acogida, no el miedo.

 

En su Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de 1981, el Papa San Juan Pablo II advirtió contra la “mentalidad antivida” impulsada por quienes “exageran el peligro del crecimiento demográfico para la calidad de vida”. Y añadió:

 

La Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Frente al pesimismo y el egoísmo que ensombrecen el mundo, la Iglesia defiende la vida: en cada vida humana ve el esplendor de ese “Sí”, ese “Amén”, que es Cristo mismo. Al “No” que asalta y aflige al mundo, responde con este “Sí” vivo, defendiendo así a la persona humana y al mundo de todos aquellos que conspiran contra la vida y la dañan (Nro. 30).

 

La historia ha confirmado esta enseñanza. La catástrofe pronosticada de la superpoblación nunca se hizo realidad. En cambio, llegó precisamente aquello sobre lo que la Iglesia advirtió: un mundo que ha perdido el respeto por la vida, que trata a los niños como cargas en lugar de bendiciones, y que ahora cosecha los amargos frutos de esa mentalidad contraria a la vida en la caída de la natalidad, el envejecimiento de la población y una “cultura” de la muerte que ve en el crimen de la eutanasia una falsa solución a los problemas creados por la escasez de jóvenes.

 

 

Una lección para nuestro tiempo

 

Paul Ehrlich vivió hasta los 93 años. Fue una vida larga, en un mundo que demostró ser mucho más resiliente, creativo y abundante de lo que jamás imaginó. Vivió lo suficiente para ver cómo la población mundial se duplicaba con creces respecto a la cifra que tanto le aterrorizaba, al tiempo que la humanidad se volvía más rica, sana y capaz que en cualquier otro momento de la historia.

 

También vivió lo suficiente para presenciar la crisis que él mismo contribuyó a crear: no una crisis de sobrepoblación, sino de escasez. Las naciones que escucharon con mayor atención sus advertencias ahora se esfuerzan por convencer a sus ciudadanos de que vuelvan a acoger a los niños, descubriendo que es mucho más fácil destruir una cultura de la vida que reconstruirla.

 

Como escribí cuando el mundo alcanzó los 8 mil millones de habitantes, la respuesta adecuada a cada vida humana no es el pánico, sino la gratitud. La Tierra no está superpoblada. De hecho, está cada vez más vacía de lo único que le da sentido: los seres humanos creados a imagen de Dios, llamados a la existencia por un amor que considera cada vida irrepetible e infinitamente preciosa. A riesgo de parecer arrogante: Paul Ehrlich se equivocó en todo. La Iglesia acertó en todo.

 

Tal es la sabiduría de la Iglesia. No se deja engañar fácilmente por las últimas tendencias de pensamiento. Tiene una memoria prodigiosa. Y está profundamente arraigada en principios fundamentales, inamovibles y moralmente rectos. Uno de ellos es: los seres humanos fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y jamás debemos ser tratados con el desdén con que quienes controlan la población han tratado a la humanidad.

 

Que esta sea la lección que llevemos con nosotros, mientras trabajamos para construir la Cultura de la Vida y la Civilización del Amor que nuestro mundo necesita con tanta urgencia.

 

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