Paul Ehrlich ha muerto, pero su legado antivida perdura (I)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente de Vida Humana Internacional
Publicado originalmente en inglés el 23 de febrero del 2026 en: https://www.hli.org/2026/03/paul-ehrlich-is-dead-but-his-anti-life-legacy-lives/
La muerte de Paul Ehrlich
El viernes 13 de marzo de 2026, Paul Ehrlich, biólogo de Stanford, famoso [pero falso] “profeta” del apocalipsis demográfico y autor del bestseller de 1968, La bomba demográfica, falleció a los 93 años en Palo Alto, California.
En su obituario, el New York Times describió a Ehrlich como “un eminente ecólogo y científico de poblaciones” cuyas predicciones fueron simplemente “prematuras”. Sin duda, esta es una de las maneras más suaves de decir que Ehrlich se equivocó tanto en todo que es imposible encontrar algo en lo que acertara.
La publicación The Conversation aclamó a Ehrlich como un visionario que “creía que los científicos tenían la responsabilidad de alzar la voz”. William Kovarik, autor del artículo, describe la muerte de Ehrlich como “una pérdida para un mundo que necesita visionarios y científicos comprometidos con la sociedad ahora más que nunca”.
La realidad es otra.
Ehrlich forjó su carrera aterrorizando al mundo con predicciones de hambruna masiva inminente, colapso de la civilización y agotamiento de los recursos, ninguna de las cuales se cumplió. Sin embargo, si bien sus profecías fracasaron, las políticas que inspiraron sí lograron causar un daño enorme a personas reales, en particular a las más pobres y vulnerables.
Ehrlich se equivocó en todo
La primera frase del libro “La bomba demográfica” es una de las más famosas del siglo XX: “La batalla por alimentar a toda la humanidad ha terminado. En la década de 1970, cientos de millones de personas morirán de hambre a pesar de cualquier programa de emergencia que se emprenda ahora”.
Ehrlich predijo que para 1980 toda la vida animal importante en el mar se habría extinguido. Predijo que Estados Unidos “moriría de sed” para 1984. En un artículo de 1969, declaró que “para 1985 habrán muerto suficientes millones de personas como para reducir la población mundial a un nivel aceptable, alrededor de 1,500 millones”. Durante una visita a Gran Bretaña, anunció que apostaría “incluso a que Inglaterra no existirá en el año 2000”.
En cambio, la población mundial se duplicó con creces, pasando de 3,500 millones cuando se publicó su libro a más de 8,000 millones en la actualidad, y la humanidad se volvió mucho más rica, sana y mejor alimentada. La pobreza extrema se redujo drásticamente. La esperanza de vida se disparó.
Es cierto que todavía hay pobreza en el mundo. Pero la que todavía queda no tiene nada que ver con una falsa superpoblación. Tiene directamente que ver con las guerras, las malas políticas gubernamentales – como las del socialismo y el comunismo -, las injusticias económicas, los desastres naturales y la misma despoblación, que impide que haya más personas relativamente jóvenes en la fuerza laboral y cerca unas de otras para poder trabajar juntas y producir más riquezas que les lleguen con justicia a todos. No que todos ganen lo mismo, sino que no haya nadie que no pueda vivir una vida digna de un ser humano.
Y el hecho de que la población haya aumentado considerablemente durante el último medio siglo es un triunfo de la humanidad y no una causa de alarma. Hay menos gente pobre, menos niños mueren al nacer, menos mujeres embarazadas mueren y la longevidad ha aumentado. Se trata de un triunfo económico y de salubridad.
Los países pobres necesitan ayuda en salud, alimentos, tecnología agrícola y pesquera de punta, infraestructura adecuada tanto en las zonas urbanas como rurales (mejores carreteras, agua potable, servicios de salud auténticos, escuelas, electricidad, energía de gas natural, gasolina, etc.). No necesita abortos, anticonceptivos abortivos, condones, esterilización ni tampoco la “educación” inmoral que los promueve, y muchísimo menos control demográfico.
Los matrimonios pobres que no pueden tener más hijos en estos momentos por motivos serios y no egoístas, necesitan ayuda para aprender los métodos naturales de reconocimiento de la fertilidad, como hacía la Madre Teresa con los matrimonios pobres que atendía, y no métodos anticonceptivos abortivos y dañinos para la salud de las mujeres.
Resumiendo, lo que el mundo necesita es más respeto a Dios y a Sus Leyes, más democracia verdadera y más libre mercado con justicia social y económica. La pobreza se vence produciendo más riquezas y logrando que les llegue a todos con justicia. No se vence eliminando a los pobres con abortos, anticonceptivos – sobre todo los que son abortivos -, esterilizaciones ni eutanasia.
En 1980, el economista Julian Simon retó a Ehrlich a una apuesta: Ehrlich podía elegir cinco metales básicos, y si sus precios reales subían durante la siguiente década, como predecía la teoría de la escasez de Ehrlich, Simon pagaría la diferencia.
Si los precios bajaban, pagaría Ehrlich. Ehrlich eligió cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno. Para 1990, el precio de todos ellos había caído. Ehrlich le envió a Simon un cheque por 576. 07 dólares. El valor de estos metales había disminuido en más del 50%.
Sin embargo, Ehrlich nunca admitió su error. Cuando se le presionaba, insistía en que no había cometido ni un solo error importante en sus obras publicadas. Sus predicciones fallidas, argumentaban él y sus defensores, se habían evitado gracias a la misma alerta que él mismo había dado. En otras palabras, incluso cuando se equivocaba, según él, tenía razón.
Ehrlich era tan arrogante que, en 2008, décadas después de que todas sus peores predicciones no se hubieran materializado, afirmó que La bomba demográfica era probablemente “demasiado optimista”.
“Coerción por una buena causa”
Si las predicciones de Ehrlich se hubieran quedado en las meras reflexiones de un académico excéntrico, serían simplemente embarazosas. Pero la trágica realidad es que ejercieron una enorme influencia en la política global. Moldearon la cultura. Y causaron un sufrimiento inmenso.
En La bomba demográfica, Ehrlich fue notablemente sincero sobre el tipo de medidas que consideraba necesarias. “¿Coerción?”, escribió. “Quizás, pero coerción por una buena causa”.
Lamentó que añadir “esterilizantes temporales” al suministro de agua aún no fuera técnicamente factible. Argumentó que cuando el ministro del gobierno indio, Sripati Chandrasekhar, propuso la esterilización obligatoria de todos los hombres indios con tres o más hijos, Estados Unidos debería haber apoyado el plan enviando “helicópteros, vehículos e instrumental quirúrgico” y “médicos para ayudar en el programa”.
Esto no era mera teoría abstracta.
Como detallé en una columna anterior sobre el infame Informe Kissinger, el pánico por la superpoblación que Ehrlich, más que nadie, contribuyó a desencadenar, quedó directamente plasmado en ese documento, elaborado en secreto en 1974, que convirtió la reducción de la población en los países en desarrollo en un objetivo explícito de la política exterior estadounidense. El nombre oficial del documento, desclasificado en 1990, fue Memorando sobre el Estudio para la Seguridad Nacional [de EEUU] no. 200 o NSSM-200, por sus siglas en inglés.
A esto le siguieron décadas de campañas financiadas internacionalmente para promover el aborto, la anticoncepción y la esterilización entre las poblaciones vulnerables de todo el mundo.
Durante el estado de emergencia en la India, entre 1975 y 1977, se llevó a cabo una campaña de esterilización masiva con una brutalidad espantosa. Unos 6.2 millones de hombres indios fueron esterilizados en un solo año, quince veces más que los esterilizados por los nazis, según la periodista científica Mara Hvistendahl. Miles de hombres murieron a causa de cirugías mal realizadas.
A los ciudadanos se les negaba agua, electricidad, cartillas de racionamiento y atención médica a menos que se sometieran. La campaña fue financiada en parte por las Naciones Unidas, el Banco Mundial y la Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo.
La política china del hijo único por familia, impuesta desde 1980 mediante abortos forzados y esterilizaciones obligatorias, estuvo impulsada por el mismo pánico alimentado por Ehrlich. El costo humano, en abortos forzados, infanticidio selectivo por sexo, familias destrozadas y una estructura demográfica catastróficamente desequilibrada, es incalculable.
Hace pocos años, China dio marcha atrás a esta infame política demográfica. Pero ya el mal está hecho y parece ser irreversible: una tasa de natalidad de solo 1.2 hijos por familia, muy por debajo del promedio de 2.1 de reposición demográfica. China se ha convertido en un país envejeciente. La segunda macroeconomía del mundo está en peligro, así como su seguridad social. Y ello sin contar los cientos de millones de chinos muertos y madres sufrientes a causa del aborto.
Una carta del Wall Street Journal, que ha circulado ampliamente desde la muerte de Ehrlich, humaniza el daño. Un hombre de Minnesota llamado Kenneth Emde escribió que se tomó en serio las advertencias de Ehrlich y decidió no tener una familia numerosa.
Ahora no tiene nietos. Mirando hacia atrás, Emde se describió a sí mismo como “estúpido e ingenuo”. ¿Cuántos millones de personas más, persuadidas por la misma propaganda, tomaron la misma decisión irreversible?
Como Elon Musk señaló sin rodeos, el libro de Ehrlich podría ser “la obra más dañina contra la humanidad jamás escrita”.
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