Restauremos el orden divino de la familia (I)
Adolfo J. Castañeda, MA, STL
Director de Educación
Vida Humana Internacional
Introducción
La misión de Vida Humana Internacional es crear una oposición eficaz a la “cultura” de la muerte por medio de la denuncia y de la formación en los verdaderos valores de la vida y la familia, y de esa manera ayudar al establecimiento de una cultura de vida.
Pero para lograr esta misión es necesario restaurar el orden familiar que Dios estableció desde el origen de la creación humana. La razón principal de la necesidad de esta restauración, como la Iglesia misma nos enseña, es que la familia es el santuario de la vida (ver San Juan Pablo II, Familiaris Consortio, nos. 6, 11, 59, 88, 92 y 94).
Gran parte de este orden es la disposición divina de que el hombre reasuma su papel, como esposo y padre, de ser la cabeza de su hogar. Se trata del orden que Dios ha dispuesto para la familia que la Biblia nos revela. Como veremos, este orden que Dios ha dispuesto no constituye en modo alguno una infravaloración de la mujer como mujer y como esposa y madre. Al contrario, como veremos, este orden divino realza la dignidad de la mujer y el respeto a su gran dignidad que Cristo mismo nos enseñó.
Adán, imagen de Dios e hijo de Dios
Génesis 1:27 nos dice: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó”. El concepto de imagen de Dios es muy importante. Es la definición que nos da la Palabra de Dios acerca de qué significa ser persona humana, su identidad más importante.
Hay muchas cosas que podemos decir acerca de qué quiere decir la imagen de Dios en el ser humano. Pero hay una definición que consideramos la más fundamental. Génesis 5:3 dice que “Tenía Adán 130 años cuando engendró un hijo a su semejanza, según su imagen, a quien puso por nombre Set”. De manera que a través de la generación se transmite la imagen de Dios de padres a hijos. Esto es muy significativo porque Lucas 3:38, al darnos la genealogía de Jesús, nos dice: “… hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios”. Es decir, Dios Nuestro Padre crea a Adán como su hijo a imagen de Él.
Claro, el ser hijo de Dios a Su imagen por la creación no es lo mismo que ser hijo de un padre terrenal por la procreación. Pero el punto es que la imagen de Dios con el significado fundamental de ser hijos e hijas de Dios se transmite de generación en generación. Haber sido creados a imagen de Dios tiene como primer y más básico significado el ser hijos en hijas de Dios en virtud del acto creador de Dios. Poseemos y transmitimos la imagen de Dios Nuestro Padre Celestial por medio de la procreación.
Sin embargo, a través del Bautismo somos hechos hijos e hijas de Dios ya no solamente por medio de la creación natural sino por medio de una creación sobrenatural, es decir, por medio de la gracia que Dios nos confiere en ese primer Sacramento. Juan 19:13 nos dice que
“La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en Su Nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios.”
Este pasaje es una referencia al Bautismo, por medio del cual nacemos de nuevo como hijos de Dios a la vida de la gracia. La imagen manchada por el pecado original (Génesis 3:1-6) queda restaurada por medio de la gracia que Cristo nos ganó por medio de su pasión, muerte y resurrección. Ver Catecismo, nos. 1227, 1262, 1263 y 1265.
Esto es muy significativo porque indica la gran dignidad con que Dios nos creó a todos a Su imagen y, en particular, a Adán, el hombre original. Ahora vamos a ver otras identidades que Dios le concedió a Adán al colocarlo en el jardín del Edén.
Dios crea a Adán y lo establece en el jardín del Edén
En Génesis 2:15 leemos que “Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo dejó en el jardín del Edén, para que lo labrase y lo cuidase”. El jardín del Edén representa el estado de esplendor en que se encontraba la creación antes de ser afectada por el pecado original, como lo fueron el hombre y la mujer (ver Romanos 8:19-23). Aquí vemos cómo el trabajo humano, lejos de ser un castigo, es un don de Dios para que el hombre continúe la obra de la creación. Y ello es así porque ya el hombre trabajaba la tierra sin sufrir fatiga alguna antes del pecado original.
Pero lo que más nos interesa aquí es el mandato de Dios de cuidar el jardín. En este contexto, este mandato de Dios significa dos cosas. Una es cuidar de la creación. La orden de Dios al hombre y a la mujer de “someter la tierra” en Génesis 1:28 no significa un dominio despótico de la naturaleza, sino administrativo. Dios quiere dejar claro que el hombre y la mujer son superiores al resto de la creación material y que la utilicen para obtener de ella sus frutos y todo lo demás que necesitan para el progreso humano. Pero ese uso debe respetar la creación en su integridad, porque Dios les ha encomendado la creación al hombre y a la mujer como don Suyo. Ver Catecismo, no. 299.
El otro significado del mandato de cuidar el jardín o la naturaleza es más importante. Se refiere a proteger la creación del mal. Dios creó y estableció al hombre original como el guardián, rey y sacerdote del universo. El propósito divino de toda la creación es que ésta sirviera de santuario para que el hombre, al trabajar y cuidar la tierra, se la ofreciese a Dios para agradecerle, alabarle y adorarle. Ver Catecismo, no. 344.
Adán, sacerdote, rey y guardián de la creación
El primer relato de la creación en Génesis 1:1-2:4 termina con la creación del hombre y la mujer como el culmen de toda la obra creadora de Dios del mundo visible. “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Génesis 1:31); mientras que respecto de las etapas anteriores de la creación Dios dijo simplemente que “estaba bien” (ver los versículos 10, 12, 18, 21 y 25). Ver también Catecismo, nos. 342-343.
Y una vez creado todo en “seis días”, este relato nos dice que “Dios bendijo el día séptimo y lo santificó” (Génesis 2:3). Ese día de descanso (sábado o Sabbat)) debía estar dedicado al culto a Dios, ver Catecismo, no. 347. Y Adán, el varón original, debía cumplir con la misión que Dios le había dado de ser sacerdote, rey y guardián de la creación visible.
El Catecismo de la Iglesia nos enseña que este primer relato de la creación, al utilizar el simbolismo de “seis días” de labor creadora de Dios y un “séptimo día de descanso” divino, expresaba la dimensión sacerdotal o de culto a Dios del mundo visible. Y Adán, el hombre original, quedaba lógicamente constituido como sacerdote para ofrecer ese culto a Dios durante el día séptimo, después de trabajar los seis días anteriores, ver Catecismo, no. 358. El Pueblo de Israel, el hijo primogénito de Dios (ver Éxodo 4:22) debía seguir ese patrón de seis días de trabajo y de un último día, el sábado, para descansar y dar culto y adoración a Dios (ver Éxodo 20:8-11 y Catecismo, nos. 347-348.)
Por otro lado, el Salmo 8:5-7 nos enseña que Dios creó al hombre y a la mujer como los reyes y señores de la creación. Por lo tanto, Adán, el hombre original, fue creado por Dios como rey y señor de la creación bajo el reinado y señorío del propio Dios.
Y ya hemos visto que Dios constituyó a Adán como el guardián de la creación ante el mal o, mejor dicho, ante el Maligno.
Adán, el principal responsable de la relación hombre-mujer
En sus catequesis sobre la teología del cuerpo, el Papa San Juan Pablo II nos enseña que Dios constituyó al hombre original como el principal responsable de la relación entre el hombre y la mujer en el matrimonio (Catequesis, no. 17). El Santo Padre se remonta a Génesis 2:23, pasaje en el cual Adán despierta del sopor en el cual Dios lo había sumido para crear a Eva de su costado. Al contemplar a la mujer original, el primer hombre estalla en gozo y alegría, y se da cuenta enseguida de que este ser que tiene delante, a pesar de poseer un cuerpo distinto al suyo, es de su misma naturaleza personal. El Santo Padre nos enseña que aquí Dios le está entregando la mujer al hombre como don Suyo, para que él la ame, la cuide, la respete, la reverencie y la honre como su esposa.
Es significativo también que el siguiente versículo (Génesis 2:24) diga: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su esposa, y se hacen una sola carne”. Nadie en Israel, ni siquiera los líderes religiosos en tiempos de Jesús que tanto intentaron contradecirle, negaba que este pasaje constituía la institución divina del matrimonio.
También es significativo que el hombre aparezca como el que toma la iniciativa en cuanto a establecer una relación conyugal entre él y la mujer. Ello no niega para nada el hecho de que la mujer sea un ser humano con su propio valor como persona, con su propia voluntad y dignidad. Efesios 5:21, el versículo que comienza el pasaje sobre el matrimonio cristiano nos dice: “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo”. Antes de hablar sobre la sumisión de la esposa al esposo, esta enseñanza coloca el contexto dentro del cual se debe entender esta otra sumisión que aparece en los siguientes versículos del 22 al 24. Pero sigue siendo significativa la iniciativa del varón en cuanto al establecimiento del matrimonio según la Palabra de Dios.
En ese pasaje de Efesios 5:21, podemos apreciar en la frase en el temor de Cristo una enseñanza muy importante. El temor de Cristo no es otra cosa que el don del temor de Dios que aparece en Isaías 11:2. Sabemos que este temor de Dios no significa tenerle miedo a Dios, como si Dios fuese un juez implacable. Significa más bien tenerle un profundo respeto y reverencia a Dios. Salvando la infinita distancia, en cuanto al ser, que hay entre Dios y los seres humanos, podemos extender este don del temor de Dios al respeto y reverencia que se deben el hombre y la mujer el uno al otro. Por lo tanto, queda claro que el liderazgo del esposo en el matrimonio y luego en la familia como padre está enmarcado por un santo respeto que él le debe, bajo pena de pecado grave, a su esposa y a sus hijos.
El sacramento original o primordial
En sus catequesis sobre la teología del cuerpo, San Juan Pablo II también nos enseña acerca de lo que él llama el “sacramento original o primordial” (Catequesis, no. 19). La doctrina católica nos enseña que un sacramento es un signo eficaz de la gracia de Dios, instituido por Cristo y dado por él a la Iglesia para comunicar esa gracia, que es la vida de Dios en nosotros (ver Catecismo, no. 1131). Con esta comprensión de qué es un sacramento podemos entender mejor lo que el Papa nos dice acerca de este sacramento original.
El Santo Padre nos explica que, al estar Adán y Eva en el estado original de amistad plena con Dios y por tanto de inocencia original, la unión conyugal entre ellos constituía un signo eficaz de la gracia de Dios. Es decir, su unidad original fue el sacramento original porque eficazmente comunicaba la gracia de Dios a ellos mismos y al resto de la creación. El matrimonio original fue la fuente primordial que Dios escogió para comunicar Su amor y su gracia a todo el universo, comenzando por los esposos originales.
Podemos comprender entonces la importancia y belleza tan sublimes del matrimonio, no solo en su aspecto natural, como origen de la humanidad por medio de la procreación, sino también en su aspecto sobrenatural en cuanto a comunicar la vida de Dios a la humanidad futura y al resto de la creación.
San Juan Pablo II también nos enseña en este contexto que Dios, anticipándose al pecado original, diseñó el matrimonio entre un hombre y una mujer, y también el cuerpo humano de cada uno de ellos como la expresión física y signo visible del amor invisible de Dios por su creación, sobre todo la humana, desde toda la eternidad. Y esta anticipación cobra toda su fuerza de comunicación de la gracia de Dios en atención a los méritos que Cristo nos ganó gracias a su Misterio Pascual: su pasión, muerte, resurrección, ascensión y glorificación en el Cielo.
Vemos entonces que el matrimonio cristiano tiene una doble importancia fundamental, tanto para la historia humana, gracias a la procreación, como para la historia de la salvación, gracias al matrimonio entre Cristo y su Iglesia, espiritualmente fecundo gracias al Bautismo y fundamento del sacramento del matrimonio, como veremos más adelante.
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