Restauremos el orden divino de la familia (II)

 

Adolfo J. Castañeda, MA, STL

Director de Educación

Vida Humana Internacional

www.vidahumana.org

 

El pecado original y la salvación gracias a Cristo

 

Lamentablemente, por culpa del pecado original, se perdió la comunicación de la gracia santificante del sacramento primordial, que era la unidad original del primer hombre y la primera mujer. Ver Génesis 3:1-19. En cuanto al tema que nos ocupa, es significativo observar que el principal responsable de este pecado, según la Palabra de Dios, no fue Eva, sino Adán.

 

Recordemos que Dios había colocado al hombre original en el jardín para que lo cuidase del Maligno. Pero Adán no cumplió con ese cometido. Permitió que el diablo, en forma de serpiente, dialogase y engañase a su esposa (ver Génesis 3:4-6). Y no solo eso, sino que él también se dejó seducir y aceptó comer del fruto prohibido de manos de Eva (versículo 6). Adán, que estaba ahí mismo junto a su esposa, no cumplió con la misión que Dios le había encomendado de ser el principal responsable del matrimonio y de cuidar a Eva, a la creación y a sí mismo de las acechanzas de Satanás.

 

La Biblia es muy clara al culpar principalmente al hombre original por el pecado original. Y también es muy clara al proclamar al Hombre Nuevo, Jesucristo, como el Salvador de todos. En Romanos 5:12-14, San Pablo no menciona a Eva al darnos su enseñanza sobre este primer pecado, sino a Adán:

 

“Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron… reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir.”

 

Luego, en 1 Corintios 15:45, San Pablo contrapone al primer Adán, que cometió el primer pecado, al segundo, o más bien, el último Adán, Cristo, quien permaneció fiel, nos liberó del pecado y nos dio nueva vida (la gracia que salva): “El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente [Génesis 2:7]. El último Adán [Cristo], espíritu que da vida”.

 

De manera que Cristo, el Hombre Nuevo, es el Nuevo Adán, según la Sagrada Escritura. Y, según los Santos Padres, testigos de la Sagrada Tradición, que también transmite la Palabra de Dios, María es la Nueva Eva, gracias a los méritos de Cristo (ver Catecismo, nos. 78, 81 y 411). María dio su pleno sí a Dios (ver Lucas 1:38) en lugar del “no” de Eva (ver de nuevo Génesis 3:6).

 

 

El matrimonio cristiano, sacramento de salvación

 

Cristo continúa su obra salvadora a través de su Esposa la Iglesia. Esa obra salvadora continúa comunicando la gracia justificante de Cristo, la gracia que nos transforma de pecadores en justos, por medio de los sacramentos. El primer sacramento en comunicar esta gracia santificante o justificante es el Bautismo. Y el sacramento que es fuente y culmen de todos los sacramentos es la Eucaristía. Porque la Eucaristía es la actualización, el hacer presente de forma sacramental, el único, irrepetible y para siempre válido sacrificio (entrega) de Cristo en la cruz y de su Resurrección (ver Catecismo, nos. 1323 y 1330).

 

Sin embargo, es muy significativo que el Sacramento del Matrimonio sea una manera muy palpable en que este amor redentor y conyugal de Cristo por su Iglesia es manifestado. Recordemos que el sacramento primordial perdió su eficacia en cuanto a comunicar la gracia de Dios debido al pecado original. Por ello, Cristo elevó el matrimonio entre cristianos a la dignidad de sacramento, signo visible y eficaz de la gracia de Dios (ver Catecismo, no. 1601). Ahora el matrimonio entre cristianos, al ser un sacramento, vuelve a comunicar la gracia de Dios que el sacramento primordial había perdido.

 

Cada sacramento tiene una gracia específica. Por ejemplo, el Sacramento del Bautismo nos comunica la gracia santificante, la gracia que nos limpia del pecado original y nos concede la justificación (ver Catecismo, no. 1213). La gracia específica del Sacramento del Matrimonio es que la vida y unión conyugal entre los esposos cristianos sea imagen y reflejo del Matrimonio entre Cristo y su Iglesia. Al respecto, Efesios 5:25 nos enseña: “Maridos amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

 

Este amor de Cristo por su Esposa la Iglesia es al mismo tiempo un amor redentor y conyugal. Ambos amores poseen la misma característica fundamental de la entrega de Cristo por su Iglesia. Cristo es el redentor de la Iglesia porque se entregó a sí mismo por ella. Cristo ama a su Iglesia con un amor conyugal por la misma razón: porque se entregó a sí mismo por ella. Así debe ser el amor del esposo por su esposa y viceversa. Pero San Pablo enfatiza el papel del esposo, como también enfatiza el rol de Cristo.

 

Y está claro que San Pablo está hablando principalmente del Matrimonio entre Cristo y su Iglesia, porque en los versículos 31 y 32 dice lo siguiente: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos se harán una sola carne [Génesis 2:24, la institución divina del matrimonio]. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En otras palabras, el Matrimonio celestial y espiritual, del cual el matrimonio cristiano es y debe ser una fiel imagen, es entre Cristo y su Iglesia.

 

 

El esposo y padre como cabeza de su esposa y de la familia

 

Es en el contexto apenas explicado que debe entenderse la sumisión de la esposa al esposo que enseñan los versículos 22-24 de este pasaje de Efesios 5:

 

Las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo. Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.

 

El mundo actual rechaza esta sumisión de la esposa al esposo, porque piensa erróneamente que esa sumisión implica inferioridad y opresión. Nada más lejos de la verdad. Primero, volvamos a recordar el versículo 21, con el que comienza este pasaje de Efesios 5:21-33. Ese versículo nos enseña que el esposo y la esposa deben someterse mutuamente en el temor de Cristo. Ya eso lo hemos explicado.

 

Segundo, recordemos el versículo 25, que nos enseña que los esposos deben amar a su esposas como Cristo ama a la Iglesia. Y Cristo no es ningún machista ni mucho menos un déspota. Al contrario, él se entregó a sí mismo por su Iglesia. De la misma manera, los esposos deben entregarse y darse en servicio a sus esposas hasta el sacrificio e incluso la muerte, si fuera necesario.

 

En este contexto, recordemos también que Cristo se identificó a sí mismo como el siervo humilde y sufriente de Yahvé en Isaías capítulos 42, 49, 50 y 52-53. Estos cuatro cánticos del Siervo de Yahvé encuentran su culminación en la pasión y muerte de Cristo, pero anticipadamente en la enseñanza de Jesús cuando dijo tan hermosamente a su discípulos, y a todos nosotros también, estas sublimes palabras: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. Los “muchos” no quiere decir que no todos son objeto de la redención o rescate de Cristo. Los “muchos” significan todos menos el mismo Jesús, el Salvador de todos (ver Catecismo, no. 605).

 

Con este amor de servicio y de sacrificio es que los esposos deben amar a sus esposas, y a sus hijos también. Ello no niega para nada su autoridad en el matrimonio y la familia, sino que la coloca en su verdadera dimensión. El mismo Señor, después de lavar los pies a sus apóstoles, cosa que solo los esclavos o sirvientes hacían, les dijo en Juan 13:12-15:

 

“Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”.

 

 

La sumisión de la esposa

Por su parte la esposa debe también ejercer su sumisión a su esposo en el servicio sacrificado. Debe obedecerlo en todo, excepto, por supuesto, en lo que es pecado. Por eso el abuso machista no debe nunca ser aceptado y no tiene ningún lugar en un matrimonio cristiano (¡ni en ningún otro matrimonio!)

 

El machismo es una tergiversación abominable de la autoridad que Dios le ha concedido al esposo y padre de familia. De la misma manera, el feminismo radical es una tergiversación abominable de la identidad de la mujer, como mujer, como esposa y como madre.

 

La Biblia también es muy clara en el papel que debe desempeñar la esposa en cuanto a su misión de contribuir con su sabiduría a la santidad del matrimonio y la familia y el deber del esposo de escucharla con respeto. Los libros sapienciales del Antiguo Testamento (los que tratan el tema de la sabiduría divina) nos ofrecen pasajes bellísimos y muy contundentes respecto de esta dimensión intrínseca al genio femenino.

Tomemos, por ejemplo, el texto de Proverbios 31:10-31. Como el pasaje es un poco largo, no lo vamos a reproducir en su totalidad. Basta con un sencillo pero muy significativo comentario. Una lectura atenta de este texto nos revela que la esposa, madre y ama de casa, que representa la sabiduría, desempeña no solo labores propiamente domésticas: como cocinar y tejer. También da órdenes a sus criadas, examina y compra tierras, ayuda a los pobres, vende sus confecciones en el mercado y, lo más importante: “Abre la boca con sabiduría y su lengua instruye con cariño” (versículo 26). Podemos deducir fácilmente que su esposo también se beneficia de esa sabiduría, porque el pasaje comienza diciendo que “Su marido confía plenamente en ella”.

 

En otras palabras, no estamos aquí ante una mujer débil de carácter que se deja mangonear. Estamos ante un ser fuerte, que infunde respeto, que realiza diversas labores que transcienden las cuatro paredes de su casa, y que reparte sabiduría a todos los que la quieran escuchar, incluyendo hombres y mujeres, niños y niñas.

 

 

El ejemplo de San José

 

¿Por qué entonces estableció Dios al hombre como el cabeza del hogar? Basados en la visión de la persona humana de la Palabra de Dios y en la enseñanza de la Iglesia, nos atrevemos a decir que Dios estableció este orden familiar en atención a la identidad redentora y conyugal de Cristo respecto de su Iglesia. El esposo representa a Cristo y la esposa a la Iglesia. Así lo ha querido Dios.

 

Pero recurramos al ejemplo humilde de San José, para arrojar más luz sobre este plan de Dios para la familia. Cuando María quedó embarazada por obra y gracia del Espíritu Santo, no fue ella la que le comunicó este hecho milagroso a su prometido. Fue el mismo Dios por medio de un ángel el que se lo dijo en Mateo 1:20: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu esposa porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”.

 

El ángel también le dijo (en el siguiente versículo) a José que fuera él el que le diera el nombre de Jesús (que significa Yahvé salva) al Niño Dios: “[María] Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

 

Ya el Arcángel San Gabriel le había anunciado a María en Lucas 1:31 que le pusiera al Niño el nombre de Jesús. Pero María esperó a que fuese José quien, de hecho, se lo diera, por ser él el padre adoptante de Jesús y porque José era descendiente del Rey David, de cuyo linaje debía venir el Mesías al mundo (ver Lucas 1:32).

 

Luego, cuando el malvado rey Herodes lanzó la matanza de niños varones en Belén y sus alrededores con el propósito de matar a Jesús, fue a José a quien Dios envió un ángel para que le avisara y huyera con María y el Niño a Egipto. El pasaje está en Mateo 2:13-14:

 

“Después de haberse marchado ellos, un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, diciendo: Levántate, toma al Niño y a su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te diga; porque Herodes va a buscar al Niño para matarle. Y él, levantándose, tomó de noche al Niño y a su madre, y se trasladó a Egipto; y estuvo allá hasta la muerte de Herodes”.

 

Por último, una vez muerto Herodes, Dios volvió a avisarle a José a través de un ángel, que ya podía regresar a Israel. Pero una vez allí, José se enteró que el malvado rey Arquelao, hijo de Herodes, reinaba en Judea, que está en el sur de Israel. Entonces decidió, también con el aviso de un ángel, llevarse a María y al Niño a Nazaret, que está en Galilea, al norte de Israel. Ver Mateo 2:19-23.

 

En todos estos acontecimientos vemos como Dios se comunica por medio de un ángel a José, no a María, para que este tome las decisiones y realice las acciones correctas, para proteger a su familia.

 

San José aparece claramente en todo esto como el protector, guía y proveedor de la Sagrada Familia. En una palabra, él fue el cabeza de familia, no María. Esto es un ejemplo para todos, especialmente los hombres cristianos de hoy, para que asuman o vuelvan a asumir su papel de liderazgo en el matrimonio y la familia.

 

Nosotros los hombres, tenemos que traer de vuelta hacia el centro de nuestra vida cristiana el ejemplo de San José, el hombre santo y humilde, que siempre obedeció a Dios con prontitud y fidelidad. De esa manera podremos restaurar el orden familiar que Dios ha establecido desde un principio, cuando creó en el Génesis 2:24 la institución del matrimonio, fuente de la familia.

 

San José, hombre joven y fuerte, sobre todo espiritualmente, tuvo que viajar unos 100 kilómetros desde Israel hasta Egipto, posiblemente a pie, con María recién parida con el Niño en brazos, posiblemente sentada sobre un burro. Y, una vez terminada la estancia en ese país, regresar por el mismo largo y peligroso camino a Israel. Y una vez allí, realizar otro largo viaje hasta Nazaret.

 

Dios sostuvo con su amor y sabiduría a San José. También lo sostuvo su amor por Jesús y por María, la mujer más bella y santa que haya existido jamás, y de quien este santo estaba profunda y castamente enamorado.

 

Nosotros, esposos y padres, debemos seguir su ejemplo. Debemos tener en el centro de nuestros corazones a Dios y a la Sagrada Familia. Pero también muy pegaditas a ese centro a nuestras esposas, para nunca olvidarnos de amarlas con todas las fuerzas que Dios nos ha dado (ver Romanos 5:5).

 

Pienso que solo así podremos construir una familia que verdaderamente sea “santuario de la vida” y de esa manera contribuir al establecimiento de una cultura del matrimonio verdadero, de la familia y de la vida.

 

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