Restauremos la definición natural del matrimonio (II)
Padre Shenan J. Boquet
Presidente de Vida Humana Internacional
Publicado originalmente en inglés el 16 de febrero del 2026 en: https://www.hli.org/2026/03/restoring-the-natural-definition-of-marriage/
Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.
El matrimonio y la ley natural
Como la Iglesia suele señalar, la necesidad de restaurar la verdadera definición del matrimonio va más allá de los argumentos constitucionales, el rechazo al activismo judicial o las creencias religiosas. Se fundamenta en la ley natural: en la verdad sobre qué es el matrimonio, inscrita en la naturaleza misma de la persona humana.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “un hombre y una mujer unidos en matrimonio, junto con sus hijos, forman una familia” y que “al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental” (Nro. 2202-2203).
El Catecismo es igualmente claro al afirmar que “los actos homosexuales son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una auténtica complementariedad afectiva y sexual. En ninguna circunstancia pueden aprobarse” (Nro. 2357).
Estas afirmaciones son habitualmente denigradas como “intolerancia” por nuestra cultura. La conquista de los revolucionarios sexuales es tan completa que a veces resulta difícil olvidar que, hasta hace muy poco, casi todos los estadounidenses estaban de acuerdo con las afirmaciones anteriores, en particular sobre la definición y la naturaleza del matrimonio.
Antes del caso Obergefell, el pueblo estadounidense se había pronunciado sobre esta cuestión con notable claridad. Treinta estados habían aprobado enmiendas constitucionales que definían el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. A nivel federal, el Congreso aprobó la Ley de Defensa del Matrimonio (DOMA) en 1996, con un apoyo bipartidista abrumador, y entre 2002 y 2015 se presentó repetidamente una enmienda federal sobre el matrimonio en el Congreso.
Estado tras estado, mediante los medios más democráticos disponibles, las enmiendas constitucionales aprobadas directamente por los votantes, el pueblo reafirmó lo que la civilización siempre había comprendido.
Como declaró la Congregación para la Doctrina de la Fe en su documento de 2003: “El matrimonio no es una relación cualquiera entre seres humanos. Fue establecido por el Creador con su propia naturaleza, propiedades esenciales y propósito”.
El mismo documento afirma que “no hay absolutamente ningún fundamento para considerar que las uniones homosexuales sean de alguna manera similares o siquiera remotamente análogas al plan de Dios para el matrimonio y la familia”. Hasta hace poco, los estadounidenses daban por sentado que esto era cierto. La decisión del caso Obergefell lo dejó todo de lado.
La familia según el plan de Dios
¿Por qué, entonces, la Iglesia defiende el matrimonio con tanta convicción? No por hostilidad hacia ninguna persona, sino por amor a la verdad sobre la persona humana y por su preocupación por el bien común. Como dijo el Papa San Juan Pablo II: “El futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia” (Familiaris Consortio, no. 75).
Las familias son los pilares de toda sociedad. Es en el seno de la familia donde los niños aprenden por primera vez las virtudes del amor, el sacrificio y la cooperación, esenciales para el florecimiento de cualquier comunidad. Los padres ejercen una influencia única e irremplazable sobre sus hijos, una influencia que ninguna otra relación puede replicar.
En Familiaris Consortio, el Papa San Juan Pablo II situó a la familia en el centro mismo de la misión de la Iglesia.
En un momento de la historia en el que la familia es objeto de numerosas fuerzas que buscan destruirla o deformarla de alguna manera, y consciente de que el bienestar de la sociedad y su propio bien están íntimamente ligados al bien de la familia, la Iglesia percibe de manera más urgente y convincente su misión de proclamar a todas las personas el plan de Dios para el matrimonio y la familia (Nro. 3).
Por eso la Iglesia enseña que intentar equiparar las uniones homosexuales con el matrimonio es, en palabras de la Congregación para la Doctrina de la Fe, “gravemente injusto”.
El Catecismo afirma claramente que las personas con atracción por personas del mismo sexo “deben ser acogidas con respeto, compasión y sensibilidad” (Nro. 2358). Pero el respeto a las personas no puede llevar a la aprobación de actos contrarios a la ley natural, ni a la redefinición legal de una institución que existe para el bien de los niños y la estabilidad de la sociedad.
El valor de decir la verdad
La resolución de la Cámara de Representantes de Idaho puede ser simbólica en su efecto legal inmediato. Pero los símbolos importan.
En una cultura que ha aceptado en gran medida la redefinición del matrimonio como algo ya establecido, la disposición de los representantes electos a alzar la voz y afirmar que Obergefell fue un error, que el matrimonio es lo que siempre ha sido, es un acto inesperado de valentía moral.
Los jueces de la Corte Suprema de Estados Unidos que aprobaron Roe v. Wade asumieron que, una vez que el aborto fuera ley, permanecería como algo ya establecido. Se equivocaron. De igual manera, los jueces que impusieron el matrimonio entre personas del mismo sexo en el país debieron suponer que la ley permanecería como algo ya establecido.
Sin embargo, nada está jamás establecido cuando la libertad humana está en juego. Y como sociedad, aún tenemos la libertad de “retroceder en el tiempo”, no por un deseo perverso de volver al pasado por el mero hecho de volver al pasado, sino más bien para regresar a una visión más sana de la sociedad humana y su florecimiento.
Cada día vemos cómo la revolución ideológica que comenzó con la separación del sexo de la procreación mediante la anticoncepción, que se aceleró con el aborto y que alcanzó una nueva etapa con la redefinición del matrimonio, ahora avanza aún más, hasta la negación del sexo biológico mismo. Cada paso se deriva lógicamente del anterior. Y en cada etapa, el testimonio constante de la Iglesia se ha confirmado como profético.
El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 2003 concluyó con una declaración muy clara sobre el papel del Estado en lo que respecta al matrimonio: “El bien común exige que las leyes reconozcan, promuevan y protejan el matrimonio como fundamento de la familia, la unidad primaria de la sociedad”.
Oponerse al reconocimiento legal de las uniones homosexuales no es un acto de discriminación, sino un acto de justicia.
Al acercarnos a la Solemnidad de San José, volvámonos a este gran santo y pidamos su poderosa intercesión. San José sabía lo que significaba proteger a una familia en un mundo hostil. Hoy la familia se enfrenta a amenazas que San José difícilmente podría haber imaginado; sin embargo, su misión sigue siendo la nuestra: defender la verdad sobre el matrimonio y la familia que Dios nos ha confiado.
San José, terror de los demonios y protector de la Santa Iglesia, ruega por nosotros. Protege a nuestras familias.
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