Transgenerismo vs. verdadero tratamiento (I)

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional

 

Publicado originalmente en inglés el 4 de mayo del 2026 en: https://www.hli.org/2026/05/transgender-dysphoria-medicine-and-true-care-correcting-an-ideological-project-gone-bad/

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

 

Una doctora cuestiona el transgenerismo

 

La Dra. Karine Khatchadourian es una endocrinóloga pediátrica canadiense. Según sus propios cálculos, en los últimos doce años ha atendido entre 250 y 300 niños que se identifican como transgénero.

 

Es la autora principal del primer estudio canadiense, publicado en 2014, sobre cómo tratar médicamente la “disforia de género” en jóvenes, es decir, administrarles altas dosis de lo que en realidad son peligrosos fármacos para impedir la pubertad u hormonas sintéticas para que sus cuerpos se asemejen a los del sexo opuesto.

 

Nota del Editor: La “disforia de género” se refiere a la marcada incongruencia entre la identidad sexual que una persona, usualmente un menor de edad, siente en su interior y su sexo real biológico. La persona cree erróneamente que su verdadero sexo es el que experimenta interiormente y no su sexo real. Esta confusión de identidad sexual causa una gran ansiedad y malestar psicológicos. Nosotros creemos que el mejor término para referirse a esta anomalía es “desorden de identidad sexual”. La palabra “género” en este contexto no es un término científico ni verdadero, sino un vocablo que ha sido ideologizado y politizado para avanzar la ideología del transgenerismo. Esta ideología plantea erróneamente que la identidad sexual que una persona experimenta, aunque esté en conflicto con su sexo real biológico, es su “verdadero género”. De ahí que la “medicina” que surge de ella favorezca los falsos y peligrosos “cambios de sexo”. Pero la ciencia verdadera nos dice que el sexo, masculino o femenino, no se puede cambiar porque está codificado genéticamente: XX para el sexo femenino y XY para el masculino. Solo hay dos sexos y no muchos “géneros”. El verdadero tratamiento debe ser psicológico y espiritual.

 

Hasta hace muy poco, la Dra. Khatchadourian colaboró ​​en la gestión de la “clínica de género” del Hospital Infantil del Este de Ontario (CHEO, por sus siglas en inglés). Aún afirma públicamente que cree en los [mal llamados] “tratamientos” para personas transgénero que ha defendido durante toda su carrera.

 

Sin embargo, en abril de este año de 2026 sorprendió a sus colegas y acaparó la atención nacional al declarar públicamente que su especialidad ha perdido el rumbo. En una conferencia en Canadá, y posteriormente en una entrevista con la periodista Sharon Kirkey del National Post, Khatchadourian describió el campo que ayudó a impulsar como una zona gris de gran trascendencia, con hallazgos contradictorios en el mejor de los casos.

 

En otras palabras, la ciencia está lejos de ser concluyente en este tema, como han afirmado muchos profesionales de la salud que defienden el transgenerismo. De hecho, la evidencia podría apuntar en la dirección opuesta, es decir, en contra del mal llamado “tratamiento” que se ha dado a muchos jóvenes.

 

“Con todo lo que sé hasta ahora, puedo afirmar que cuestionaría la medicalización de la mayoría de los jóvenes que acuden a las clínicas”, declaró Khatchadourian, según el National Post. “Creo firmemente en este tipo de atención”, continuó. “Pero debe abordarse con rigor y cautela, dada la importancia de este campo”.

 

A pesar de que sigue apoyando algo que está totalmente mal, no podría estar más en lo correcto en cuanto a por lo menos reconocer que hay que tener “rigor y cautela”.

 

 

El contagio de la disforia de género

 

¿Qué ha cambiado para Khatchadourian? ¿Qué observa ahora que no veía hace quince años, cuando estaba a la vanguardia de la “medicina” pro-transgénero?

 

Observa, en primer lugar, una población clínica que no se parece en nada a aquella para la que se desarrolló el “Protocolo Holandés” original (el estudio fundamental sobre el que se construyó todo el modelo de “transición” o “cambio de sexo” de la pediatría) a principios de la década de 1990.

 

Los pacientes holandeses originales eran un pequeño grupo de varones biológicos con disforia persistente de inicio temprano. Hoy, según Khatchadourian, el setenta por ciento de los niños que acuden a las clínicas de género son niñas. Muchas de ellas presentan diagnósticos psiquiátricos o del neurodesarrollo (por ejemplo, autismo, ansiedad, depresión, trauma complejo) que dificultan cualquier intento de interpretar su sufrimiento como una simple cuestión de “género”.

 

Según ella, el auge de la identificación no binaria (la que niega la existencia de solo dos sexos) entre las adolescentes tiene mucho que ver con las redes sociales y la influencia de sus pares. “Sabemos que las redes sociales y los compañeros tienen una mayor influencia durante la adolescencia”, afirmó. “Es muy difícil saber, al ver a un paciente, cuánto de su historia es realmente suya y cuánto se basa en la influencia de sus compañeros y las redes sociales”.

 

Argumenta que los médicos están abusando del principio de autonomía del paciente para validar cualquier cosa que una adolescente confundida de catorce años declare sobre su propio cuerpo. Y la mayor preocupación de Khatchadourian es la pérdida irreversible de fertilidad inducida por fármacos en pacientes que aún no han terminado de madurar.

 

“Las conversaciones más difíciles siempre giran en torno a la fertilidad”, dijo. “La mayoría de las veces, oyes a jóvenes decir que no quieren tener hijos, que no quieren hijos biológicos, o qué si los quieren en algún momento, considerarán la adopción. Hay que preguntarse: ¿Es una respuesta madura? ¿Lo han pensado detenidamente? ¿Han demostrado realmente tener la capacidad para dar su consentimiento?”.

 

Por su franqueza, Khatchadourian fue discretamente apartada de la dirección de la clínica de género del CHEO. Como ella misma lo expresa con ironía: “Se consideró que mi experiencia sería más útil si me centrara en otras responsabilidades clínicas y académicas”.

 

Por supuesto que lo consideraron así sus detractores dentro del movimiento.

 

 

No está sola

 

Como señalé en mi reciente columna sobre la persecución de Isadora Borges en Brasil, las fisuras en el supuesto “consenso” médico que sustenta los protocolos radicales de género pediátrico se han ido multiplicando desde hace ya algún tiempo. Lo sorprendente ahora es la rapidez con la que se están ampliando esas fisuras y cuántas de ellas aparecerán solo en 2026.

 

A finales de enero, Fox Varian, de 22 años, se convirtió en la primera estadounidense en revertir su transición de género en ganar una demanda por negligencia médica contra los doctores que la operaron cuando era menor de edad. El tribunal le otorgó 2 millones de dólares en concepto de daños y perjuicios por parte del cirujano y el psicólogo de Nueva York que le extirparon los senos sanos a los dieciséis años. Veintiocho demandas similares están pendientes en todo Estados Unidos.

 

Días después, la Sociedad Estadounidense de Cirujanos Plásticos (ASPS, por sus siglas en inglés) publicó nuevas directrices advirtiendo sobre los riesgos de las mal llamadas cirugías de “transición de género” en menores. La Asociación Médica Estadounidense (AMA, por sus siglas en inglés), que durante años había sido una de las voces más obstinadas en Estados Unidos en la defensa de la atención “médica” de la mal llamada “afirmación de género” como un “derecho humano fundamental”, no tardó en sumarse a la postura, declarando por primera vez que dichos procedimientos deberían posponerse hasta la edad adulta.

 

En febrero, Baystate Health, el mayor sistema hospitalario del oeste de Massachusetts, suspendió abruptamente la prescripción de hormonas de reasignación de sexo a menores. Hospitales de California y otras partes de Massachusetts siguieron su ejemplo. En parte, esto se debió a que el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS, por sus siglas en inglés) del gobierno de Trump había amenazado con retirar el reembolso de Medicare y Medicaid a cualquier institución que continuara con esta práctica. Los hospitales que hasta semanas antes habían insistido en que estos tratamientos eran “médicamente necesarios, incluso vitales”, cedieron casi de la noche a la mañana ante el cambio en la política de financiación.

 

El testimonio de Khatchadourian es solo la voz más reciente y una de las más autorizadas en un coro que incluye la Revista Cass en el Reino Unido, los cambios de política en Suecia, Finlandia y Noruega, los giros de la AMA y la ASPS, el cierre de hospitales en Massachusetts y California, y las demandas de personas que buscan revertir su transición, como la de Varian Fox.

 

Los tiempos están cambiando.

 

Continuará.

 

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