Reclamemos el sentido de lo sagrado en esta temporada Pascual: El misterio y la dignidad de la existencia humana

 

Padre Shenan J. Boquet

Presidente de Vida Humana Internacional

 

Publicado originalmente en inglés el 1 de abril del 2024 en: https://www.hli.org/2024/04/reclaiming-the-sacred-the-great-mystery-and-dignity-of-our-existence/.

 

Vida Humana Internacional agradece a José A. Zunino la traducción de este artículo.

 

La liturgia del Triduo Pascual está llena de muchos momentos de gran belleza, desde el lavatorio de los pies el Jueves Santo hasta la postración ante la cruz el Viernes Santo.

 

Comentario del Editor: La palabra “pascua” significa “paso”. Celebramos el paso del Señor Jesús de la muerte a una vida gloriosa por medio de su Resurrección. Celebramos también nuestro propio paso de la muerte al pecado a una vida nueva en Dios que nos concedió nuestro Bautismo. Ver Romanos 6:4. Aunque ya han pasado unas dos semanas desde que la temporada de Pascua lleva ha comenzado, recordemos que la Pascua dura hasta Pentecostés, el 19 de mayo. Por lo tanto, es provechoso y conveniente reflexionar sobre esta temporada tan maravillosa.

 

Sin embargo, pocos momentos son tan conmovedores como cuando nos encontramos en una iglesia a oscuras, iluminada sólo por cientos de velas sostenidas por el clero y los fieles, el Sábado Santo, escuchando los exquisitos versos del “exultet” pascual declamados desde el púlpito.

 

“Esta es la noche”, entona repetidamente el diácono (o sacerdote). “Esta es la noche que con una columna de fuego desterró las tinieblas del pecado. Esta es la noche cuando Cristo rompió las rejas de la muerte y resucitó victorioso del inframundo”.

 

Es difícil pensar en algún momento de toda la liturgia de la Iglesia que cautive tan completamente la imaginación, en el que sea tan fácil perderse por completo en una sensación abrumadora de belleza y poder, o entregar el corazón con tanta facilidad a un espíritu de alabanza y acción de gracias.

 

Para nosotros, la gente moderna, que estamos tan acostumbrados a vivir en el perpetuo resplandor de la luz artificial, hay algo especialmente conmovedor en una iglesia iluminada sólo por el resplandor de las velas. Érase una vez cuando esas liturgias a la luz de velas o linternas habían sido la norma. Pero para nosotros, el dramatismo de un servicio a la luz de las velas se ve intensificado por el hecho de que es muy raro que experimentemos algo así.

 

Y luego está la belleza incomparable de la poesía del exultet, una oración de hace unos 1.500 años. La traducción castellana que habitualmente se utiliza logra preservar la trascendencia del original latino. Cuando se canta bien, a uno le cuesta reprimir las lágrimas. Pero ¿por qué lo haríamos? Si alguna vez hubo un motivo para llorar de alegría, ésa es la Vigilia Pascual.

 

De hecho, el dramatismo de este momento se ve realzado sobre todo por la ocasión: el primer torrente de alegría después de los largos días cuaresmales de penitencia y ayuno. Después de seguir litúrgicamente las huellas de la Pasión del Señor y contemplar detalladamente los inmensos dolores corporales y espirituales que sufrió nuestro Señor, incluido su abandono por todos sus Apóstoles, estamos preparados para saborear algo del éxtasis que debieron sentir los Apóstoles cuando la noticia de su resurrección llegó por primera vez a sus oídos.

 

Su querido amigo, su Señor, su compañero de años, a quien amaban tanto y creían destruido por los poderes del odio y de la muerte: ¡vive!

 

 

La pérdida del sentido de lo sagrado

 

Durante esta Pascua, les insto a que dediquen un momento para contemplar, con gratitud, el hecho de que se nos ha concedido el don de una fe que nos permite experimentar tales cosas. La Iglesia, en su sabiduría, ha encontrado maneras de representar litúrgicamente las grandes verdades de nuestra fe de manera que nos saquen del tedio del día a día y nos pongan frente a frente con los grandes misterios y con la dignidad de nuestra propia existencia.

 

¡Esta no es la norma en nuestro mundo! Por más razones de las que podemos enumerar aquí, el número de quienes creen en la historia de la Pascua se ha desplomado. Muy pocos participan ahora en la vida litúrgica de la Iglesia. Para muchas personas, la Semana Santa, la Pascua, la Navidad y muchas otras ocasiones de inmenso significado para los cristianos son como cualquier otro día del año.

 

Comentario del Editor: Incluso el Presidente Biden ha tenido la desfachatez y la inmensa falta de respeto de dedicar este día a la “visibilidad del transgenerismo”. Las personas que sufren de sentimientos transgénicos no van a ser ayudadas por la “celebración” de lo que en realidad es un desorden emocional, sino con la ayuda compasiva y respetuosa de la oración de sanación y de la ayuda de auténticos profesionales de la salud mental.

 

El Viernes Santo o el Lunes de Pascua pueden significar un día libre en el trabajo. Pero no hay nada de peso en ellos, ni el dolor y el presentimiento del recuerdo de la crucifixión de Cristo, ni el gozo y la alegría del recuerdo de la reunión del Apóstol con su Maestro viviente. En ocasiones, estos días pueden ser para una reunión familiar. Pero esto no será precedido por un culto comunitario en la iglesia, ni por la lectura de las Escrituras antes de la comida, ni por el canto de himnos.

 

En otras palabras, el sentido de lo sagrado está completamente ausente en la vida de muchas personas. El resultado es un aplanamiento de la existencia humana. Como sugiere la crisis de salud mental en nuestro mundo, esto tiende a producir una sensación generalizada de disgusto, ansiedad, miedo y desesperación. En muchos casos, la gente ni siquiera es consciente de que la vida se puede vivir de otra manera.

 

En un conmovedor pasaje del libro “Ya es tarde y anochece”, del cardenal Robert Sarah, el purpurado africano escribe sobre esta pérdida del sentido de lo sagrado. Él también cita la Vigilia Pascual como uno de esos momentos de suprema sacralidad y belleza en la vida litúrgica de la Iglesia:

 

En un mundo donde todo está al mismo nivel, todo se vuelve tristemente igual. Un mundo profano, incluso diría que profanado, es un mundo sin alegría. Básicamente, la pérdida del sentido de lo sagrado es motivo de tristeza. ¡Qué encantador es para un joven monaguillo acercarse al altar por primera vez! Su alegría es mucho mayor porque se acerca a Dios. Para ello se ha vestido con el manto sagrado de sus ministros. Lo sagrado es un bien precioso; es la puerta por la que la alegría entra al mundo. Nos ofrece compartir alegrías profundas. ¿Quién no ha temblado profundamente durante la Vigilia Pascual mientras seguía la llama del cirio pascual en la noche? ¿Quién no ha probado nunca la alegría espiritual que produce cantar el canto gregoriano Salve Regina en un monasterio? El escalofrío de miedo que inspira es un escalofrío de alegría. Las voces de los monjes se unen para proclamar el amor de Nuestra Señora en un canto lento, grave y solemne que expresa luminosamente el verdadero sentido de lo sagrado: un temor gozoso y confiado. Experimentamos textualmente en nuestra carne las palabras de Goethe: “Lo sagrado es lo que une a las almas”. Yo añadiría que les une una alegría profunda.

 

 

La pérdida del sentido de la naturaleza sagrada del matrimonio

 

Sin embargo, esta pérdida del sentido de lo sagrado no es sólo algo que produce resultados espirituales y psicológicos negativos. No es sólo algo que impide al hombre moderno saborear muchos de los estados más elevados que están a su alcance: aquellos estados que hablan más directamente a aquellas partes del hombre que son más plena y distintivamente humanas y, por lo tanto, casi divinas.

 

También es cierto que esta pérdida del sentido de lo sagrado degrada la existencia humana y los deja presa de los estragos de la “cultura” de la muerte.

 

Tomemos, por ejemplo, el caso del matrimonio.

 

A lo largo de milenios, la raza humana ha rodeado el matrimonio de una serie de rituales elaborados que pretenden ser signos visibles de la dignidad de lo que está ocurriendo: la unión de dos seres humanos en una sociedad que es el medio por el cual la vida de nuevos seres humanos es traída al mundo.

 

La fundación de una familia mediante el matrimonio de un hombre y una mujer no es algo baladí. Es, más bien, una unión que tendrá consecuencias que resonarán a través de generaciones, transformando no sólo las vidas de marido y mujer, sino también las de sus hijos, la familia extendida y toda la comunidad.

 

Esta verdad fue reconocida incluso en muchas sociedades paganas, que idearon rituales extensos y significativos para celebrar el matrimonio. Sin embargo, Cristo elevó el matrimonio a la dignidad sobrenatural de sacramento. Y en San Pablo encontramos la comparación del matrimonio con la relación entre Cristo y Su Iglesia (Efesios 5:31-32).

 

Como tal, los cristianos siempre han tratado el matrimonio con la debida dignidad. Dentro de una ceremonia de matrimonio católica bien realizada, es imposible no comprender que algo inusual y de gran importancia está sucediendo. Desde la música, el incienso, la procesión, la celebración de la Eucaristía y el intercambio de votos solemnes, todo apunta a la importancia de lo que están haciendo los novios. Esta no es solamente una celebración de los “sentimientos” de dos personas. Esto ni siquiera es solamente “una celebración del amor”. Es además un acontecimiento público, con repercusiones públicas. Y es un acontecimiento sobrenatural, con repercusiones sobrenaturales.

 

Hoy en día, sin embargo, se ha perdido gran parte de la trascendencia de la ceremonia matrimonial. Por un lado, es cierto que las parejas gastarán enormes cantidades de dinero en celebraciones fastuosas. Y, sin embargo, incluso en medio de las bodas más lujosas, a menudo hay una sensación no de significado trascendente, sino más bien de un estado de ánimo pasajero, de algo demasiado humano.

 

En lugar de intercambiar votos solemnes en presencia de Dios en una iglesia, las parejas a menudo intercambian “promesas” trilladas en una playa o en un jardín. Pocos de los presentes piensan que el matrimonio es algo más que una celebración del hecho de que dos personas se han “enamorado”. Ciertamente, pocos estarían dispuestos a apostar una cantidad significativa de dinero a si el matrimonio durará toda la vida. Si el estado de ánimo de “estar enamorado” pasa, entonces asumen que el matrimonio fracasará, o al menos se convertirá en otra unión sin amor.

 

En otras palabras, no se considera que el matrimonio sea “sagrado”. Y las ceremonias matrimoniales reflejan eso. Para muchas parejas la ceremonia no cambia nada en sus vidas, ya que ya llevan años viviendo juntos. El día de su matrimonio, no sienten que están haciendo algo de importancia trascendental y eterna. No experimentan el sentimiento de asombro al que me referí al principio de esta columna: el sentimiento de asombro que nos invade en la Vigilia Pascual, cuando nos encontramos con algo mucho más grande e importante que nosotros mismos.

 

No es de extrañar, entonces, que tantos matrimonios fracasen. No es de extrañar que nuestra cultura menosprecie y ridiculice el matrimonio como una “trampa”. No es de extrañar que hombres y mujeres se traten unos a otros simplemente como un medio conveniente para su propia felicidad y reaccionen con ira y decepción cuando su cónyuge no cumple.

 

También es fácil ver que lo mismo se aplica a la forma en que tratamos la vida humana misma: cuando tantos matrimonios gastan la mayor parte de sus energías en formas de evitar traer una nueva vida al mundo, tratando el acto conyugal puramente como una actividad recreativa. No es de extrañar que las noticias de una nueva vida humana rara vez sean recibidas como una manifestación de lo sagrado y una ocasión de alegría. Para los matrimonios abiertos a la vida, la noticia de la concepción de un hijo puede ser motivo de miedo y ansiedad, sí: pero también es siempre motivo de asombro y alegría ante una realidad que excede nuestra comprensión.

 

Pero en un mundo desacralizado, incluso la vida humana se convierte simplemente en una materia prima que debe ser controlada y manipulada para nuestros propios, limitados y miopes objetivos. No es de extrañar, entonces, la proliferación de la anticoncepción (incluyendo los que son abortivos), el aborto, la fertilización in vitro (FIV) – que destruye incontables embriones humanos – la eutanasia y tantos otros ataques a la dignidad de la vida humana.

 

 

La Pascua y el sentido de lo sagrado

 

La Vigilia Pascual es una de esas ocasiones en las que podemos sentir en nuestros huesos el hecho de que el nacimiento, la muerte y la resurrección de Cristo no fueron simplemente un evento pasajero. Nuestra Fe no es simplemente un pequeño aspecto de nuestras vidas. Más bien, la venida de Cristo y el hecho de que se nos dé el don de la fe son transformadores en formas que son difíciles de expresar con palabras.

 

Una vida en la que se nos da la oportunidad de alabar a Dios con las palabras del exultet y de creer la verdad de esas palabras, es una vida imbuida de significado. No somos simplemente animales que viajan entre la vida y la muerte, buscando bienes y placeres puramente terrenales. Somos seres hechos a imagen y semejanza de Dios, por cuyo bien Dios consideró digno de vivir, sufrir y morir, para que vivamos con Él para siempre.

 

Cada vida humana, cada amor humano, es una participación en lo Divino. Este es el regalo de la Pascua. Este es el regalo que celebramos a la luz de las velas en la Vigilia Pascual. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su único Hijo, para que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16).

 

Esta es la Buena Nueva: desde que Cristo vino al mundo, nada ha sido ni puede ser igual. Regocijémonos hoy y llenémonos de gratitud por el don del sacrificio de Cristo y el don de la fe de Dios. Y resolvamos difundir esta Buena Nueva por todo el mundo, haciendo retroceder las sombras de la “cultura” de la muerte, como una sola vela en una iglesia a oscuras simboliza la destrucción de la muerte en la mañana de Pascua.

 

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