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Mons. Ignacio Barreiro

Padre Peter West


El mes de mayo es tradicionalmente un tiempo para honrar a María, la Madre de Dios. Es un tiempo muy apropiado para reflexionar sobre la labor esencial que ella desempeña en nuestra salvación y en nuestro apostolado misionero de defender la vida y la familia. Durante este mes debemos tratar de profundizar en el conocimiento y el amor hacia ella a través de la oración, especialmente el Santo Rosario, la veneración de sus imágenes, la lectura de la Sagrada Escritura, y el estudio de las enseñanzas de la Iglesia y de los grandes teólogos marianos.  La Biblia nos enseña a no desatender la profecía. Por lo tanto, también debemos estar con una mente abierta hacia las apariciones marianas que la Iglesia nos dice son dignas de nuestra creencia.


Al comienzo de la historia, después de la tragedia del pecado de nuestros primeros padres, Dios intervino con una promesa que los Padres de la Iglesia llaman Protoevangelio, o primer Evangelio (cf. Génesis 3:15). La Santísima Virgen María es la mujer cuyo hijo va a aplastar la cabeza de la serpiente infernal. Muchos Papas, Santos, Padres y Doctores de la Iglesia han declarado que la mujer en este pasaje se refiere a María. El Papa San Juan Pablo II nos enseña: “A la luz del Nuevo Testamento y de la tradición de la Iglesia, sabemos que la mujer anunciada por el Protoevangelio  es María, y en ‘su semilla’ reconocemos a su hijo, Jesús, que triunfó a través del Misterio Pascual sobre el poder de Satanás” [1].


Nuestra Señora de la Victoria, representada en diversas y espléndidas obras de arte, se muestra sosteniendo al niño Jesús, quien viene para ayudarla,  con una cruz en forma de lanza, a aplastar la cabeza de una serpiente que está lista para abalanzarse sobre sus talones [2].


En cumplimiento de esta promesa, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarnó a través de la cooperación de María. San Juan Pablo II lo explica notoriamente en su encíclica Evangelium vitae (El Evangelio de la vida) [3].


El consentimiento de María en la Anunciación y su maternidad (cf. Lucas 1), se sitúan en el mismo comienzo del misterio de la vida que Cristo vino a otorgar a la humanidad. A través de la acogida y cuidado solícito de la vida del Verbo encarnado por parte de María, la vida humana ha sido liberada de la condenación a una muerte eterna. El Santo Padre sigue añadiendo que ella es el “modelo incomparable de cómo la vida debe ser bienvenida y defendida” [4].


En nuestra catequesis acerca de la familia, debemos insistir que María, como San Juan Pablo II acentúa en Evangelium vitae, es verdaderamente la Madre de Dios. El título Theotokos (Madre de Dios), nos indica que en la maternidad de María, la vocación a la maternidad que Dios ha otorgado a cada mujer alcanza su más elevado nivel [5]. En la maternidad de Nuestra Señora, el Creador da a la humanidad el mayor ejemplo de maternidad por dos razones: fue la maternidad de su divino Hijo y fue la maternidad de una mujer que fue preservada del pecado original y por lo tanto llena de gracia, como proclamó el Arcángel San Gabriel en el momento de la Anunciación. Ella, de acuerdo a las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica, es “la nueva Eva, ‘llena de gracia’ del Espíritu Santo, preservada de todo pecado y de la corrupción de la muerte” [6]. Nuestra Señora no solamente fue libre del Pecado Original, sino que también “por la gracia de Dios se conservó libre de todo pecado personal durante toda su vida” [7].


En la Cruz, Jesús hizo a María la madre de todos, dejándola como madre de San Juan el Apóstol [8]. Este regalo tan maravilloso está totalmente actualizado en aquellos que al ser bautizados reciben el estado máximo de hijos adoptivos de Dios y por lo tanto se incorporan a Su familia divina. Al mismo tiempo su Corazón de madre está particularmente intranquilo por aquellos hijos quienes aún no han recibido el sacramento del bautismo por causas ajenas a su propia voluntad. Como consecuencia, su Corazón maternal en forma muy particular, está angustiado por los bebés en gestación que corren peligro de ser abortados. Su Corazón también está lleno de compasión hacia aquellos niños nacidos en situaciones irregulares y que se ven privados de una familia adecuada formada por un hombre y una mujer, comprometidos mutuamente en una relación permanente y fiel en el matrimonio.


En 1531, María se apareció a San Juan Diego como la Virgen de Guadalupe. La Virgen dejó estampada su imagen en la tilma de San Juan Diego. La imagen claramente muestra que está embarazada. Tiene colocado un cinturón negro que las indígenas Aztecas usan cuando están en gestación. Se presentó como la madre de Cristo y la madre de todos los mejicanos. Los asistió a romper con las creencias que tenían debido a una falsa religión, las cuales involucraban la práctica abominable de sacrificios humanos. Ahora volvemos nuestra mirada a María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, pidiéndole que interceda nuevamente para romper el vínculo con la “cultura” de la muerte de nuestra sociedad y especialmente por la protección de los bebés que se están gestando en el vientre materno.


María también intercede por la protección de la familia natural. Toda familia es llamada a imitar las virtudes de la Sagrada Familia de Nazaret, “prototipo y ejemplo de toda familia cristiana” [9]. Los padres son los primeros educadores de sus hijos. María y José ciertamente le dieron a Jesús una excelente educación.


María misma debió recibir una excelente educación en el Templo. La Iglesia celebra la Presentación de María en el Templo el 21 de noviembre. Los Padres de la Iglesia creen que ella recibió una educación especial como preparación para su posible labor como Madre del Redentor. En la Iglesia Ortodoxa, San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Santísima Virgen María, por esta misma razón, son considerados como los Santos Patronos de una Educación Piadosa [10].


Para construir una cultura de la vida, debemos asumir el compromiso de promover la virtud de la castidad. María es un modelo de castidad para todos, no porque estemos llamados de la misma manera que ella a la práctica de esta virtud, sino porque ella permitió que sus capacidades reproductoras fueran puestas al servicio total de Dios, para que Él pudiera hacer de ella el aposento de la concepción y nacimiento del Hijo de Dios.


Debido a que hoy día la familia se encuentra bajo un tremendo ataque por parte de la sociedad secular, pedimos a la Santísima Virgen su protección, sabiendo que ella es la medianera de todas las gracias. San Bernardo de Clairvaux expresó: “Dios ha querido que no tengamos nada que no pase por las manos de María” [11]. A través de su intercesión, la hora de Cristo se adelantó, y el agua se transformó en vino en las bodas de Caná [12]. Cuando la verdadera esencia del matrimonio entre un hombre y una mujer está bajo ataque y vemos que muchos proponen el mal llamado “matrimonio” entre personas del mismo sexo, imploramos a la Santísima Virgen María que defienda el matrimonio de acuerdo a como Dios lo diseñó. Pedimos su intercesión como Sede de la Sabiduría, para que nos ayude a enseñar y defender la verdadera naturaleza del matrimonio, de una forma precisa y clara para que seamos perfectamente comprendidos por todas aquellas personas de buena voluntad.


En cierta medida y de acuerdo a nuestras posibilidades, todo cristiano está llamado a defender la vida y la familia. El éxito de nuestro apostolado depende mucho de la oración. Por este medio, como a través de otros métodos, tenemos que imitar a nuestra Señora. El Padre Charles de Foucald nos recuerda: “Si no oramos, somos responsables de todo lo bueno que podríamos haber hecho a través de la oración y no hemos hecho" [13].


Bajo la protección de la Santísima Virgen María colocamos nuestra total confianza y esperanza, inspirados por la oración “Acordaos” de San Bernardo, donde expresamos nuestra convicción de que si buscamos su protección, imploramos su ayuda y oramos por su intercesión nunca seremos desamparados [14].


Monseñor Ignacio Barreiro es Director Ejecutivo de la oficina de Human Life International (HLI) en Roma. El Padre Peter West es Vicepresidente para las Misiones de HLI.


Notas:

[1]. https://www.ewtn.com/library/papaldoc/jp2bvm12.htm.

[2]. Véase: https://www.flickr.com/photos/apolakay/4357978368/.

[3]. Véase: http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/en/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995-evangelium-vitae.html.

[4]. Evangelium Vitae, 102.

[5]. Véase: ibíd., 103.

[6]. Catecismo de la Iglesia Católica, 2853.

[7]. Ibíd., 493.

[8]. Véase: Juan 19:26-27.

[9]. Véase: San Juan Pablo II, Familiaris consortio, 86.

[10]. Véase: http://www.st-seraphim.com/present.htm.

[11]. Véase: http://catholicculture.org/culture/library/view.cfm?recnum=360, Hom. III in vig.nativit., n. 10, PL 183, 100.

[12]. Véase: Juan 2:1-12.

[13]. Véase: http://www.vatican.va/news services/liturgy/sants/ns_lit_doc_20051113_de-foucauld_en.html.

[14]. Véase: http://www.themostlholyrosary.com/appendix5.htm.



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